La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Llegaron prácticamente todos a la vez. Criminalística se adueñó de la escena del crimen tras entregarles las llaves y, fuera, en el pasillo, esperaban la jueza, el secretario judicial y el forense de guardia. Cuando terminara Criminalística, empezarían ellos.

Iban a tardar horas. La escena, como les había adelantado, estaba comprometida. Tendrían que recoger decenas de huellas y pisadas para el descarte, y probablemente este no fuera posible.

Una hora más tarde, la puerta del comedor se abrió y entraron varias personas a la sala.

«¡Miñana!», grité en silencio.

El teniente José Antonio Miñana me devolvió una mirada de sorpresa y casi en un susurro le dijo a Rosa a su lado:

—Conque esta es tu amiga, la inválida.

Rosa no respondió y se limitó a mirarlo con una sonrisa avergonzada.

Yo estaba desconcertada. ¿Qué hacía Miñana allí?

Llevaba sin verlo alrededor de dos años, cuando los ayudé a Rosa y a él a resolver un caso de homicidio en el pueblo de mi tía.

Miñana era un hombre alto de pocas palabras, serio e introvertido, adjetivos estos antónimos a los que se usarían para describirme a mí.

Me saludó con un simple cabeceo de reconocimiento. A mí me empezaron a sudar las manos.

—¿Quién descubrió el cuerpo? —lanzó Miñana al aire.

Dos manos temblorosas se alzaron.

—Son los hijos de la víctima —aclaró Rosa .

Miñana asintió apesadumbrado.

—¿Podríais indicarme la hora aproximada?

Fue Gonzalo quien respondió:

—A las diez y media. Estábamos en el comedor y oímos sus gritos. Salimos corriendo en esa dirección.

Miñana asintió pensativo. A continuación, se volvió a la concurrencia y dijo:

—Mi nombre es José Antonio Miñana y soy teniente de la Guardia Civil; la sargento Rosa Galera y yo seremos los responsables del caso.

Les ruego tengan paciencia mientras les buscamos un alojamiento apropiado a cada uno.

Por favor, permanezcan en sus habitaciones.

En breve les iremos llamando para tomarles declaración.

—¿Estamos detenidos? —preguntó Gonzalo con cierta sorna.

—No, por supuesto que no, pero no pueden encontrarse en el área de seguridad de la escena de un crimen, y puesto que no disponen de un domicilio en la zona, creo que esta es la mejor solución.

Apaciguado su engreimiento con esas palabras, Gonzalo y el resto asintieron y se encaminaron hacia sus habitaciones.

—Soy Sonia Aguilar-Priego, la dueña del hotel —se presentó Sonia—. No va a ser fácil encontrarles habitación —se atrevió a decir.

—Lo sé —respondió Miñana—, pero hay que intentarlo. De todas formas, hablaré con la jueza para ver posibles alternativas.

—Les ayudaré con la búsqueda de alojamiento —dijo abatida—. Mientras, les ofrezco mi despacho para que puedan hablar en privado. Síganme.