La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

No volví a ver a Rosa y a Miñana ese día, pero supe que pasaron una tarde de locos y que hablaron con el personal del hotel y el resto de los huéspedes.

Cené sola en el comedor; no sabía qué había hecho el grupo, pero supuse que, dado el cariz de los acontecimientos, cada cual habría cenado en su habitación.

Tras la cena, bastante triste, la verdad —Ana habría dado por hecho que nadie tendría demasiada hambre y el menú consistió en una simple crema de verduras y pescado a la plancha—, decidí salir del hotel a fumarme un cigarro.

Hacía fresco, por lo que cogí mi gabardina arrugada —había permanecido hecha un ovillo en la maleta durante todo el viaje— y bajé a la terraza.

No había ni un alma a la vista; sin embargo, cierta situación descontrolada se estaba produciendo a escasos metros sobre mi cabeza: el azar quiso que escuchara una conversación para la que sus interlocutoras no habrían deseado oídos ajenos.

—¿No pensarás que sigue en pie? —gritó Verónica.

—Por supuesto que sí —dijo Claudia con desprecio.

—El cursillo de arte de verano está cancelado y no hay más que hablar. Por el amor de Dios, ¿en estas circunstancias? Es que no lo entiendo, Claudia; por supuesto que no te voy a dar permiso para ir.

—¡No es necesaria ninguna autorización! —gritó la niña.

—¡Claro que sí! —chilló esta vez Verónica—. Se requiere autorización de los padres .

—Pero yo tengo la de mi padre —dijo Claudia con una risa maliciosa—. ¿Qué te crees, que no puedo falsificar su firma? Lo he hecho cientos de veces.

—¿Quién eres? —preguntó Verónica fuera de sí—. Una hija mía no se atrevería a nombrar a su padre, todavía de cuerpo presente, para… para esto. ¡Cómo te atreves!

—Oh, sí. Mi padre. El mejor padre del mundo. ¿Por cuánto? ¿Quince días? —vociferó.

Un segundo después se oyó el sonido insolente de una bofetada.

—No vuelvas a ponerme la mano encima o te denuncio. Mierda de mujer. Si no hubieras intentado acabar con tu estúpida existencia, no te habría dedicado ni diez minutos. Ni a nosotros tampoco.

Se hizo de nuevo el silencio, un silencio tosco, tenso, que por unos instantes nadie quiso romper.

—Por Dios, mamá, tenía un lío con alguien. Todo el mundo lo sabía —sollozó Claudia—. Hasta yo los pillé una vez. Tú… Tú… Tú eres el único ser patético que no lo quería ver.

Sonó un portazo. La habitación se volvió muda.

Miré frente a mí. El niño estaba ahí. El niño lo había escuchado todo.

Lo miré a los ojos, él miró los míos. Permanecimos quietos en una engañosa pausa.

Un ruido estridente nos trajo de vuelta a ambos.

El niño corrió y entró en el hotel. Yo miré el origen del estruendo: mi móvil.

Vi que tenía cinco llamadas perdidas de Rosa. Acepté la entrante y me alejé.