Cris
Me arrellané en el asiento y contemplé enfurruñada los verdes paisajes que dominaban hasta donde alcanzaba la vista.
El sonido del motor y los filtros de polen del automóvil no me permitieron escuchar el rumor del aire que atravesaba sin piedad las copas de los árboles ni disfrutar del aroma fresco que el bosque ofrecía en su larga peregrinación esmeralda.
Mis emociones bullían sin control y el uso de mi raciocinio estaba bajo mínimos. No me digné a responder. Sabía que Rosa tenía razón: llevaba dos días que no me aguantaba ni yo misma y le estaba dando las vacaciones a mi amiga.
—Venga, que llegamos enseguida. Mira, ya se puede ver el hotel ahí abajo —dijo Rosa mientras daba un volantazo y acercaba de tal forma el coche a la cornisa que a punto estuvimos de salirnos de la carretera.
Tragué saliva.
Rosa paró el coche en un pequeño mirador desde donde se podía contemplar la vista hasta los pies de la montaña.
La carretera que nos llevaría a nuestro destino se intuía desde allá arriba, como un trazo marrón sinuoso apenas visible por el mar de árboles que parecía querer tragarse el caserón donde nos hospedaríamos: La Casa de las Mil Ventanas; delante de esta, una playa de arena ocre sucumbía a las aguas turquesas que le daban alcance.
Rosa aprovechó para hacer varias inspiraciones y llenarse los pulmones del aire puro de la montaña; yo, para fumarme un cigarro .
Mientras observaba cómo las volutas del humo de mi cigarro se mezclaban con el oxígeno puro que Rosa quería aspirar, reflexioné sobre mi enfado.
Habíamos organizado dos semanas de vacaciones para hacer rutas de senderismo por el norte de España.
Mi estado de forma, o la falta de ella, mejor dicho, no me había permitido disfrutar demasiado: entre el sobrepeso y el tabaco, llegaba al final de las rutas sin aliento, sudando como un pollo y con intención de comerme al susodicho.
Pero lo peor ocurrió dos días antes, cuando, por una caída de lo más tonta, me hice un esguince en una muñeca.
A partir de ese momento tuvimos que cambiar nuestros planes, y encontrar un nuevo hospedaje se convirtió en una tarea titánica. Las fechas —agosto— y la ubicación —el norte de España, el lugar favorito de los españoles que huyen del calor— implicaron que escucháramos muchas negativas.
Fue a Rosa a quien se le ocurrió que nos alejásemos y nos desplazáramos hasta su lugar de residencia actual, y allí, por fin, encontramos alojamiento. El hotel se encontraba a pocos kilómetros del cuartel de la Guardia Civil donde Rosa ocupaba sus funciones, en el pueblo de Villaorusa.
La verdadera razón de mi enfado, no obstante, no se debía a ese motivo, sino a que Rosa no había consentido parar en ninguna de las estupendas sidrerías que nos habíamos ido encontrando en el trayecto.
—Con el pícnic del hotel es suficiente; así nos ahorramos algo de dinero —había dictaminado.
«¡Un sándwich de pavo! ¡Un sándwich de pavo!». Todavía me daban escalofríos al recordarlo.
Una tortilla de patata bien jugosa, o un plato de fabada —las legumbres hay que tomarlas en cualquier época del año—, un cachopo, un buen pedazo de pastel de cabracho …
Mi imaginación acompañaba estas viandas con un buen vaso de sidra fresca…, pero no, a la postre degustamos el insulso sándwich de pavo.
Atravesamos unas inmensas y herrumbrosas verjas y encontramos el acceso al hotel: un camino asfaltado que bordeaba la playa que quedaba a la derecha.
El edificio se alzaba al final, orgulloso, rememorando los tiempos de su construcción —que debía de datar del siglo XIX —, y hacía honor a su nombre: cientos de ventanas en cada uno de sus laterales —dejé de contar—.
Se accedía a la recepción a través de una galería acristalada.
En el lateral del portón se podía observar un gran escudo de armas tan antiguo como debía de ser la casa.
A la entrada, una brillante blancura nos dio la bienvenida.
La sensación de luminosidad parecía mayor allí que en el exterior.
Superficies níveas de mármol cubrían el suelo y las paredes, y el fulgurante resplandor de las lámparas de cristal y los floreros de vidrio trabajado se equilibraba con inmensas flores que aportaban calidez a la estancia.
La decoración parecía venir de otra época: a un lado, sofás aterciopelados de color azul con cojines sedosos y coloridos brocados dorados, y al otro, la inmensa recepción de madera lacada también en blanco.
Una mujer de aspecto alegre nos sonrió desde detrás del mostrador.
Cuando nos acercamos, cambié mi valoración inicial.
Debajo de esa sonrisa amable se ocultaba un dolor tan arraigado en ese pequeño cuerpo que sospeché que podría partirse en dos en cualquier momento.
La mujer demostraba entereza pese a todo.
Vestía un sencillo traje de color negro, y como único complemento lucía en el cuello un fino colgante con un enorme anillo dorado. El anillo parecía algún tipo de sello.
Tras presentarse como Sonia, nos indicó el horario del desayuno y las diferentes áreas del hotel disponibles para el uso de los huéspedes: comedor, sala de lectura, biblioteca, sala común …
—Su habitación es la número veintiséis. Se encuentra en la segunda planta. El ascensor queda desde su posición a la derecha —dijo mientras señalaba con la mano—. Es de dos camas, pero podríamos ofrecerles otra con cama de matrimonio si lo desean, aunque no sería tan grande como la veintiséis.
—La habitación de dos camas estará bien, gracias —aseguré, lanzándole a Rosa una significativa mirada.
—Como deseen —dijo Sonia un tanto sorprendida por mi brusquedad—. Esta tarde, a las siete, está prevista una visita guiada por la zona de la casa que se mantiene como museo. Merecerá la pena que asistan si les interesa conocer su historia.
Asentimos. Rosa, con amabilidad; yo, interesada.
Tras obtener las llaves de la habitación, nos dirigimos al ascensor en el momento en que accedían a la recepción del hotel otros huéspedes cargados con maletas.
Les dediqué una mirada fugaz, aunque me detuve unos segundos a estudiar a la adolescente del grupo. En ella, el dolor también había echado raíces.