Cris
—¿Peterson? Soy Silvia.
Una mujer rubia de pelo rizado con una sonrisa franca en su rostro se me acercó, atrayendo tras de sí las miradas de sus compañeros. Si bien la sonrisa de la avanzadilla era sincera, no así las del resto.
Para el que no lo sepa, una sonrisa sincera implica también la participación de los ojos, y ese no era el caso; además, apenas se mantuvieron un instante en sus rostros, lo que constituía otro indicador: las sonrisas verdaderas tardan en desvanecerse.
Silvia acababa de darse cuenta de que no todos los de la promoción habíamos sido invitados al viaje. No le di importancia; no habría aceptado aunque me lo hubieran propuesto.
Haciendo uso de las buenas maneras que mi madre me había enseñado y que, debido a mi naturaleza huraña tenía que reconocer que a veces me costaba emplear, me acerqué a saludar al resto.
Al lado de la silla que Silvia había dejado libre, se encontraba un espécimen del género masculino, delicado y guapo, que me fue presentado con el nombre de Tomás y que era el marido de Jose, compañero de la facultad. Este presentaba el mismo aspecto que yo recordaba.
Siguiendo la línea visual trazada, me encontré a Jorge, el marido de Raquel.
Me costó reconocerlo debido a la calvicie y los kilos extras ganados a lo largo de los años.
Ella, sin embargo, tenía un aspecto cuidado; debía de haberse dedicado varias horas de acicalamiento esa mañana.
Me fijé mejor y no eran solo su ropa y su maquillaje, había algo más…
, sí, algo en su cara le confería el aspecto de una tersa e inalterable pelota de goma rosa.
Tras Raquel, mis ojos detectaron a Fernando, y al lado de este, a la que ahora debía de ser su mujer, Verónica.
Los recordaba bien a ambos. Elegante él, delgada hasta la extenuación ella.
Se mantenían igual. Por último, situado al lado de Verónica, el insoportable Gonzalo.
Lo miré a los ojos y juré haber visto una chispa de desprecio ciego en sus pupilas, desprecio que se apresuró en ocultar detrás de una amplia y de nuevo hipócrita sonrisa.
El grupo allí presente y yo no nos caíamos bien; a decir verdad, nunca nos habíamos soportado.
Excepto Silvia, todos ellos eran, en mi opinión, unos impresentables hijos de papá.
De hecho, tenía motes para todos, y todavía los recordaba: Gonzalo, el Petulante, era un soberbio y un pretencioso; Fernando, el Crápula, que pese a tener novia estable en esa época, Verónica, se había liado con media Facultad de Medicina; Jose, el Bondadoso, iba de bueno, pero disfrutaba en secreto de las burlas que sufrían otros; Raquel, la Arpía, porque si en el mundo había malas personas, Raquel era una de ellas sin lugar a dudas; y por último, Silvia, la única que merecía la pena y a la que el resto llamaba a sus espaldas la Palurda.
—Ven, siéntate con nosotros —ordenó Gonzalo, el líder del grupo.
—No puedo, lo siento. —Tenía las mismas ganas de unirme a ellos como de que me arrancaran las uñas—. Estoy aquí con una amiga. —Señalé la mesa que ocupábamos Rosa y yo.
Sin embargo, la amiga, una judas, tuvo la inconcebible desfachatez de presentarse en ese momento y, tras saludar con un gesto de cabeza, exponer en voz alta y clara que debía marcharse urgentemente al cuartel. Por tanto, no tuve más remedio que coger mi bebida y sentarme con ellos .
Si eso de que te pitan los oídos cuando alguien te critica fuera cierto, Rosa debería haberse quedado sorda en ese mismo instante.
Raquel, la Arpía, tomó la palabra:
—Bueno, Peterson, estábamos hablando de cómo nos va la vida a cada uno de nosotros.
Gonzalo se está labrando un camino en la política; Jose va a ser nombrado embajador de UNICEF; Fernando dirige el Centro Nacional de Trasplantes; Tomás, el marido de Jose, que es arquitecto —aclaró—, está inmerso en la redacción del proyecto del edificio más vanguardista que se verá en Madrid.
—Sin embargo, el referido apartó la mirada y no se me escapó que esto último quizás no fuera del todo cierto—.
Jorge ha sido recientemente nombrado director financiero en una de las entidades bancarias más prometedoras de España, no diré el nombre por pudor —se jactó Raquel—.
¿Y tú, Cris, a qué te dedicas? Fue terminar la carrera y perderte la pista.
No había nombrado ni a Verónica ni a Silvia, tampoco a ella misma. Según parecía, sus ocupaciones no eran dignas de ser mencionadas en ese foro.
—Doy clases, por aquí y por allá —respondí imprecisa tras tomarme mi tiempo; no tenía intención de contarle mi vida a esa gente.
Lo cierto era que, a mi modo de ver, sí tenía un currículum digno de elogio: había finalizado las carreras de Medicina y Psicología a la vez; había terminado la residencia en Psiquiatría; y había vivido en multitud de países europeos y en Estados Unidos, donde me había especializado en psicolingüística y comunicación no verbal.
