Sonia
El viento soplaba con fuerza y trazaba espumosas líneas blancas en el azul del mar.
Todavía hacía frío a esas horas, pero el sol comenzaba a escapar de las nubes que lo habían mantenido oculto toda la mañana. Era buena señal; se estaba cumpliendo la previsión del tiempo. Si seguía así, los huéspedes podrían darse un chapuzón en la playa por la tarde.
Volvió a colocar el visillo en su lugar y se alejó de la ventana. Miró la hora. Los primeros debían de estar al llegar. Por enésima vez, revisó las estancias.
Decidió acercarse a la cocina para ver cómo iban las cosas por allí. Ana, la confiable Ana, se encontraba atareada en el bullicioso trajín de controlar la cocción de los platos contenidos en dos ollas y tres pucheros a la vez.
—¿Qué tal va todo por aquí? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Miró a Ana con cariño. Su oscuro cabello, con el que a Sonia le encantaba juguetear de niña, lucía ahora gris; y la estrecha cintura de antaño se había redondeado, pero no había perdido ni un ápice de su jovialidad.
—Todo dispuesto, señora duquesa —dijo con una reverencia.
—Ana, por favor, te he dicho mil veces que no me llames así. Y por Dios, no hagas reverencias. ¿En qué siglo crees que estamos? —la recriminó Sonia con una sonrisa .
Parecía que todo estaba listo, así que se dirigió de nuevo hacia su despacho. De pronto frunció el ceño: Alicia se había dejado olvidado un trapo en mitad de la recepción.
Lo recogió con un suspiro. No pensaba decirle nada.
La muchacha era demasiado joven y estaba poco preparada para todas las tareas que debía desempeñar, pero tampoco es que hubiera muchas más opciones de contratación en Villaorusa.
Si la cosa iba bien, tal vez en un futuro podrían contratar personal más profesional. Si la cosa iba bien…
En su imaginación, la cosa siempre iba bien.
Los huéspedes escribirían buenas referencias en la web y el boca a boca haría paulatinamente el resto.
Pronto el hotel tendría tal demanda que podría permitirse el lujo de seleccionar a la clientela.
Gente amable y cuidadosa, que vendría todos los años a alejarse de su cotidianidad y pasar unos días de desconexión en ese enclave maravilloso.
Lamentablemente, para eso aún tendría que pasar algún tiempo. Los huéspedes que llegaban esa mañana, a excepción de una pareja de chicas que llamaron a última hora, se concretaban en una especie de convención de médicos que no llenaría ni la cuarta parte de las habitaciones disponibles.
Un tal Gonzalo Arias había sido quien había gestionado la reserva, y si bien no fue desagradable en su trato, percibió en él la soberbia de la que ella había huido desde que tuvo uso de razón. Soberbia que había estado anclada en su vida durante décadas.
Le molestó, además, que el señor Arias hubiera sido tan ruin con el precio del hospedaje; había peleado cada euro de la oferta en una negociación que resultó extenuante.
Sería el tipo de cliente que no aceptaría si la cosa iba bien.