La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Tomás
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Tomás

Tenía la papelina. No dejó de tocarla dentro del bolsillo del pantalón durante todo el camino de regreso.

En el preciso momento en que la sintió en su mano, el corazón empezó a latirle a toda velocidad.

Salivaba.

Buscó una zona relativamente apartada y oscura donde nadie pudiera verlo y encontró un lugar perfecto lo suficientemente alejado del hotel, pero también elevado, de forma que pudiera otear al grupo que paseaba por la orilla del mar y asegurarse de no ser visto.

Se hizo la raya con las manos temblorosas por la anticipación. La sensación de urgencia crecía a medida que se acercaba el «estado de elevación». Así era como lo llamaba.

Se acostó en el suelo sobre la hojarasca, que crujió bajo su peso. Su mirada atravesó las copas de los árboles y le permitió apreciar las estrellas en el firmamento, hasta que por fin llegó.

Siempre que se metía coca pasaba a considerarse un superhombre. Aumentaba su capacidad de atención y concentración y le permitía un rendimiento intelectual brutal. Esa noche eran las estrellas. Podía distinguir perfectamente todas las constelaciones: allí, la Osa Mayor; allí, la Menor; allí, Orión.

Si hubiera consumido en las fechas de la presentación del proyecto, el resultado habría sido diferente.

Le pareció oír unos gritos. Su superoído le permitía escuchar a kilómetros de distancia. Se acercó al filo del acantilado .

—No me jodas, Fernando. —Le costó reconocer la voz de Gonzalo porque le estaba imprimiendo un tono que parecía surgir de su hígado.

—Ya os lo he explicado. No pasará nada. Ha prescrito —respondió otra voz más tranquila.

—¿Que ha prescrito? Para un político nada prescribe, imbécil.

Ahora mismo me está investigando mi partido para extraer toda la basura que haya podido acumular en mi vida, y si todo sale bien, también lo hará la oposición.

¿Tú te crees que voy a exponerme públicamente ante un delito prescrito? ¿Ahora?

—No te preocupes. Todo quedará como estaba, excepto que habremos obtenido su perdón. Su perdón es más importante que tu carrera política. —Cuando se acercó pudo verlo bien. Era Fernando quien contestaba.

Los vio abajo, en el camino de acceso al hotel; estaban solos, se presentaban a sus pies como dos hormigas engorrosas e insignificantes. Entrecerró los ojos y movió los dedos como para aplastarlas con su fuerza extraordinaria por molestas e incongruentes.

—Te juro que como no te saques esa idea absurda de la cabeza, te mato. ¿Me oyes? —gritó Gonzalo agarrando a Fernando del cuello de la camisa—. Te mato.

Se alejó de la cornisa. Le estaban cortando el rollo esos dos energúmenos.

Oyó un ruido a su espalda. Al volverse, vislumbró algo entre las hojas. Era una especie de sombra que agitaba la vegetación a su paso. Se movía despacio, como si no tuviera ninguna prisa en llegar al destino que se hubiera propuesto.

¿Qué podía ser? ¿Un jabalí? ¿Un oso?

Notó cómo su pulso se aceleraba por el miedo. Había visto documentales donde los osos llegaban a subirse a los árboles para conseguir su pieza .

Sus oídos retumbaron. Se miró las manos: temblaban. La coca no lo estaba ayudando, más bien al contrario. Pensó que iba a sufrir un infarto.

No perdió de vista a la sombra; parecía que se alejaba.

Suspiró aliviado.

Salió a un claro y pudo observarla mejor.

Un momento.

Vestía de negro y llevaba… ¿una capa?

¿Era el fantasma del que les habían hablado? No, no podía ser. Los fantasmas no movían las cosas, ¿o sí?

«Bueno, chaval, esta es la última vez que te drogas en tu vida», se mintió.