La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

La mañana siguiente al asesinato, en el comedor se había respirado tensión. El grupo se había disuelto; había desayunado cada uno en una mesa. Verónica no bajó.

Después del sombrío desayuno decidí salir del hotel para dar un paseo por los alrededores.

Al pasar por delante de la recepción, Sonia se me acercó con cierta inquietud en la mirada. La miré con curiosidad.

—Pues… —dije con interés— me disponía a dar un paseo por el bosque anexo. ¿Quiere acompañarme o prefiere que hablemos a mi vuelta en su despacho?

—Deje que me cambie de calzado y la acompañaré con gusto. Un paseo ahora que todavía hace fresco me vendrá bien para despejarme un poco.

La verdad es que no tenía muy buen aspecto esa mañana .

Sonia volvió a los pocos minutos; se había cambiado también de indumentaria. El elegante vestido negro que llevaba antes no era lo más apropiado para un paseo por el campo.

El bosque parecía más espeso esa mañana; su follaje, más oscuro, y las nubes ennegrecían el camino, que se sentía húmedo en la pisada por las lluvias de la víspera.

Habíamos caminado en silencio unos cincuenta metros cuando Sonia se giró para confirmar que nadie nos seguía.

Empecé a inquietarme. Tal vez no había sido mi idea más brillante pasear con una posible sospechosa de asesinato por un lugar por el que no solía transitar nadie.

—Verá —comenzó—, lo acontecido… —ambas sabíamos a qué se refería— puede tener unos efectos colaterales muy graves para el hotel.

La miré con un amago de desprecio en mi rostro, pero Sonia se apresuró a aplacarlo.

—No, no me refiero a que pueda tener resultados económicos negativos, es mucho más que eso.

Por favor, entiéndame, estoy desolada a nivel personal por lo que ha ocurrido y, además, no puedo evitar sentirme responsable en cierta manera, pero no se trata de eso.

Quiero ser honesta, con usted y conmigo misma.

Que el hotel se hunda antes de empezar a funcionar conllevaría mi ruina absoluta.

He invertido lo que tenía y lo que no en la reforma.

Mi futuro ahora mismo es desolador y, sí, soy consciente de que es una nimiedad comparado con lo que va a tener que afrontar esa familia sin padre y marido.

Créame, soy muy consciente, pero… no puedo más, de verdad.

—En ese momento Sonia comenzó a llorar, cosa que me sorprendió, ya que no la asociaba al tipo de persona que expone sus emociones ante extraños—.

No puedo más —repitió—. Si esto sale mal, será devastador, no solo para mí, sino también para Ana y Juan.

Entendí en cierto modo. Al final, todos teníamos nuestros problemas, y los de cada cual eran los más trágicos del mundo .

—Verá, lo que le propongo es que investigue. Si lo hace, y es tan buena como dicen, la Guardia Civil acabará antes, y antes se olvidará todo.

La miré sorprendida. ¿Cómo sabía Sonia que había colaborado en otras investigaciones?

—Les oí hablar durante la cena, la noche del… —respondió a la pregunta no formulada—. ¿Lo hará?

Me encendí un cigarro, aspiré y asentí.