La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Dejé caer mis, a mi juicio, estupendas posaderas en una de las sillas del comedor.

Después del insatisfactorio piscolabis con mis compañeros de antaño, y como Rosa había tenido que acercarse al cuartel, decidí dar un paseo por las inmediaciones, y si bien había resultado ameno, estaba cansada. Una buena comida me sentaría como anillo al dedo.

Rosa había regresado hacía unos minutos, pero después de comer tendría que volver a marcharse; la reunión en el cuartel se había traducido en su reincorporación inmediata.

Al parecer, se habían producido una serie de robos en varios domicilios de Villaorusa, y su jefe le había propuesto que acortara las vacaciones.

Se habían llevado joyas, pero no se había usado violencia en ninguno de los casos, por lo que las fuerzas del orden valoraban que se trataba de una banda organizada y profesional.

Los robos habían afectado a las familias más poderosas de Villaorusa; el último se había producido en el domicilio del alcalde.

Tras una ardua negociación, habían llegado a un acuerdo más o menos satisfactorio para ambas partes: Rosa trabajaría solo media jornada esos días. Le había contado a su jefe que no podía dejar a su amiga inválida completamente sola.

—¿Inválida? —Reí con la ocurrencia—. ¡Pero si es solo un esguince de muñeca!

—Algo tenía que decirle —se justificó Rosa con una mirada angelical—. No te iba a dejar sola todo el tiempo. Y bien, ¿qué vas a hacer esta tarde ?

—Pues es posible que baje a la playa. Por cierto, te vas a perder la visita guiada —dije en broma poniendo los ojos en blanco.

Rosa respondió con una sonora carcajada. Las lecciones de historia no eran lo suyo.

—Sobreviviré.

Alicia, la camarera que servía en la terraza, se acercó a nosotras con los menús. Tenían buena pinta. Esperaba que los platos fueran tan sabrosos como sus nombres parecían apuntar. Podíamos elegir entre tres opciones. Ambas pedimos lo mismo: ensalada, pote asturiano y chuletón de vaca vieja.

Mientras esperábamos, aunque con dificultad por la molestia en la muñeca, hice tiempo untando un excelente mollete de pan con mantequilla salada.

Rosa me miró y frunció el ceño. Por lo visto me había pasado de reiterativa durante el viaje explicándole en qué iba a consistir el régimen alimenticio al que me sometería cuando regresara a casa.

—Todavía estoy de vacaciones —repliqué indignada—, deja disfrutar a una pobre inválida, por Dios.

—Vale, vale —dijo Rosa, robándome, entre risas, un trozo de pan con el bendito lustre—. Y ahora cuéntame de qué conoces a toda esa gente. No parecen de tu estilo, vamos a decir.

«Y no lo son», pensé.