La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Rosa
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Rosa

El forense de guardia hizo uso de la palabra:

—Puedo avanzar la causa de la muerte: traumatismo craneoencefálico por objeto contundente.

El arma homicida, casi con total seguridad, debió de ser el atizador ensangrentado que se hallaba a su lado; no se han encontrado huellas.

Intervalo aproximado de la muerte: entre las doce de la noche y las tres de la madrugada, aunque tendré que confirmarla durante la autopsia que, si les viene bien, se realizará esta tarde a las diecisiete horas.

La jueza asintió.

—Lamentablemente, no se ha encontrado alojamiento para los huéspedes en hoteles cercanos —informó esta—, y como Criminalística ya ha tomado las muestras que necesitaban, autorizo a que los huéspedes permanezcan en el hotel mientras se lleva a cabo la investigación.

Sería absurdo llevárnoslos a cincuenta kilómetros de aquí.

Obviamente no están detenidos, así que si desean marcharse, o les convencen de lo contrario, o en mi mano no estará.

Todos asintieron, y entonces preguntó:

—¿Qué han podido averiguar?

Miñana le dirigió una mirada a Rosa que la invitaba a proceder. Ella, obediente, tomó sus notas :

—Todavía no hemos podido hablar personalmente con todos los testigos, pero el resumen de lo que sabemos hasta ahora es el siguiente: al parecer, los huéspedes son un grupo de amigos de la universidad que se habían reunido en el hotel para rememorar épocas pasadas.

Ayer, sobre las diez de la noche, cenaron juntos, ellos y sus parejas.

Invitaron a Cristina Peterson a cenar con ellos, ya que fue compañera del grupo en esos tiempos y ha coincidido con ellos en el hotel por puro azar.

A las doce se dio por finalizada la cena y unos se marcharon a sus habitaciones y otros decidieron dar un paseo antes de acostarse.

Dejaron a Fernando Gutiérrez, la víctima, a eso de la una de la madrugada.

Fue la última vez que lo vieron con vida.

—¿Quiénes participaron de ese paseo? —preguntó la jueza mientras tomaba notas en un cuaderno con su cubierta decorada con unicornios de color rosa.

—Además del difunto: Gonzalo Arias, Raquel Ramos, José Merino y Silvia Ruiz.

—Vamos, los médicos, los amigos… ¿Y Cristina Peterson?

—No, ella no fue invitada al paseo.

—Respecto al personal del hotel…, ¿qué me pueden decir?

—Son Sonia Aguilar-Priego, la dueña del hotel; Ana Hernández, la cocinera; Alicia Rodríguez, la camarera; Juan Gil, el responsable de mantenimiento, y Eduardo García, su ayudante.

A grandes rasgos, tras acabar la cena y recoger la sala, se marcharon a sus habitaciones.

Esto es todo lo que sabemos hasta ahora.

—Rosa finalizó y miró a Miñana, que asintió.

—¿Algo más que deseen comentarme? —preguntó la jueza, desviando la mirada hacia su smartwatch último modelo.

—Me gustaría proponer que Cristina Peterson, colaboradora de la Sección de Análisis del Comportamiento Delictivo, la SACD, participe en la investigación —propuso Miñana sin mucha convicción adelantando, como todos, la respuesta de la jueza .

—¿Cristina Peterson? —preguntó esta mientras con la mirada buscaba entre sus notas—. ¿La Cristina Peterson que es uno de los huéspedes del hotel y que estuvo en la cena?

Miñana asintió.

—Venga, teniente, ya sabe mi respuesta: por supuesto que no.

Miñana asintió de nuevo, al menos lo había intentado; tanto él como Rosa sabían que disponer de Cris en la investigación habría sido una baza importante.

—¿Podría al menos estar presente como observadora en los interrogatorios? —propuso Rosa.

—No. No se pondrá en riesgo la investigación de un homicidio por la participación de alguien que podría ser considerado sospechoso. Y no insistan más, que al final termino cabreada y no tengo ganas —contestó la jueza con un tono que adelantaba ese cabreo—. ¿A qué viene tanta insistencia?

—El motivo es que las habilidades de Cristina Peterson han resultado en el pasado de gran ayuda para acelerar las investigaciones de algunos homicidios —respondió él.

Rosa y él se miraron. Ambos sabían que Cris había hecho mucho más que resultar de gran ayuda.

—Pues se tendrán que aguantar y resolverlo ustedes solitos —dictaminó la jueza mientras guardaba con cuidado su cuaderno en el maletín y se levantaba de su asiento—.

Y ahora, si me disculpan, me marcho ya; me esperan en otro lugar con el mismo nivel de urgencia.

Parece que todos se han puesto de acuerdo hoy para ser asesinados —comentó con intención de ser graciosa, aunque nadie le siguió la broma.