La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Raquel
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Raquel

Mientras el resto de los pazguatos volvía, a través del largo pasillo, al hotel, aprovechó la ocasión para tomar a Fernando de la mano y conducirlo de nuevo a la habitación.

Cerró la puerta y lo besó en los labios con vehemencia.

Fernando respondió a su beso apartándose de un empujón y acto seguido se limpió el carmín de los labios con un pañuelo que extrajo de su bolsillo.

—¿Estás loca? —la increpó muy enfadado mientras arrojaba el pañuelo a una papelera de bronce que se encontraba a sus pies—. Mis hijos están a pocos metros de aquí. ¿Es que acaso quieres que se entere todo el mundo?

Ella lo miró con rabia; no esperaba esa reacción. En su imaginación, él se habría dejado arrastrar por la pasión, se habrían fundido el uno en el otro y se habría desatado el deseo que entre ambos existía desde siempre. Siempre. Desde que se conocieron.

—Lo que hablamos la última vez lo dije en serio, Raquel. No quiero seguir teniendo este tipo de relación contigo. Volvemos a ser solo amigos. Quiero ser honesto con mi mujer y respetar mi matrimonio.

Raquel bufó con desprecio.

—¿Respetar tu matrimonio? Llevas siéndole infiel a Verónica desde la universidad.

No podía creerlo. Una intensa furia creció dentro de ella.

Había dejado pasar el tiempo, le había dado su espacio; estaba convencida de que Fernando superaría ese irrelevante ataque de culpabilidad. Ya había ocurrido en otras ocasiones: se agobiaba, se sentía despreciable, pero a las pocas semanas volvía a sus brazos desesperado.

Lo miró a los ojos, desconcertada, y lo encontró distinto. Santurrón, aburrido. No parecía que esa etapa mística fuera a ser transitoria.

Con un tono que rayaba el paternalismo, continuó con su cándido discurso:

—Entiendo que estés enfadada, Raquel, pero sí, quiero respetar mi matrimonio.

Estos últimos meses me han hecho pensar.

No estaba en paz, pero ahora he conseguido armonía en mi vida.

Quiero ser feliz y disfrutar de la relación de familia que tengo con mi mujer y mis hijos y de la que me había desligado completamente.

Esta noche, después de la cena, os haré una propuesta para que todos tengáis la oportunidad de alcanzar el sosiego que yo he conseguido.

No sabía a qué se refería, pero había captado lo importante: rompía con ella, y no había marcha atrás.

Salió dando un portazo. La habían rechazado. A ella…

No. No había hombre en la faz de la tierra que pudiera tratarla así.