Cris
Después de comer, a punto de reventar el botón de mi pantalón, y de despedir a Rosa —no sabía cómo ella iba a ser capaz de trabajar con lo que nos habíamos metido en el cuerpo—, decidí tomar prestado un libro de la sala de lectura antes de bajar a la playa, pero, tras más de diez minutos dando vueltas por el hotel, me di cuenta de que me había perdido.
Abrí una puerta, después otra, giré un recodo, luego otro.
Todo me parecía lo mismo. El caso era que tampoco sabía cómo regresar a mi habitación.
Opté por probar con una última puerta. Mostraba un cartel de «Privado» en el dintel, pero no le di importancia: conseguir hablar con un ser vivo, el que fuera, era mi único objetivo en ese momento.
Al abrirla, cuatro pares de ojos me miraron con fijeza. No parecían comprender qué hacía yo allí.
—Me he perdido —dije a modo de disculpa. Por lo visto, había encontrado la cocina del hotel.
Una señora entrada en años, pálida como un muerto, y que por su vestimenta debía de ser la cocinera, me indicó con un gesto que me sentara. Mientras lo hacía, la sorprendí haciendo una, muy sutil, señal de la cruz.
—No se preocupe —me dijo—, en cuanto acabe de tomarse la infusión, Edu la acercará a su habitación, o a donde prefiera.
—Y dirigió su mirada a un desgarbado rubio de unos veinte años que asintió con la cabeza—.
Es normal que se haya perdido, esta casa es un laberinto.
Me llamo Ana y soy la cocinera del hotel.
Estábamos tomando una infusión antes de continuar con nuestras tareas; si le apetece unirse …
Acepté: una manzanilla no me vendría mal para digerir el copioso almuerzo.
Miré en torno a mí; el grupo estaba formado, además de por Ana y Edu, por Alicia, la camarera que nos había atendido en la terraza y el comedor, y por Juan, un pacífico señor de unos setenta años que se ocupaba, según averigüé, del mantenimiento general del hotel.
Pese al ambiente alegre que Ana quería mostrar al invitarme a acompañarlos en su tiempo de descanso, el silencio se impuso. Un silencio tan incómodo como lo era mi presencia no programada.
Podía imaginar que las conversaciones lúdicas, algunas de las cuales tendrían que ver con nosotros, los huéspedes del hotel, se habían frenado en seco.
Ana nos miró a todos y decidió que sería ella la que pondría fin a ese mutismo tenaz.
—¿Tenéis mucho trajín esta tarde, chicos? —preguntó, dirigiendo su mirada a Juan y a Edu.
—No, yo me voy a tomar la tarde libre —respondió Edu con una pícara sonrisa.
Juan levantó los ojos al techo y negó con la cabeza, sin acabar de comprender la respuesta de su ayudante.
—Además de arreglar la cerradura de la habitación treinta y seis, tenemos que ocuparnos de las goteras del cobertizo.
Al parecer, la respuesta de Juan no le hizo ni pizca de gracia a Edu, quien propuso:
—Deberíamos dejarlo para mañana, no sea que se nos haga de noche.
Juan sonrió.
—No te preocupes por eso, la noche no nos alcanzará hasta casi las diez. Hay que ver lo de las goteras porque se avecinan lluvias, y no quiero arriesgarme a que acaben pudriendo el techo.
Miré por la ventana. Un sol espléndido calentaba la cocina, de modo que me pareció sorprendente que se valoraran lluvias para el día siguiente .
Edu movió las piernas, nervioso. Fuera lo que fuese que tuviera en mente para esa tarde, pasarla en el hotel no entraba en sus planes.
—Cuando vuelva de dejarla —dijo refiriéndose a mí—, mientras usted arregla la cerradura, yo bajaré al pueblo, que tengo que hacer unos recados —se arriesgó con una mirada evasiva.
Juan lo miró, pero no dijo nada.
—Si Juan no te necesita, podrás irte —dijo Ana con una mirada suspicaz—. Y quiero la nota de lo que compres.
Juan asintió entristecido.
Ni él, ni yo, ni al parecer Ana, nos habíamos tragado la notoria mentira de Edu.
—Si quieres, te acompaño —propuso Alicia, solícita.
Edu la miró exasperado y respondió:
—Lo siento, Alicia, otra vez será. Hoy iré con mi Ducati a toda velocidad y no quiero arriesgarme a que te caigas y te hagas daño.
Alicia refunfuñó por lo bajini, pero no insistió.
Había quedado claro, incluso para ella, que lo que tuviera que hacer Edu en el pueblo debía llevarse a cabo sin miradas indiscretas.