La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Cuando por fin conseguí llegar al lugar del que había provenido el grito, me los encontré a todos allí.

Los miré anonadada. Habían invadido la habitación donde se encontraba el cuerpo sin vida de Fernando.

Unos palpaban el cadáver; otros, agachados a su alrededor, toqueteaban su ropa con los dedos todavía grasientos por el desayuno; el resto, también en el interior de la habitación, observaba cómo los demás procedían.

Solo Verónica y los niños habían sido relegados a un segundo plano, al del marco de la puerta, desde donde miraban atónitos, sin comprender, qué había ocurrido con su padre y marido.

En unas décimas de segundo, una furia sorda ascendió por mi cuerpo y tomó el control. La cólera me obligó a coger aire, que brotó en forma de voz atronadora:

—¡Todos fuera, ya!

Apreté los dientes.

«Por el amor de Dios. Hay que ser muy idiota para que, con todo lo que se sabe acerca de las escenas de crímenes, entren a manosearlo todo».

El mandato fue seguido al pie de la letra. Salieron; unos, con ojos avergonzados, y otros, con ojos de sorpresa.

Ya en el pasillo, tomé la palabra:

—Al comedor. Y de ahí no sale nadie. ¿Entendido?

Dediqué unos segundos a observar, desde la puerta, la escena del crimen.

Su olor me llenó los pulmones de un profundo asco: metálico, por la reacción de la hemoglobina al entrar en contacto con el oxígeno, y denso, por la liberación de compuestos orgánicos volátiles producto de la coagulación de la sangre.

Y había mucha sangre, mucho hedor. Fernando yacía en el centro de la habitación sobre la alfombra.

Un atizador dorado había sido desplazado de su lugar y ahora reposaba a escasos cincuenta centímetros del cuerpo.

Todavía goteaba el líquido amarronado desde sus relieves y ganchos.

El rostro de Fernando, entre lívido y grisáceo, se veía congelado por la violencia del acto que había quebrado su hueso temporal derecho.

A primera vista no presentaba otras lesiones.

Tampoco signos de lucha. Había sido golpeado en la parte derecha del cráneo por un asesino diestro.

Esto se confirmaría con el estudio de las huellas del arma del crimen. Si es que las había.

Me dirigí de nuevo hacia la puerta, y al pasar cerca de la papelera de bronce que quedaba a mi derecha, observé que no estaba vacía. Miré en su interior. Un pañuelo de papel arrugado era todo lo que contenía; el pañuelo mostraba marcas de carmín granate.

Me volví hacia Sonia y sus labios pálidos y tomé de su mano el manojo de llaves que al llevar tan apretado había marcado su palma; cerré la puerta tras de mí y guardé las llaves en el bolsillo con cremallera de mi pantalón.

Los invasores regresaron a paso de zombi hacia el comedor. Jose rodeaba a Verónica por los hombros y Silvia había tomado las manos de los niños. El resto, que incluía al personal del hotel, los seguía.

Escaneé al grupo que tenía delante. Entre la colección de idiotas, solo detecté una ausencia: el ayudante de mantenimiento, Edu.

*** *

—Disculpa, Cris, no sé muy bien por qué te crees con derecho de ponerte a cargo de la situación.

Gonzalo había permanecido en silencio porque mi reprimenda lo había pillado de improviso, pero, una vez en el comedor, su ego no iba a permitir que las cosas quedaran así. «¿Cómo se atreve esa ordinaria?», pareció pensar.

No respondí. Lo miré como quien mira a un mosquito molesto y está a punto de aplastarlo de un manotazo. Marqué el número de teléfono que tenía previsto y dije:

—Rosa, tienes que venir inmediatamente al hotel, y trae contigo a toda la caballería.

Se ha encontrado el cuerpo sin vida de Fernando Gutiérrez y parece una muerte sospechosa.

—Guardé silencio unos segundos mientras escuchaba lo que Rosa me decía—.

La escena está comprometida —dije, cargando la mirada de rabia hacia mi público—.

Sí, homicidio. —Colgué y luego me dirigí al grupo—: No quiero que nadie salga de esta habitación hasta que lleguen las autoridades.

Tardarán alrededor de treinta minutos. ¿Entendido?

—Los miré despacio en busca de algo sospechoso. Edu ya estaba allí.

Todos asintieron. Nadie, ni siquiera Gonzalo, tuvo el aplomo de replicarme.