Cris
Los del grupo, niños y yo incluidos, nos encontrábamos en la sala anexa a la recepción del hotel. La visita guiada comenzaría a las diecinueve horas.
Había tenido el tiempo justo de darme una ducha y llamarme idiota quince veces antes de bajar a reunirme con ellos.
Sonia nos pidió que la acompañáramos y nos guio hasta una puerta lacada en blanco con los cuarterones enmarcados en dorado. A continuación, sacó un manojo de vetustas llaves y, tras buscar la adecuada, abrió la puerta que nos dirigiría a la zona de la casa catalogada como museo.
Accedimos a una habitación exquisitamente decorada en tonos granates y verdes, con una chimenea monumental que se apropiaba de una de las paredes y que contaba con atizadores dorados ubicados en su lateral.
Un retrato de grandes dimensiones ocupaba gran parte de la pared frontal de la sala.
El cuadro mostraba a una hermosa mujer de ojos grandes y cabello recogido en la nuca.
Una vez dispuestos todos alrededor de Sonia, esta comenzó su discurso .
—La casa donde nos encontramos fue construida por los duques de Medinatorres entre 1881 y 1882. —Su voz transmitía seguridad.
»El propósito de su construcción —continuó—, o al menos uno de ellos, fue agasajar al rey Alfonso XII y que este dispusiera de ella como residencia de verano.
Tanto él como su hijo, Alfonso XIII, se alojaron aquí en algunas ocasiones, aunque no tantas como hubieran deseado los propietarios primigenios, que aspiraban a un beneficio económico de la gestión de esas relaciones, beneficio que no llegó.
»La primera gran propietaria de la casa fue María Eulalia Osorio de Moscoso y Carvajal, duquesa de Medinatorres —comentó, señalando el inmenso óleo—.
María Eulalia fue una mujer muy avanzada para su época: hablaba cinco idiomas y su legado estuvo relacionado con la historia del arte.
Se encargó de trasladar el retablo de la iglesia de Santa Regina de Sevilla, que iba a ser destruida, al Monasterio de San Lorenzo en Santiago de Compostela con el fin de asegurar la obra.
Esa, digamos, fue la compensación que le permitieron por los sacrificios personales que tuvo que realizar a lo largo de su vida.
Su público permanecía atento. La voz de Sonia tenía una cadencia hipnótica que envolvía a sus oyentes como una telaraña.
—La casaron a la edad de quince años con su tío abuelo paterno, Fernando Osorio de Moscoso y Fernández de Córdoba, casi veinte años mayor que ella y del que nunca estuvo enamorada.
Pese a todo, fruto de su matrimonio, tuvo tres hijos, de los que dos murieron en circunstancias dramáticas.
—Hizo una pausa con el único fin de que todos nos preguntáramos que ocurrió—.
Fernando, un hombre inflexible y despiadado, encerró a sus dos hijos mayores en las caballerizas de la casa, hoy destruidas.
El motivo fue que consideró que no habían estado a la altura de su rango en la excursión de caza que habían realizado esa mañana.
Lo habían puesto en ridículo, según él. María Eulalia consideró que ese castigo era excesivo y se opuso.
Además, según se cuenta, una de las matronas de la casa, de la que decían que poseía una visión «especial», le dijo a la señora que lo impidiera porque veía una tragedia cernirse sobre ella.
—¿Qué es visión especial? —preguntó Raúl, interesado, mientras se hurgaba con un dedo la nariz.
Hubo carcajadas por parte de la audiencia. Claudia, su hermana, le apartó el dedo de un manotazo.
—Que veía cosas del más allá, como espíritus y fantasmas, tonto —lo increpó mientras una mueca maliciosa surcaba su cara y simulaba unas garras fantasmales moviéndose en el aire.
Cuando terminaron las risas, Sonia continuó:
—Lamentablemente, María Eulalia no pudo imponerse y los niños fueron encerrados. Durante la noche, se produjo una tormenta apocalíptica —Sonia consideró que Raúl no habría entendido esa palabra y aclaró—: muy grande, tanto que se la llamó la tormenta del castigo eterno.
Hizo una pausa dramática y, tras confirmar que tenía la atención de los presentes, prosiguió:
—Un rayo cayó en las caballerizas y se produjo un gran incendio. Los niños murieron abrasados.
—Oh —dijo Raúl, cubriéndose la cara con las manos.
—María Eulalia nunca volvió a ser la misma.
Una amarga negrura atravesó su alma a partir de entonces, y si antes de aquello no amaba a su marido, desde aquel momento lo odió con toda su alma.
Dicen que, aun hoy, María Eulalia recorre esta casa durante la noche con el propósito de vengarse de su marido —anunció Sonia mientras recorría la sala con su mirada.
Una sombra de pánico se posó en los ojos del pequeño Raúl, pero no solo él pareció afectado. Me llamaron la atención las miradas cruzadas entre Fernando, Raquel, Gonzalo, Jose y Silvia.