La casa de las mil ventanas (Cristina Peterson 2) Cris
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Cris

Tras dar vueltas y más vueltas en una cama que no quería acogerme, y después de trastabillar con un Morfeo molesto por los gritos de unos pensamientos que no se acallaban, miré la hora en mi móvil; su brillo al cien por cien terminó de espabilarme.

Las dos de la madrugada. Exasperada, ya no tanto por mis cavilaciones maliciosas como por la indisposición al sueño, me levanté, me vestí y salí a tomar el fresco.

Y fresco hacía.

Un viento furioso, que cumplía con el encargo de arrastrar masas de aire a kilómetros de distancia, y proponer un tiempo atmosférico desigual para el día siguiente, rugía a rachas, obligando a la genuflexión de los setos y a un balanceo imposible a las rígidas ramas de los árboles.

Me senté en mi banco preferido, amparada del viento por las paredes del propio hotel.

Saqué un cigarro y lo encendí tras varias intentonas. Desde mi ubicación, observé el movimiento de las acículas de los pinos agitadas por el ventarrón, semejante a la marea que quedaba a mis espaldas.

Había repasado una y mil veces las conversaciones que había mantenido con Rosa esas últimas semanas. Si ella no lo sabía de seguro, sospechaba lo que yo sentía por Miñana.

Por eso no quiso contarme que había ido hasta allí siguiéndolo, y por eso no me había comentado que se había separado hasta que se lo pregunté. De hecho, no se lo había llegado a preguntar, sino que ella lo había intuido y había respondido sin que yo hubiera llegado a formular la pregunta .

Sí, sabía lo que yo sentía por Miñana.

Una punzada doliente me sobrecogió. Traición.

No tuve tiempo de seguir hundiéndome en mis más profundas miserias porque la puerta del hotel se abrió y vi salir a Sonia.

Miró a ambos lados, y su rostro, iluminado por las farolas de la entrada, trazó unas sombras agitadas de temor.

Al reparar en mí, su mirada se convirtió en pánico, pero luego me sonrió. Dejó la bolsa que llevaba apoyada en la cristalera de la entrada y se acercó.

—Hola, Cristina, no la hacía aquí a estas horas.

—No podía dormir.

Se sentó a mi lado, pero miró al frente.

—¿Es por la investigación? ¿Le está quitando el sueño? ¿O es algo personal?, si me permite la pregunta.

Me avergoncé un poco. Las investigaciones pocas veces me quitaban el sueño, aunque lo cierto era que tal vez deberían, porque no había avanzado nada tampoco en ese aspecto.

Todas mis esperanzas habían estado puestas en que Juan fuera el asesino de Fernando y, consciente como era de que Juan no lo había matado, estaba completamente en blanco.

—Es personal —respondí.

Asintió.

—¿Mal de amores? —preguntó con una sonrisa.

«Esta mujer es muy lista», pensé.

—Me he llevado una decepción, pero no es nada, ya se me pasará.

—Oh, el amor. Qué complicado es. Si amas y no te aman, si te aman y tú no amas…

Difícil encontrar el equilibrio. Sí, difícil.

—Acarició el anillo que colgaba de su cuello—.

Yo viví un amor maravilloso hasta que dejó de serlo, y entonces se desató el infierno.

El dolor puede arrancarte la carne a trocitos.

Por eso dicen que se puede morir de amor.

No, no. No era para tanto, por Dios. Reí.

—Lo mío no es comparable .

Asintió de nuevo. Permanecimos calladas las dos un buen rato.

—Los años que pasaron tras perder a mi marido fueron los más duros, pero después llegó la aceptación, que no la resignación. Nunca me he resignado. Sigo peleando.

Sus palabras, en cierto modo misteriosas, pusieron el punto final a nuestra velada.

Nos levantamos ambas y nos dirigimos de vuelta al hotel.

Sonia recogió de la entrada la bolsa que había abandonado minutos antes: una bolsa llena de lo que parecían ser más tarros de crema solar. ¿Qué hacía esta mujer con tantos frascos?

¿Y si…? No, era demasiado rocambolesco. No podía ser. Pero ¿y si…?

Mis pensamientos se desviaron de nuevo: al levantarse, la mano derecha de Sonia se dirigió a su zona lumbar.

El mismo gesto que había visto en cientos de mujeres. Mujeres embarazadas.