La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Salimos a la terraza tras haber dejado nuestras mochilas, en estado de shock. La habitación nos había dejado sin aliento.

Sobre las camas, cojines y almohadas en terciopelo azulón contrastaban con el suave crema de los edredones, y el baño se hallaba recubierto de losetas de mármol con detalles dorados que rememoraban el esplendor de antaño.

La guinda fue encontrarnos una botella de cava bien fría en su cubitera y un cuenco lleno de chocolatinas belgas.

En fin, que si esa era una de las habitaciones dobles estándar, no me podía imaginar cómo serían las suites .

Ya en el exterior del hotel, nos dirigimos a una terraza dispuesta con mesas y sillas de hierro forjado desde donde se avistaba el mar y que permitía ver el acceso a la playa a partir de una escalinata con su balaustrada de piedra blanca.

—Piensa que somos lesbianas —afirmé.

—¿Quién?

—Sonia, la dueña del hotel.

—¿Tú crees? —preguntó Rosa, conteniendo la risa—. Bueno, ¿y qué? Que piense lo que quiera.

—Vale, pero si tenías intención de ligarte a algún gañán estos días, lo vas a tener complicado si todo el hotel cree que somos bolleras —respondí con ironía.

Rosa rio a carcajadas. Llevaba sin tener una relación seria con nadie ni se sabía el tiempo. Había tenido que desasirse de Carlos, el amor de su vida, para poder mover ficha y avanzar. Decía que ya lo había superado, pero yo seguía teniendo mis dudas .

La miré reflexiva. Conocía a Rosa desde que éramos niñas y la consideraba una de mis mejores amigas.

Todavía creía poder verla con las trenzas que su padre le tejía con parsimonia por las mañanas mientras su madre le preparaba las sopas para el desayuno.

Yo no había tenido esa suerte. No hubo un padre en mi vida.

Pese a lo difícil que había sido para Rosa liberarse de ese amor tóxico, lo cierto era que en aquel viaje yo había visto algo en ella que no había observado con anterioridad: ligereza.

Se comportaba como si se hubiera librado de una pesada carga.

Su forma de mirar, respirar y reír eran diferentes ahora.

Parecía que todo lo experimentara por primera vez. Como si hubiera renacido.

Nos sentamos en una de las mesas más alejadas de la recepción del hotel.

La terraza disponía de una barra bien surtida y estaba atendida por una chica que no parecía excesivamente despierta, pero que resultó ser muy atenta.

La identificación que llevaba prendida en el pecho la bautizaba como Alicia.

Pedimos las bebidas, y cuando Alicia se alejó lo suficiente, Rosa preguntó:

—¿Cómo lo sabes?

—¿El qué? —pregunté.

—Que Sonia es la dueña del hotel. Yo había dado por hecho que era la recepcionista.

Reí. Había deducido la posición de Sonia en el hotel tras una breve ojeada.

—Elemental —dije en broma—. No sé si te diste cuenta, pero Sonia no lleva la identificación que luce Alicia con su nombre. Además, el escudo de armas de la puerta de entrada de la recepción coincide con el sello del anillo que Sonia lleva colgado del cuello.

Rosa asintió estupefacta. Después de tantos años, todavía la seguían sorprendiendo mis capacidades .

Permanecimos en silencio unos minutos mientras aspirábamos el aire salino entremezclado con el aroma fresco de los eucaliptos. El sonido del mar batiente de fondo nos envolvió de tal forma que a punto estuve de quedarme dormida acariciada por los suaves rayos de sol.

La placentera experiencia fue interrumpida, sin embargo, por un grupo de turistas que ocuparon sus posiciones junto a nosotras.

Entraron en tropel y movieron un sinnúmero de mesas y sillas para poder sentarse juntos. Como eran pesadas, armaron tal barullo que estuve a nada de soltar varios improperios, impedidos en el último momento por la mano conciliadora de Rosa en mi antebrazo.

Me conformé con propinarles una mirada furibunda, en mi opinión, de forma altruista.

En ese momento el teléfono de Rosa comenzó a sonar. Se trataba de una llamada del cuartel a su número personal. Me lanzó una significativa mirada. Algo grave debía de haber ocurrido para que necesitaran hablar con ella con tanta urgencia. Se alejó para tener algo de privacidad.

Aproveché para mirar con detalle a nuestros vecinos. Una sensación desagradable inundó mi ánimo de súbito. Los conocía, a todos.