Gonzalo
El móvil comenzó a sonar. Llamaba David Luengo, su segundo.
—Dime, chaval.
—Bien, era lo que esperábamos —lo interrumpió. No estaba de humor para aguantar a nadie poniéndose medallitas. Llevaba varias horas de conducción y estaba cansado—. Si hay algo nuevo, me llamas; si no, voy a estar bastante desconectado las próximas dos semanas. —No esperó respuesta de David. Colgó.
Necesitaba ese tiempo de descanso; cuando regresara, comenzaría la precampaña, y el desgaste físico y psicológico sería abrumador.
El viaje hasta el pueblucho donde habían quedado se le estaba haciendo cuesta arriba. No recordaba la última vez que había viajado de noche.
Su Cayenne estaba equipado con todas las comodidades del mercado —no le faltaba detalle—; sin embargo, él estaba agotado.
Conforme habían ido trascurriendo las horas, fue encontrando menos tráfico, pero las carreteras eran peores.
Avanzaba a través de poblaciones iluminadas con tristes farolas que más que alumbrar cegaban con sus aureolas.
Entró en un trance hipnótico acorde con el monótono sonido de las ruedas del Cayenne al rodar por el asfalto.
Una especie de atmósfera melancólica se adueñó de su humor.
La noche anterior no había conseguido pegar ojo. Cada dos o tres años, casi como un castigo, contactaba con esa gente. Debía controlarlos. La que más lo preocupaba era Silvia, que era la que menos tenía que perder. Hasta que no la viera y charlara con ella un rato, no se iba a poder relajar.
Le había costado mucho labrarse un futuro en la política y no iba a permitir que nadie diera al traste con sus planes.
Si su padre siguiera vivo, él habría entrado en ese mundo por la puerta grande, pero por ese entonces Gonzalo no había querido tener nada que ver con la política, a pesar de que lo había intentado coaccionar de todas las formas que se le ocurrieron para que siguiera sus pasos, infravaloró su resistencia.
Gonzalo lo había odiado a él y todo lo que tenía que ver con él y se negó en redondo, de modo que fue su padre quien tuvo que dar su brazo a torcer.
Este había expresado el deseo de que su hijo estudiara Derecho, y él había elegido la carrera de Medicina, no por vocación, sino por ver en su rostro esa contrariedad.
Si su padre insinuaba algo, todo el mundo obedecía. Todos, menos él.
El teléfono sonó de nuevo. Esta vez no reconoció el número. Era raro; lo llamaban a su móvil personal.
—Diga —ordenó.
—¿Doctor Arias? Soy Luisa Ginés, una paciente suya.
Su secretaria me ha pasado su número de teléfono.
—Tomó nota mental de despedir a Mariola en cuanto estuviera de vuelta—.
Lamento molestarlo, pero estoy asustada.
Tengo un dolor muy fuerte en el bajo vientre y todavía me quedan al menos tres semanas para el parto. No sé qué hacer. ¿Me voy a urgencias?
—No hace falta, Luisa, no se preocupe.
¡Ah, la ginecología!, su primera ocupación, que no inclinación. Bien se había reído su padre con la elección de residencia. «Te vas a hartar de ver coños», había dicho .
Recordaba cómo le habían rechinado los dientes en respuesta a su comentario. A él tampoco le había hecho ni puta gracia esa residencia, pero su puntuación no había sido suficiente para la psiquiatría, la residencia que él habría elegido.
Te vas a hartar de ver coños.
Te vas a hartar de ver coños.
Te vas a hartar de ver coños…
Esas palabras se habían organizado en forma de bolo no digerido y se atravesaban en su garganta en cada ocasión.
Te estarás hartando de ver coños.
No sabía qué dolía más, si la risa que sucedía a la maldita frase o el tono amargo que le confería.
Podía ver la satisfacción en su cara mientras sus palabras daban una y otra vez en el blanco.
Esa mirada gris se iluminaba vibrante ante el ademán apretado de sus gestos, y su rictus pétreo mutaba en una sonrisa maliciosa alumbrada por el brillo de baba que le surgía de la comisura de los labios.
Sin embargo, las cosas se pusieron en su lugar años después. El padre de Gonzalo averiguó tarde que su hijo lo había rebasado; no en lo económico, no fue necesario.
—Teeeee tarrrrás harttttttttttt ando ver cooooo ñosssss.
Su última frase inteligible. Esa fue la que escogió para dar por terminada su capacidad oral. La sonrisa le cayó del lado izquierdo de la boca hasta convertirse en una mueca de su posición política. La izquierda cayó. Un símil de su deseo vital.
Estaban solos.
El brazo izquierdo le colgó flácido de la mesa en la que estaba apoyado.
Gonzalo se levantó de la silla despacio y se acercó para decirle al oído :
—Tú no vas a ver ninguno más.
Murió allí mismo.
Mierda. Por culpa de la maldita llamada se acababa de pasar la salida de la autovía. La siguiente se encontraba a tres kilómetros, con sus tres respectivos de vuelta.
—El dolor se mitigará con una semana de reposo —dijo, rechinando los dientes—. Es normal. Ahora bien, intente levantarse de la cama lo menos posible los próximos siete días. Esto es muy importante.
El reposo no era necesario, eran simples contracciones que el feto provocaba al colocarse en el cuello uterino, pero la llamada le había costado seis kilómetros más de conducción.
—Muchísimas gracias, doctor —respondió su paciente, aliviada.
—Nada, no se preocupe. Usted dedíquese a descansar esos siete días; ya verá cómo se le pasan en nada. —Sonrió con sarcasmo.