La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Claudia
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Claudia

Era de día, y sin embargo, el pasillo estaba tan oscuro como una cueva.

No habían encendido las luces por miedo a que los pillaran, así que avanzaban iluminándose con la linterna de su móvil.

Las sombras que proyectaban se movían a cada paso, recreando formas que parecían decirles que no siguieran adelante.

Lo más apropiado habría sido intentar buscarla durante la noche, pero tampoco era necesario, por la mañana también valdría. Por la noche su madre no los habría dejado inspeccionar el hotel; pero esa mañana no había puesto pegas.

—Estás cagado, Raúl. Eres un cobardica —le dijo.

—No soy un cobardica —replicó él, ofendido—. Dime tú quién ha conseguido las llaves.

Tenía razón. Mientras ella vigilaba, él se había introducido agazapado en la recepción y se había agenciado las llaves sin que nadie se diera cuenta.

Pensó en hacer otra broma a su costa, pero desechó la idea. Por fin, se detuvieron ante la puerta de la habitación que habían visitado el día anterior. Si el fantasma moraba en alguna de esas habitaciones, debía de ser allí.

Abrieron la puerta despacio, pero su sonido chirriante los detuvo.

Miraron a través del umbral. No había nadie.

Claudia respiró más tranquila y se alejó de su hermano para abrir las pesadas cortinas de la sala.

Raúl había avanzado a oscuras guiándose con las manos hacia el centro de la habitación.

Algo lo hizo tropezar. Lo oyó caer con un sonido acolchado que acompañó su descenso al suelo.

Por fin Claudia consiguió desplazar las cortinas y el raudal de luz los cegó.

Raúl tanteó en silencio con los ojos aún cerrados. El miedo le cubrió el rostro de un sudor frío.

Un alarido desplazó el aire y atravesó las paredes y las ventanas del hotel. Se miraron; lo emitían sus gargantas. El desgarro al que aludía aterrizó sobre ellos: Raúl se meó en los pantalones y ella vomitó a su lado.

El bulto en el suelo era un cuerpo. El cuerpo de un muerto. Un hombre de piel gris y ojos abiertos y fijos.

Su padre.