La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Ana
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Ana

Se movió sigilosa por la despensa. Había encendido la luz, pero apenas alumbraba la pequeña estancia; más que iluminar, teñía de sombras los rincones donde a la triste bombilla no le alcanzaba el coraje.

Debía ir rápido. La solía oír en la despensa.

A veces, solo el crujido de unos pasos en la madera; otras, el golpeteo impaciente de una puerta al cerrarse.

La imaginaba como una sombra alta y delgada, María Eulalia de Medinatorres, la duquesa mayor de la casa. Se santiguó y corrió como alma que lleva el diablo a la cocina, armada con un paquete de azúcar aprisionado en su pecho como si de un escudo se tratara.

La cocina era el único lugar que le permitía disfrutar de cierto sosiego. Quizás porque el nivel de concentración que exigía no admitía la entrada a los pensamientos que tanto la alteraban.

«Vaya idea la de la señora de montar un hotel en una casa que está maldita». Y no había sido solo ella la que había sentido al fantasma. No. También Edu, que, si bien era medio lelo, en eso no mentía.

Edu la había visto en sus correrías nocturnas, cuando salía de noche a nada bueno. Juan debería decirle algo; lo tenía como a un nieto. Claro que en parte era normal, al perder al suyo… Y de qué manera, qué terrible todo .

En la cocina vio a Alicia, su nieta, que la miraba como una boba con una cubitera vacía en las manos.

—Pero, muchacha, no me digas que todavía no sabes dónde está el hielo —dijo, apartándola para abrir el arcón donde estaba almacenado.

—Ay, abuela, yo qué sé, todo es tan nuevo para mí que me lío.

—Anda, tira para la barra, que te estarán esperando, venga.

La vio salir aturullada con dos bolsas a punto de resbalársele de las manos mientras la cubitera se quedaba sobre la encimera. ¡Qué niña esta! No iba a llegar a ninguna parte. Había salido a la rama de la familia de su marido —Dios lo tuviera en su gloria—, muy buena gente, pero tontos de rebaba.

Ahora le había dado por ir detrás de Edu, y este no le hacía el menor caso. Pues mejor, porque se olía que estaba metido en algo turbio, y no quería que arrastrara a su nieta en esos fangos.