En los últimos años, además, había colaborado con las autoridades españolas en la resolución de homicidios a partir de mis conocimientos en la elaboración de perfiles psicológicos.
—Ah, mira qué bien —comentó Raquel, quien había perdido todo interés en mí y se dispuso a cuchichear con Fernando, a su lado. Este, sin embargo, la ignoró, se puso en pie y tomó la palabra :
—Bueno, amigos, hoy es un día especial. Después de algunos años nos volvemos a reunir.
Ha pasado el tiempo y muchas cosas han acontecido en nuestras vidas.
Algunas mejores, otras peores. —Creí ver cierta inquietud entre su público—.
Sin ir más lejos, a mí mismo la vida me dio un vuelco hace unos meses —dirigió la mirada a su mujer— y me ha hecho comprender su valor.
—Se aclaró la garganta—. Aquí, reunidos todos hoy, me gustaría que fuéramos conscientes de la importancia de alcanzar la felicidad o de ponernos en el camino de conseguirla, al menos.
—Hizo una pausa—. Yo me perdí hace muchos años —dijo, mirándonos a todos.
A continuación, tomó la mano de su mujer y se la besó mientras sostenía su mirada.
Raquel fijó una expresión de asco en su rostro—, pero ya me he encontrado.
—Volvió a posar los ojos en su público, nosotros, y continuó—: No me enrollo más.
—Sonrió y levantó su copa—. Por nosotros, la promoción médica del 96, y por nuestras familias.
El resto del grupo lo acompañó y bebió al unísono.
—Y ahora por Tomás —dijo Gonzalo a continuación—. Por habernos traído a este emplazamiento tan encantador.
Todos aplaudieron.
—No, no, por Dios —farfulló Tomás, levantando las manos—. Yo me limité a buscar la información, pero fue Fernando el que dirigió hacia aquí mis pasos. Fue él el que me habló de este lugar.
El aludido agachó la cabeza mientras se ponía una mano a la altura del corazón y sonrió con deferencia.
—Y un brindis por mí —dijo Gonzalo sin contenerse, después de que con cada uno de los anteriores hubiera vaciado y vuelto a llenar su copa—, que fui quien se encargó de la gestión con el hotel.
Todos aplaudieron jubilosos riéndole la gracia. Yo me limité a mover los labios en una sonrisa condescendiente y los miré despacio uno a uno. Un débil recuerdo me vino a la memoria. Me pareció que había algo que debía recordar sobre ese grupo, pero estaba tan lejano en el tiempo que se me escapaba…
Tras unos minutos de risas y bromas, Raquel volvió a la carga:
—Peterson, ¿y de lo personal qué nos cuentas?: ¿marido?, ¿hijos?, ¿novia?
Era una pregunta del todo impertinente, pero no perdí los nervios.
Sonreí con malicia. Raquel tenía intención de hacer daño, pero había tocado hueso: el no pertenecer a la estirpe de los casados o a la de los padres no me suponía sensación de pérdida alguna.
Era una decisión que había tomado siendo casi una niña.
Estaba a punto de hacérselo saber con cierto sarcasmo cuando Verónica me interrumpió:
—¿Y vosotros? ¿Por qué no habéis traído a los niños?
—Pues… ya sabes cómo es Raquel —respondió Jorge, jocoso—: no los soporta.
La mirada que Raquel le lanzó a su marido habría congelado el infierno. Su faz convulsionó, pero consiguió controlar su expresión a los pocos segundos. Su voz, sin embargo, se mantuvo gélida:
—Jorge, no seas tan bromista, que van a pensar que no quiero a mis hijos, por favor. Sabes tan bien como yo que los chicos no se lo pasarían bien aquí. Esto es muy aburrido para ellos.
Ahora fue Verónica la que se revolvió en su asiento, ofendida.
—Pues podíais haberlo comentado antes, la verdad, y así no habríamos traído a los nuestros.
—Oh —contestó Raquel tras darle un sorbo a su vermut—, no te preocupes, linda. Los vuestros se lo pasarán genial; no son tan complicados como los nuestros .
Fernando tomó de la muñeca a su mujer y cambió de tema, antes de que esta tuviera tiempo de darle a Raquel la respuesta que se merecía.
La conversación continuó con batallitas de todo tipo, algunas de ellas completamente ridículas.
Al cabo de unos minutos, desconecté. Dejé que mi mente vagara a su aire y volví a experimentar la sensación de que algo se me escapaba.
De nuevo ese recuerdo escondido. Esta vez me llegó potente, atravesó mi cerebro sin dificultad; sin embargo, no conseguí hacerlo visible tampoco en esa ocasión, pues una nebulosa me impedía alcanzarlo.
Me esforcé, pero el bullicio del parloteo general no facilitaba la tarea.
Era importante, de eso era consciente. Algo había pasado veinte años atrás. Algo grave que había involucrado a ese maldito grupo.