La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Raquel
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Raquel

—No entiendo por qué. Tú podrías ir sola sin ningún problema.

¿Qué?

Lanzó al suelo el caro recipiente, y esto originó un resbaladizo estropicio que luego Carmen tendría que limpiar. No le importó lo más mínimo. Quería dejar clara su postura. Jorge no tenía alternativa.

—No voy a ir sola. Todos irán con sus parejas y, además, me lo debes —dijo, estrechando los ojos—.

No recuerdo haberte puesto ningún impedimento cuando decidiste irte con tus amigos a Tailandia durante dos semanas.

A Tailandia. A saber qué hicisteis allí…

—añadió con desprecio mientras un estremecimiento de repulsión atravesaba su cuerpo.

Al oír esas palabras, Jorge se tensó como un alambre. No sabía qué había pasado en su viaje a Tailandia, pero desde luego algo le remordía la conciencia a su marido. Su mirada se desvió al suelo. A Raquel le repugnaba solo con imaginar; sin embargo, no iba a desaprovechar esa oportunidad.

—De acuerdo, pero dime otra vez a dónde iremos —cedió por fin.

Raquel tomó aire y decidió transformar su expresión enfurruñada en esa encantadora que mostraba siempre que tenía público. Al fin y al cabo, lo había conseguido.

—Vamos a pasar dos semanas increíbles en un hotel arrebatador en un sitio único.

Jorge elevó sus ojos al techo.

—Con esos datos tan explícitos, me lo has aclarado del todo. ¿Quién ha sido el iluminado que ha organizado la reunión?

—Ha sido Gonzalo; ya sabes cómo es. Pero la elección del lugar ha sido cosa de Tomás.

—Recuérdame quién es Tomás —dijo Jorge en un tono hastiado.

—Tomás es el marido de Jose.

—Ah, sí. Los maricas.

Ella le asestó una mirada furibunda.

—Por favor, Jorge, abstente de hacer ese tipo de comentarios.

—Y volvió la cara hacia el espejo, que le devolvió el rostro de una mujer hermosa, aunque madura.

«Debería ponerme bótox en la frente de nuevo.

Ah, y también hialurónico en labios y pómulos.

Tendría que pedir la cita ya; necesito estar lista y deshinchada para el viaje»—.

Son gais, sí, pero eso a ti debería darte igual. Lo importante es que son encantadores.

«Y guapísimos», pensó, «no como tú». Donde en otra época había habitado un magnífico rubio de ojos azules con un cuerpo escultural, ahora moraba un calvo tripón que le daba repelús. ¿Y esos comentarios retrógrados?, ¿a quién quería engañar? Sobrecompensaba, ¡qué triste! Y ella a su lado, perenne.

Ella, una mujer feminista y liberal y médico por titulación —aunque nunca llegó a ejercer—. En fin, lo soportaba porque no le quedaba más remedio.

—Imagino que también acudirá el bocazas de Fernando con la anoréxica de su mujer.

—Sí, claro, por supuesto —respondió Raquel, pensativa. Verónica, tan delgada y siempre con esa pose tiesa y rígida, materializaba la expresión de «llevar un palo en el culo». A ella también le daba grima esa delgadez tipo Auschwitz.

—Claro, y ¡oh, no, oh, no! También irá la palurda de Silvia .

—Sí —confirmó dubitativa. Hasta a ella le cargaba un poco Silvia. Siempre hablando, siempre quejándose de todo—. Tú ignórala como hacemos el resto. Vas a ver; lo pasaremos de maravilla —zanjó jovial.

Cepilló su melena, negra y brillante, sin una sola cana a la vista todavía, y sonrió a su reflejo. Por supuesto, no comentó sus ulteriores intenciones respecto al viaje.