Cris
Tras la visita guiada, regresé a mi habitación para cambiarme.
Observé con atención la ropa colgada en el armario.
El plan inicial de esas vacaciones había sido hacer rutas de senderismo, por lo que el noventa por ciento de mi ropa era deportiva; fuera de ese estilo solo disponía de unos vaqueros y dos camisas limpias.
Tras valorar las opciones disponibles, me decidí por los vaqueros y una de las camisas, qué remedio.
No me apetecía nada esa cena. Había tenido más contacto con ellos ese día que en los seis años de facultad.
Cuando bajé al salón, que el grupo había reservado, todos habían ocupado sus lugares. El único asiento disponible se encontraba frente a Silvia. Miré a Raquel, y un brillo de satisfacción enmarcó su mirada.
Lo entendí a la perfección. Su interés desproporcionado para que yo asistiera a la cena había sido una argucia para librarse de Silvia. No le daría la cena a ninguno de los «importantes» del grupo.
Lo que yo no llegaba a entender era por qué la habían invitado al viaje si no la soportaban.
Me senté y les dediqué una fría sonrisa a esos llamados importantes.
Ellos volvieron a mirarme como lo habían hecho en la terraza.
La diferencia, claro, era significativa: Raquel vestía un ajustado traje de color crema que le sentaba genial a su tez tostada e iba adornada con anillos y pendientes de oro a juego —en otra persona, habría dudado de si se trataba o no de bisutería, pero con ella no; le habría parecido una grosería—; Verónica lucía una falda negra de tubo que disimulaba sus exiguas formas y un cuerpo con mangas en color fucsia; y Silvia, a pesar de esas pestañas postizas tan exageradas que parecían mariposas a punto de iniciar el vuelo, llevaba un traje de chaqueta que le sentaba a la perfección.
«¡Y yo en vaqueros!».
Sonia se había situado a un lado de la larga mesa, adornada de forma exquisita en dorado y negro, para asegurarse de que todo estaba a nuestro gusto. Del servicio se encargaría Alicia, que vestía un uniforme gris y un delantal negro muy elegante.
Me fijé en la minuta que se encontraba dispuesta sobre mi plato.
Bueno, al menos podría deleitarme con todo lo que mi mente había imaginado durante el trayecto hasta el hotel.
El menú que degustaríamos estaba compuesto por una variedad que parecía infinita de quesos que iban desde los más suaves a los más picantes de la región, una deliciosa porción de pastel de cabracho, unos cuantos brillantes y chorreantes choricitos a la sidra, unos crujientes por fuera y tiernos por dentro escalopines al cabrales y, como postre, unos frixuelos con helado y chocolate.
Cuando llegaron los entrantes me dispuse a comer a dos carrillos mientras el resto de las señoras, con las manos ocupadas solamente en sus copas, posaba en mí sus miradas envidiosas.
La conversación comenzó con Jorge, el marido de Raquel, que se dirigió de forma socarrona a Fernando:
—Oye, me han dicho que te has hecho budista o algo así —dijo entre risas, buscando la complicidad de Gonzalo, que sonrió sarcástico.
Estuve segura de que los graciosos habían estado hablando de Fernando a sus espaldas.
—No, no, para nada —respondió incómodo el aludido—, aunque es cierto que me he dado cuenta de que hay cosas más importantes en la vida que el dinero —añadió, y procedió a darle un sorbo a su bebida.
Lamentablemente, mientras lo hacía, todos pudimos observar el brillo de un Rolex nuevecito en su muñeca izquierda.
—Más dinero —inquirió Jorge.
Gonzalo lo acompañó con unas sonoras carcajadas. Sin embargo, Fernando continuó, cada vez más molesto:
—A veces, uno necesita tiempo para ver de otra forma las cosas del pasado, y hasta que no las afronta, no puede perdonarse aunque lo intente.
Las risas se frenaron y un tenso silencio envolvió a los comensales.
—Pero volviendo a las cosas relevantes —continuó—, esta reunión es muy importante para mí; de hecho, lo es para todos —finalizó en un tono un tanto enigmático que concluyó con miradas detenidas entre los asistentes.
Raquel —supuse que para elevar un poco el ánimo, que había decaído bastante— se lanzó al primer brindis de la noche; a este primero lo siguieron unos cuantos más. La conversación durante la cena derivó en anécdotas de años pasados que comenzaban invariablemente con «Joder, ¿os acordáis cuando…?».
