La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Jose
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Jose

—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Tomás

Eran las diez de la mañana. Se encontraban todavía en la habitación.

Iba a cámara lenta. Desplazó la cortina de la ventana unos centímetros.

Lo justo para atisbar que el cielo de esa mañana se unía a su plomizo estado de ánimo.

El desayuno los esperaba, pero él no tenía ni ganas ni fuerzas de volver a verlos.

—¿No lo ves? Estás superborde.

—¿Borde? Di mejor decepcionado.

Lo miró para que no tuviera duda alguna de que él era el motivo de su decepción.

Tomás calló. Jose notó cómo el dolor ensombrecía su mirada.

—En la cena te reíste con sus bromas a mi costa. —Su voz sonó trémula por la rabia—. Me humillaron y tú te reíste.

Tomás abrió mucho los ojos, sorprendido; a continuación, hizo un gesto con la mano para restarle importancia.

—Venga, Jose, solo era una broma. De mal gusto, sí, pero solo una broma.

Lo fulminó con la mirada.

—¿Una broma? Vete a la mierda. El hijo de puta de Gonzalo lleva acosándome desde el momento en que me conoció. Riéndose de mí, burlándose todos estos años. Cuando supo que era gay me llamaba maricón, y ahora me viene con esas bromitas del pasado y a ti te hace gracia.

Tomás suspiró y le tomó la mano con cariño .

—Amor, si no me cuentas todo eso, yo no lo puedo saber. No sabía que había una historia desagradable detrás. Si lo hubiera sabido no me habría reído, no me habría hecho ni puta gracia. Si quieres, cuando lo vea luego, le pego un puñetazo en los morros sin previo aviso, ¿te parece?

Jose lo perdonó en ese instante y se recostó en su hombro.

—No será necesario. Con que no te rías de sus bromas será suficiente.

Tomás lo escrutó con la mirada en un intento por comprenderlo.

—No lo entiendo, Jose. Si no los soportas, si se portaron así contigo, ¿por qué hemos venido hasta aquí entonces?

Jose calló. No podía explicarle su secreto, su tortura, su penitencia. En su lugar, se encogió de hombros y cambió de tema.

—Necesitamos que nos dé un poco el aire. Si te parece, cuando terminemos de desayunar, cogemos el coche, nos vamos al pueblo y buscamos algún restaurante cautivador de esos que te gustan tanto.

Tomás asintió encantado, pero, mientras preparaba su mochila, Jose le notó un raro temblor en las manos, como cuando…

«No, no puede ser. Ha pasado mucho tiempo. Casi… casi cinco años».