La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Tras pasar un rato en la sala de lectura y con un buen libro en mi poder, me recosté en una hamaca de la playa, debajo de una sombrilla, y cerré los ojos.

Me regocijaba en mi soledad, con el relajante sonido del mar en los oídos, cuando la comitiva de gritos y risas me sacó sin miramientos de mi bucólica estampa.

De nuevo, el grupo inefable se acercaba a mis dominios para importunarme. Muy a mi pesar, miré en su dirección.

Tomás salía del agua tras un rápido y sonoro chapuzón acompañado de una ensordecedora algarabía motivada por la temperatura del mar Cantábrico.

Observé cómo Jorge giraba la cabeza sin pudor y acompañaba con sus ojos los movimientos del cuerpo de Tomás.

Y, por último, me encontré con la mirada de repugnancia de Raquel, que había advertido la prominencia en el bañador de su marido.

Estaban demasiado cerca. Suspiré y, sin hacer grandes aspavientos, decidí retirarme a mi habitación, donde sí podría disfrutar de mi soledad anhelada, pero los hados no me fueron propicios: Silvia se me acercó sonriente y ocupó la hamaca libre a mi derecha.

—Hola, Cris, ¿te marchabas ya? Espera un poco y nos ponemos al día —dijo con una sonrisa inocente que hizo que me sintiera culpable, por lo que volví a mi hamaca, resignada—. Siento ser una pesada, pero es que realmente estoy feliz de que hayamos coincidido. ¿Has visto qué a gusto estamos?

«Tan a gusto como en un baño de pirañas», pensé .

—Gonzalo está igual, ¿no es guapo? —Yo no pensaba responder.

Si Silvia hubiera escuchado lo que yo opinaba de él, habría cogido el coche de vuelta a Madrid—.

Y ha venido sin pareja también. Menos mal.

Pensaba que iba a ser la única soltera del grupo —aclaró—.

Es que todavía lo llevo fatal, y eso que ya han pasado cinco años desde mi separación.

Le devolví un gesto que significaba: «No sigas, no quiero saber nada de tu vida privada», pero no lo pilló y prosiguió:

—Me puso los cuernos, ¿sabes?

¿Qué? Dios. Callé. Silvia tomó mi silencio como una invitación a continuar, y continuó, vaya si lo hizo.

—No soporto a los tíos que engañan a sus parejas. Les cortaba a todos las pelotas—dijo mientras apretaba los dientes y convertía sus labios en una fina línea.

»Pero la vida sigue, ¿no? —Un segundo después, una sonrisa radiante volvía a dominar su rostro—. También hay mujeres que lo hacen fatal, no creas. A Gonzalo, por ejemplo, lo dejó su mujer.

«Normal», pensé.

—Sin embargo, hay otras parejas… Mira a Fernando y a Verónica: son la pareja ideal. Claro que ellos también tuvieron problemas al principio…, no creas —dijo, bajando la voz—, pero míralos ahora. Fernando solo tiene ojos para ella.

La miré asombrada.

«Como si bastara con que ahora él estuviera pendiente, después de los cuernos que esa chica ha llevado toda la vida», pensé.

De pronto, escuché el roce de la superficie viscosa de la piel de una víbora sobre la arena de la playa. Se acercaba sigilosa, atenta. Me pareció hasta oirla sisear.

Bloqueando la luz del sol, se encontraba la Arpía.

—Hola, Peterson. Perfecto, justamente hablábamos de ti —dijo Raquel con una sonrisa maliciosa en sus labios globosos—. Esta noche tenemos la primera cena de la promoción y hemos pensado que te unas a nosotros .

Siseo de felicidad de la víbora.

—Di que sí, por favor, por favor, por favor —me rogó Silvia con una voz del todo infantil.

Mis manos empezaron a sudar y se me secó la garganta. No iba a cenar con ellos. Indiscutible.

—Lo siento, pero Rosa y yo tenemos contratada la pensión completa, y no va a ser posible —me arriesgué.

—Ah, no te preocupes por eso. Hemos hablado con Sonia y no ha puesto ninguna pega al respecto. Así que ya ves, no tienes excusa. Cenas con nosotros —aseguró la Arpía guiñando un ojo.

Pasaron treinta incómodos segundos en los que yo permanecí en silencio.

Pese a que lo intentaba, con los ojos expectantes de ambas fijos en mí, no pude pensar con suficiente agilidad y me rendí: no había podido encontrar una excusa convincente.

Rosa no iba a cenar conmigo esa noche, y si me veían sola en el comedor iba a ser peor el remedio que la enfermedad, así que, aunque a regañadientes, acepté la invitación.

Un último pensamiento cruzó mi mente: cómo podía yo haberme metido en ese lío con lo mayorcita que era ya y las tablas que tenía.