Sonia
No eran las siete de la mañana y ya lloraba sin consuelo en una silla de la cocina. Los azulejos, blancos y fríos, reverberaban como en eco sus sollozos, y un intenso estremecimiento la aflojó de nuevo.
A las cinco de la madrugada, su mente febril le había gritado: «¡Despierta!
, ¿no recuerdas el desastre? Tu sueño se va por el retrete.
Tonta, tú que consideraste todos los contras…
, este no lo viste venir». Y ella, obediente, se levantó de la cama para desayunarse la pesadilla de un muerto en su amado hotel, sin más fuerzas que las de la inercia para afrontarla.
Ahora lloraba en la cocina como una auténtica cría. Junto a ella, Ana y Juan, la rodeaban con cariño. Ana hablaba en voz queda y Juan mantenía un silencio elocuente. ¿Qué podían decirle? ¿Qué podían hacer para aliviarla?
Juan se decidió al fin:
—No se preocupe, señora, todo pasará. Es cuestión de aguantar, de dejar pasar el tiempo. Todo se enfría y nadie recordará nada demasiado bien. Habrá que celebrar otra inauguración cuando se solucione y hacer como si nada de esto hubiera ocurrido.
—Claro, no se preocupe. Si estos señores de la Guardia Civil son muy discretos. En el pueblo ni se van a enterar —añadió Ana, aunque todos sabían que no era cierto; de hecho, ya se había corrido la voz por Villaorusa.
Se enjugó las lágrimas y tomó aire. Su intención era decir algo positivo, mostrar entereza, pero volvió a recordar el negro futuro que se les avecinaba y lo único que pudo balbucear fue :
—¿Pero quién va a querer alojarse en un hotel donde alguien ha sido asesinado? —Y rompió a llorar de nuevo.
—Anímese, mujer —dijo Alicia, que entraba cargada a la cocina con una bandeja de vasos sucios—. Todo lo contrario. Esto genera muchísimo morbo. En cuanto se enteren en las redes: overbooking. No tendrá habitaciones disponibles, ya lo verá.
La imagen de su hotel soñado, lleno de frikis , haciéndose fotos sobre la alfombra donde encontraron el cadáver… No pudo soportarlo y rompió a llorar de nuevo, esta vez a lágrima viva.
—Juan tiene razón. Si la investigación terminara pronto…, podríamos olvidarlo todo y volver a empezar antes de que se entere todo el mundo… —dijo entre hipidos.
—Claro, señora —valoró Ana—, pero eso no depende de nosotros. No podemos preocuparnos por lo que no está en nuestra mano.
Sonia asintió y respiró hondo. Y en ese momento se le ocurrió que quizás sí que estuviera en su mano. Al menos, lo iba a intentar.