La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Silvia
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La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2)

La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2)

Por Queta Bermejo

© inepub.com

Silvia

El choque térmico aumentó la sensación de opresión. Casi podía sentir cómo la quemazón abrasadora robaba la humedad de su cuerpo y la extraía de todos los poros de su epidermis. El sofoco, que intentaba disipar sin demasiado éxito, la hizo boquear y aceleró su ritmo cardíaco.

A través de la distorsión visual producida por el calor del sol en el asfalto, observó cómo los coches del aparcamiento exterior del supermercado se ondulaban a su paso; olas de colores brillantes que fluctuaban al son de unas notas imaginarias.

Pese al bochorno, un sudor frío le recorrió la frente, y su marcha renqueante hacia el vehículo se convirtió en una pesadilla inabarcable.

Se acercaba a paso lento cargada con las bolsas de la compra, resbaladizas por el sudor de las manos. Estaba cansada, mareada, harta de todo.

El sonido del móvil la distrajo un momento de sus lamentaciones, pero no lo suficiente como para apartarla de sus pesimistas pensamientos.

Buscó las llaves del coche en el bolso… «¿Dónde narices estarán?

». A la desesperada, procedió a utilizar los dientes como agarre de una de las bolsas, liberando así, de forma parcial, su mano izquierda.

Tanteó con las yemas de los dedos; las notó, las acarició, pero se le volvieron a escapar.

Exasperada, optó por abandonar las bolsas en el suelo.

En otros tiempos se había considerado una persona plena: marido, hijos, trabajo, una casa grande con piscina…

, la tarta completa, pero desde hacía cinco años todo ha bía sido un desastre, ¿y de quién era la culpa?

Suya no, de eso estaba segura. Había sido la compañera, la esposa, el paño de lágrimas perfecto durante catorce años, y de pronto él decidió que necesitaba cambiar su vida, que no era feliz.

«¿Cómo iba a ser feliz con una mujer estresada sin tiempo para la peluquería y en plena perimenopausia?».

Meses después lo entendió todo. ¿Cómo iba a ser feliz con su mujer si se estaba tirando a la secretaria?

Cómo odiaba a los hombres. Bueno, no. Odiaba a los hombres infieles.

A los que no eran capaces de echarle huevos y decirle a su pareja: «Me estoy fijando en otras personas y prefiero que acabemos nuestra relación siendo honestos».

Pero claro, muy pocos hombres le echaban huevos.

¿Y cómo se enteró ella? Después de hartarse de llorar hasta quedarse sin lágrimas, culparse por todo, y sentir el dolor de una soledad exanguinante en esa maldita casa de quinientos metros cuadrados en la que hasta los pasos hacían eco, la llamó por error el recepcionista de un hotel para confirmar los nombres de las personas de la reserva del siguiente fin de semana.

«Vaya por Dios. Una de ellas su secretaria».

Por fin consiguió rescatar las malditas llaves; abrió el coche, volcó las bolsas en el maletero y volvió a su bolso para coger un cigarrillo, que encendió despacio.

Más relajada, rebuscó de nuevo, esta vez para alcanzar su móvil.

No tenía ninguna llamada perdida, pero sí dos mensajes.

Al entrar en la aplicación, comprobó que la persona que los había enviado no era un contacto de la agenda.

Con una nueva calada al cigarrillo, y cierta curiosidad, abrió el chat. El primer mensaje, de texto, tenía el propósito de presentar al remitente; el segundo, de audio, proporcionaba la información.

«No me lo puedo creer. Es Gonzalo. ¡Gonzalo Arias!» .

Ávida, pulsó en el mensaje de audio y reconoció la voz de Gonzalo, su amor —no correspondido— de su etapa universitaria.

—¡Silvia, por fin he conseguido tu nuevo número!

¿Cuánto ha pasado? ¿Tres años desde la última vez que nos vimos?

—decía con su vibrante voz de tenor—. Me pongo en contacto contigo para comentarte que algunos del grupo hemos decidido reunirnos y pasar un par de semanas en agosto por el norte de España.

¿Qué te parece? ¿Te apuntarías? Si es así, dame un toque a este número y comentamos los detalles.

Tomás, el marido de Jose, está buscando el alojamiento.

Anímate, mujer. Las parejas y las familias están incluidas, así no hay historias de si no puedo porque los niños…

, o no puedo porque mi marido… Vas a ver qué bien lo pasamos. ¡Como cuando teníamos veinte años!…

El tono inicial de Gonzalo, alegre y desenfadado, se había transformado en dubitativo al articular su última frase.

«Como cuando teníamos veinte años», había dicho.

Un escalofrío le recorrió la espalda.