La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Tomás
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Tomás

Tras el baño, más refrescante de lo que esperaba, besó a Jose y se dirigió al hotel en busca de una larga ducha que le permitiera retirar los restos de salitre y arena del cuerpo.

Mientras ascendía por la escalinata olió algo.

Sin poder resistirse, siguió el rastro del aroma hasta llegar a un recodo; apartó la espesa vegetación que lo rodeaba y se encontró frente a un chaval que estaba fumándose un canuto.

Debía de tener unos veinte años; larguirucho y esturreado, le recordó a un espagueti lanzado a la pared para comprobar la cocción de la pasta.

Tenía los ojos coloreados; debía de llevar un buen rato fumando.

Al acercarse, dedujo, a partir de su indumentaria, que se trataba de un trabajador del hotel. El chico hizo amago de apagar el porro en cuanto advirtió su presencia —varios minutos después de su llegada—, pero lo detuvo.

—Antes de tirarlo, mejor compártelo, ¿no? —dijo con una sonrisa.

El chico asintió y se lo pasó con una mueca risueña.

—Es buena —afirmó apreciativo tras la primera calada.

—La mejor hierba de la zona. ¿Eres uno de los del grupo, del hotel?

Tomás asintió, resignado a ser relegado a integrante del grupo de los amigos de su marido.

—Digamos que sí. Ese que ves allí, corriendo como una liebre tras la pelota, es mi marido, Jose.

Sonrió.

—Soy Edu, el ayudante de mantenimiento del hotel.

Estrechó la mano que le ofrecía .

—Tomás, encantado —dijo tras devolverle el porro. Hizo amago de levantarse. No quería que Jose lo pillara fumando marihuana. Bastantes problemas habían tenido ya.

Edu, sin embargo, no parecía querer dejarlo ir tan fácilmente.

—Igualmente, Tomás. Por cierto, si necesitas que alguien te provea…, aquí me tienes. También sirvo otras cosas, no sé si me entiendes —expuso mientras se acariciaba de forma disimulada la nariz.

Tomás intentó tragar saliva, pero su boca se había secado y el sudor le recubrió las palmas de las manos en apenas un segundo. Sintió cómo la cocaína corría por sus venas y tomaba el control de su cuerpo como si en ese mismo instante la estuviera ya esnifando.

Sabía que debía decir que no —había tardado dos años en desengancharse la última vez, y casi le costó su matrimonio—, pero el ogro que vivía dentro de él era más fuerte y se oyó decir con un cierto temblor en la voz:

—OK, una papelina. Esta noche, después de la cena.

Se giró y se marchó a toda velocidad en dirección al hotel.