La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Verónica
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Verónica

Se sentó despacio en uno de los asientos que les habían reservado en la mesa para el desayuno.

Se frotó las manos para tranquilizarse y las sintió frías.

Uno de sus dedos notó una ligera aspereza, encontró un pellejo suelto y tiró de él, provocándose el ansiado dolor.

Miró a su alrededor; una larga mesa quedaba en el lateral izquierdo, dispuesta con todo tipo de manjares.

Los aromas a café, embutidos asados, quesos ahumados y tortillas de pimientos le provocaron una intensa arcada que ahogó a duras penas agachándose para recoger un objeto inexistente.

Aprovechó el tiempo allá abajo para respirar y tratar de tranquilizarse.

Al incorporarse, miró las caras de sus compañeros de mesa.

Nadie se había dado cuenta de su padecimiento.

Gonzalo hablaba con Silvia, Raquel y Jorge.

Este último era el único realmente interesado en sus palabras.

Se fijó mejor en ellos: sonreían, pero se les notaba tensos.

Jose le hablaba a Tomás; parecía relajado, pero una tenue rigidez en su mejilla derecha la hizo ver que no era más que una fachada.

En una mesa lejana vio a Peterson, que volvía del bufet con un plato a rebosar de huevos revueltos, beicon y churros.

Por un momento se distrajo pensando cómo era posible que alguien pudiera mezclar en el desayuno beicon y churros, y ahogó otra arcada.

Registró la sala con la mirada.

—Chicos, ¿alguien ha visto a Fernando esta mañana? —preguntó con tono neutro.

Los demás se miraron unos a otros y negaron con la cabeza .

—No, pero no te preocupes, se habrá ido a nadar a la playa —comentó la buena de Silvia, que trataba de restarle importancia a la ausencia.

—No. He bajado a la playa, y no aparece por ningún sitio.

Los niños estaban muy pesados, no paraban de pelearse y parlotear.

Requerían atención. Ella no podía dársela.

Estaba como en una nube y no comprendía lo que decían; le pedían algo, pero su cerebro no lo supo interpretar.

Asintió. Eso fue suficiente, al parecer, pues ambos se escabulleron a toda velocidad del comedor.

Gonzalo decidió que cuando terminaran saldrían a buscar a Fernando. De todas formas, iban a dar un paseo tras el desayuno.

—Seguramente antes de que acabemos aparece por aquí con el pelo mojado —dijo con despreocupación.

Pero el desayuno llegó a su fin sin rastro de Fernando; tampoco hubo ningún paseo que dar.