La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Jose
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Jose

Un haz de luz traspasó las hojas de los árboles, jugueteó con el vidrio de la ventana y coloreó divertido el cabello ensortijado de Tomás. Su pelo brilló, rojizo, como las hebras del azafrán secado al sol.

Suspiró. Era tan hermoso. Su rostro había perdido cierta dulzura con el paso del tiempo, y si en otras personas esto habría resultado en una expresión dura y rígida, en Tomás favorecía sus proporciones transformándolas de una forma bella.

—¿Ya estás despierto? —preguntó divertido por su palpable desorientación.

—Lo siento, me he despistado.

Tomás lo miró preocupado.

—No estás siendo el mejor copiloto del mundo, la verdad. ¿Es por lo del discurso?

—Sí, me tiene un poco estresado —mintió.

—No te preocupes, lo harás genial. —Tomás sonrió, tomó su mano y se la besó.

En teoría, Jose debería haber pasado las últimas semanas concentrado en la conferencia para la ceremonia de su nombramiento como embajador de UNICEF —sería en septiembre—, pero, por el contrario, su mente volaba, una y otra vez, veinte años atrás, a un tiempo en el que todos habían sido jóvenes e irresponsables .

Un nudo en la garganta ataba los recuerdos de aquella época.

Había perdido la posibilidad de evocar tiempos felices, pues su mente se encargaba de retrotraerlo, como un resorte oxidado, a los momentos finales de su paso por la Facultad de Medicina.

No había opción para la dicha; el amargo recuerdo lo absorbía como si de un agujero negro se tratase.

Tardó años en bloquearlo, y, ahora, esa ocurrencia de reunión había venido a removerlo todo otra vez, a colocar su trauma en el primer y último pensamiento cada mañana y cada noche, y a que su mente tozuda se regodeara en el horror sin contemplaciones.

Había perdido peso; los pantalones cada vez más caídos y las arrugas de las camisas venían a corroborarlo.

Llevaba semanas sin poder dormir en condiciones: unas profundas ojeras le agujereaban el rostro y su mirada, vidriosa y enrojecida, se descubría desenfocada y perdida la mayor parte del tiempo.

Pese a todo, no había encontrado la fórmula adecuada para rechazar la invitación. No. Hubiera resultado demasiado extraño. Tomás, ignorante de su pesadilla, no habría entendido por qué rehuir de un plan, a priori, tan divertido.

Se habían reunido en anteriores ocasiones, las justas para mantener el contacto, para detectar fugas; quizás alguna debilidad en alguien del grupo. Los primeros momentos eran siempre los más tensos.

—Mira, allí delante hay un bar, voy a preguntar. A ver si podemos llegar al hotel antes de la hora de comer.

—¿Pero es que nos hemos perdido? —preguntó Jose de vuelta a la realidad.

—Llevamos perdidos más de media hora. No hay cobertura y el navegador no funciona. Te he preguntado tres veces si podías consultar el mapa y no ha habido manera, así que he decidido parar y de paso voy a por un refresco. ¿Tú quieres algo?

Negó con la cabeza y su marido salió del coche .

Recordó su emoción dos semanas atrás, cuando Tomás había entrado en su despacho como un huracán y depositado una pila de documentos sobre la mesa.

—¿Y bien? —había preguntado él mientras les echaba una ojeada a los papeles.

—Fernando me ha sugerido el lugar perfecto para la reunión con tus amigos: La Casa de las Mil Ventanas —había comunicado Tomás enigmático, mientras sus ojos brillaban por la emoción que le causaba el hallazgo—.

Es un hotel rural encantador. Y tiene muchísima historia.

Perteneció a los duques de Medinatorres y fue visitado en varias ocasiones por los reyes Alfonso XII y Alfonso XIII.

Además, ofrecen una visita guiada gratuita por la casa museo.

Jose había escuchado con atención; al igual que Tomás, él era un apasionado de la historia de España. Quince años atrás, la sala que exponía la colección de Velázquez, en el Museo del Prado, había sido el escenario del comienzo de su relación.

Rodeados de esos grandiosos lienzos, una mujer le había preguntado a su marido por el detalle de la perspectiva del cuadro de Las Meninas, y ambos habían respondido al unísono mientras terminaban la frase a carcajadas.

No hizo falta más. La conexión fue inmediata.

La sonrisa franca de Tomás le permitió confiar en alguien por primera vez.

Solo dos años antes de ese primer encuentro había conseguido salir del armario. Cuando por fin lo logró, había tenido que aguantar la pseudoaceptación de sus amigos. Los gais debían ser divertidos, excéntricos, extrovertidos, y él no daba la talla. Tampoco parecía estar a la altura como gay .

La discreta y repentina tos de Tomás, que acababa de volver, lo devolvió al presente.

—Continuamos camino. Estamos muy cerca.

—Perfecto, amor —dijo sin interés.

—Resulta que estamos aquí al lado. Solo teníamos que… —Tomás siguió hablando en una realidad que Jose ya no compartía, pues, sin poder evitarlo, fue de nuevo arrastrado por el tropel negro de sus recuerdos.