En fin, un bodrio de cena, hasta que, con los vapores del vino consumido, Gonzalo empezó a sonar, además, impertinente:
—Y si no, Jose; ni Cristo hubiera pensado que era homosexual.
Las risas generalizadas corearon su «inteligente» broma.
—Bueno, no es que le interesara mucho ligar —comentó Fernando también entre risas.
A Jose, sin embargo, no le estaban haciendo ni pizca de gracia esas chanzas a su costa. Curioso, porque en la facultad era él siempre el primero que se reía cuando recaían sobre otro. En cualquier caso, la conversación, por homófoba, estaba fuera de lugar .
—¿Ligaba mucho con chicas? —preguntó Tomás con curiosidad. Jose lo miró de forma tan dura que su pareja mandó los ojos al plato que tenía delante.
—No mucho, pero ¿os acordáis de aquella vez que una tía intentó meterle mano en Paká? Se cagó vivo; ahí es cuando empecé a sospechar —respondió Fernando.
—Tú no sospechaste una mierda; pusiste la misma cara de idiota que el resto. Cuando Jose salió del armario fue una bomba —afirmó Gonzalo.
Mientras tanto, el rostro de Jose se iba crispando por momentos. Para mí que estaba valorando levantarse de la mesa e irse.
Raquel, que por muy arpía que fuera, de tonta tenía lo justo, debió de pensar lo mismo que yo, solo que con intención de que la cena no se echara a perder, así que cambió de tema, protegiendo a su predilecto.
—Cristina, ¿qué planes tienes para mañana? Si tu «amiga» no puede atenderte…, puedes venirte con nosotros —dijo mientras hacía el gesto de las comillas con las manos.
Cosas curiosas: uno, al parecer, daba por hecho que yo era lesbiana; dos, había pasado a ser Cristina, cuando en el grupo siempre me habían llamado por mi apellido; tres, todavía no llegaba a la categoría necesaria para llamarme linda, como hacía con toda hija de vecina.
—Hemos pensado alquilar un barquito y…
—¿Cristina? ¿Tu nombre es Cristina Peterson? —interrumpió Jorge, confuso—. ¿Eres la Cristina Peterson que colabora en la resolución de asesinatos?
Ups, eso no me lo esperaba.
Sus palabras impusieron un silencio incómodo en la sala. Rostros de sorpresa y admiración, en función de cada cual, fueron descubriéndose a medida que la pregunta llegaba a los cerebros de los asistentes. Hasta Sonia se acercó a la mesa, muerta de curiosidad .
Yo me moví nerviosa en mi asiento. No me apetecía hablar del tema. A Silvia, sin embargo, le pareció muy interesante:
—¿Es cierto, Cris? —preguntó, mirándome a los ojos con la mitad de una de sus pestañas postizas despegada y en posición vertical.
—Bueno… —repuse—, he colaborado en algún caso, sí. Me sorprende que alguien lo haya relacionado conmigo.
—Sí, sí. Ya recuerdo, en el caso Richard, ¿verdad? —preguntó Jorge.
El caso Richard, llamado así por el apellido de la víctima en el sumun de la originalidad periodística, fue uno de los casos en los que colaboré con el SAC hacía ya algunos años.
Tuvo cierta repercusión mediática porque Richard había sido un prometedor empresario recién aparecido en el mundo de la política.
—Claro, Richard —intervino Gonzalo—. Era uno de los amigos de mi padre. ¿Quién lo mato? No recuerdo bien el caso.
—Se encerró al culpable —dije, cortante. No tenía intención de conversar sobre los casos de homicidio en los que había colaborado—. No puedo hablar del tema, por confidencialidad.
Raquel bufó y consideró que había finalizado mi minuto de gloria, así que acto seguido se giró para charlar con su compañero de mesa a la izquierda.
Silvia, por otro lado, aprovechó para relatarme con todo detalle su doloroso periodo de separación.
En un determinado momento, la pestaña rebelde decidió pegársele a la ceja, con lo que mi concentración se focalizó en cómo podía parpadear sin advertirlo.
Su duelo había durado cinco años; la tortura que yo sufrí al observar cómo su ojo se abría mostrando la conjuntiva tarsal gracias a la tenacidad adhesiva de la pestaña insurgente a mí me duraría diez.