La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Verónica
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Verónica

Fernando tarareaba exultante. A ella ese júbilo desmedido la estaba sacando de quicio.

Todavía miraba recelosa el entusiasmo que desprendía su marido ahora ante cualquier circunstancia. A punto estuvo de bufar cuando escuchó por enésima vez lo bien que lo iban a pasar, lo divertido que iba a ser, la maravillosa experiencia que iban a poder disfrutar en familia.

Familia…

Hasta hacía pocos meses, Fernando parecía ignorar que tuviese una familia.

Ese viaje…

Sus manos estaban frías y húmedas y su boca, seca. Ahogó un intento inconsciente de morderse los padrastros sanguinolentos e inflamados.

No le apetecía nada ese viaje. Se había sentido forzada a aceptar, pero odiaba tener que pasar tiempo con esa gente: médicos estirados que solo tenían en común su profesión y, por tanto, ningún otro tema del que conversar.

Años atrás disfrutaba charlando sobre sus hijos; eran tan guapos, tan lindos…, pero claro, eso había quedado en el recuerdo de otra época. Ahora sus hijos transitaban por un periodo ingobernable.

La linda Claudia se había convertido en una especie de monstruo al que todo le parecía mal.

Se pasaba las horas mirando la pantalla de su móvil y escuchando música, aislada en su cuarto.

Su forma de vestir se había transmutado en la de un cuervo extraído de los cuentos de Poe.

El negro dominaba la decoración de su habitación y se derramaba también en sus labios, uñas y línea de los ojos, que marcaba tanto que no había mañana en la que sus sábanas no amanecieran teñidas del maldito color.

Raúl, su pequeño, tres cuartos de lo mismo; aunque todavía no los rehuía, empezaba a necesitar su espacio también. Se estaba convirtiendo en un niño caprichoso que exigía de forma constante dispositivos electrónicos cada vez más caros.

¡Dios! Esperaba que su «crisis» no hubiera tenido que ver con el comportamiento errático que mostraban los niños.

Entraron en la recepción y una mujer de sonrisa acogedora los atendió.

—Buenos días. Soy Sonia, y ustedes deben de ser…

—Fernando Gutiérrez y Verónica Vázquez. Teníamos reservada una habitación para cuatro personas —dijo Fernando mientras acariciaba la cabeza de Raúl.

Los ojos de la mujer bajaron a la pantalla del ordenador.

—Sí, correcto. He dispuesto para ustedes una de nuestras suites. Tiene dos habitaciones perfectamente equipadas y una salita entre ellas. Espero que lo encuentren todo a su gusto —dijo, entregándoles las llaves de la habitación.

—¿No hay niños? —preguntó Raúl.

Sonia lo miró un tanto desconcertada.

—Le habíamos dicho que vendrían otros niños con el grupo —aclaró Verónica—. Se suponía que era una reunión de familias y que el resto traería a sus hijos.

—Oh, pues… —Volvió a mirar el ordenador—. Lo siento, pero no tengo más reservas con niños.

Raúl golpeó el suelo con el pie.

—¡Me lo prometisteis! ¡Esto va a ser un rollo! —gritó, y corrió hacia el exterior del hotel.

Fernando lo siguió mientras lanzaba una mirada de disculpa:

—Espera, chaval. Aquí hay muchas cosas que podemos hacer. Vas a ver qué bien lo pasamos los cuatro .

Claudia resopló y la pantalla de su móvil volvió a absorber su mirada.

En ese momento, llegaron Jorge y Raquel a la recepción.

Verónica no estaba preparada para encontrarse con ellos a solas, sin Fernando. Una mirada despectiva por parte de Jorge y una sonrisa de hielo en los labios de Raquel la esperaban a pocos metros.

Raquel mostraba las huellas de su último retoque facial. En función de cómo se portara con ella durante la estancia en el hotel, se reservaba el derecho de echárselo en cara en algún momento.

—¿Qué tal, linda? —le dijo con una alegría impropia en ella. Raquel llamaba «linda» a todas las mujeres. La sacaba de quicio.

—Hola, Raquel —saludó, seca, Verónica—. ¿Ha llegado ya todo el mundo?

—Con vosotros aquí, solo faltan Jose y Tomás.

Se dio cuenta de que, mientras hablaba, Raquel buscaba con la mirada a su marido.

Por fin volvió Fernando, seguido de Raúl, que llevaba una bola amarilla adquirida a cambio de que se le pasara el disgusto; una especie de trueque morboso.

Raquel, tras saludarlo con excesivos aspavientos de alegría, tomó del brazo a Fernando y se lo llevó fuera de nuevo. Sin volverse, gritó al resto:

—Venga, chicos, seguidnos, que os voy a enseñar la belleza de este lugar tan encantador.

Verónica vio cómo Raquel desaparecía con su marido y miró con rabia las maletas, que permanecían a sus pies en la recepción.

Sonia se adelantó nerviosa y le dijo que no se preocupara, que el personal del hotel se haría cargo de llevarlas a su habitación.

Así pues, Verónica suspiró y dirigió sus pasos hacia la salida, siguiendo la estela de la gran Raquel.