25.CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DE LA CASA #2
Y esa frase contenía más verdad que cualquiera que Articus hubiera oído en su vida.
La tercera vez que despertó fue producto de unas palmadas en el hombro.
Palmadas vigorosas. Entusiastas. Del tipo que una persona razonable no aplicaría a un convaleciente con quemaduras en las extremidades y corrupción en las venas, pero que la anciana consideraba terapia perfectamente válida.
—Estos jóvenes —decía, entre palmada y palmada—, todo el día tumbados. ¡Hay que arreglar la casa! ¡Y tú necesitas moverte! ¡Se te ve apolillado!
—Señora —gimió Articus—, llevo cinco días inconsciente…
—¡Pues son cinco días de retraso! ¡Arriba! ¡Venga!
La anciana lo sacó de la cama con la eficiencia de un sargento instructor y la ternura de un terremoto.
Le puso una infusión caliente en las manos, le obligó a caminar por la habitación tres veces —«¡Las piernas no se van a curar solas si no las usas, muchacho!
»— y le preparó un desayuno que consistía en estofado de setas recalentado porque «las setas curan todo y si no curan todo al menos alimentan y si no alimentan al menos llenan».
Articus comió.
Y mientras comía, mientras las piernas protestaban y los brazos le dolían y las vendas le picaban, mientras la anciana refunfuñaba en la cocina y Misteria le robaba trozos de estofado del plato con la velocidad de una mangosta cleptómana, algo se asentó en su pecho.
Estaba en casa.
No en la casa de sus padres. No en su piso compartido con Helen en el otro mundo.
Estaba en esta casa. La casa señorial. La casa de las hojas muertas.
La casa que lo había acogido cuando no era más que un contable perdido con tres libros robados y una curiosidad que casi lo mata.
La casa que, de alguna forma que no entendía pero que sentía con la certeza de los huesos, lo había estado esperando.
Estoy en casa , pensó.
Y el pensamiento no le dio miedo.
Los días pasaron.
Helen y Vesper le pusieron al día con la meticulosidad de un informe militar y la emoción de una narración de taberna.
Helen describió la pelea con el Ojosverde con gestos que abarcaban toda la habitación y efectos de sonido que hicieron que Misteria se tapara los oídos.
Vesper relató su batalla mental contra el espectro con el tono de quien describe un experimento particularmente fascinante, omitiendo cualquier referencia al terror, al dolor o al hecho de que había estado a punto de perder su mente para siempre.
La anciana aportó comentarios puntuales desde la cocina que consistían mayoritariamente en «bah» y «menudo desastre».
Articus fue recuperando fuerzas.
No rápido. No del todo. Las quemaduras de las piernas sanaron con la ayuda de los ungüentos de la anciana —ungüentos que olían a algo entre medicinal y culinario, como si la anciana usara la misma receta para curar heridas y preparar sopa, lo cual no era descartable.
Las venas negras de los brazos retrocedieron hasta volverse líneas finas, oscuras, que recorrían su piel como ríos secos en un mapa.
No desaparecieron. Vesper dijo que probablemente no desaparecerían nunca .
—Son cicatrices —explicó—. No del cuerpo. Del alma. Has …interactuado…con algo que muy pocos han podido y has sobrevivido. Pero nada de esa magnitud es gratis.
Articus miró las líneas oscuras en sus antebrazos. Las trazó con el dedo. Eran como los trazos de los glifos que había usado. Como si su propio cuerpo hubiera grabado el recuerdo de lo que había hecho.
—Puedo vivir con eso —dijo.
Al poco, ya estaba volviendo a su rutina.
Y la rutina, descubrió, era lo más reconfortante que existía.
Más que la comida. Más que el sueño. Más que cualquier discurso inspirador.
La rutina de levantarse, desayunar el brebaje imposible de la anciana, estudiar los libros, practicar glifos en el jardín, comer lo que Misteria hubiera recolectado, estudiar más, cenar, hablar junto al fuego, dormir. Repetir. Repetir. Repetir.
La casa se fue reparando. Entre todos, fueron tapando las ventanas rotas, reponiendo los tablones arrancados, limpiando los escombros de la batalla.
Helen se encargó de la carpintería con la eficiencia de alguien que ha descubierto que los clavos son una extensión natural de su personalidad.
La anciana restauró los glifos de protección con una paciencia que contrastaba con su impaciencia para todo lo demás.
Vesper supervisaba, que era su forma de ayudar y pensaba, siempre pensaba.
Misteria ayudaba desapareciendo en el bosque y volviendo con cosas.
Nadie preguntaba qué cosas ni de dónde las sacaba. Era mejor así.
Una tarde, Articus encontró a Vesper en el salón.
El anciano estaba sentado en el sofá, con las piernas extendidas y la mirada perdida en un punto del techo que solo él podía ver.
Tenía esa expresión ausente que Articus había aprendido a reconocer: la expresión de un hombre cuya mente estaba en siete sitios a la vez y ninguno de ellos era la habitación donde se encontraba su cuerpo.
—¡Vesper! —dijo Articus, entrando con una energía que habría sido excesiva incluso para alguien que no acababa de pasar cinco días en coma—.
Justo quería enseñarle esto. He diseñado una configuración de glifos que…
bueno, básicamente mejora la eficiencia de la canalización de energía.
Un diseño bastante sencillo. Diría que es obvio.
Le mostró un papel cubierto de diagramas, ecuaciones y anotaciones al margen que habrían dado dolor de cabeza a cualquier persona normal y éxtasis a cualquier matemático.
Vesper lo miró. Miró el papel. Miró a Articus. Escuchó la explicación con atención, asintiendo en los momentos correctos, pero sus ojos tenían ese brillo que contenía algo más que interés académico.
—Es obvio para ti —dijo Vesper, cuando Articus terminó.
No lo dijo con condescendencia. Lo dijo como quien constata un hecho que lleva días procesando.
—Hace siglos que nadie idea nada nuevo. Nuestra ciencia de glifos no ha variado en más de ochocientos años. Pero tú, de algún modo, ves la lógica de algo que hasta para un maestro sería ajeno.
Articus se sonrojó.
—No, no… si me permite explicárselo, hasta usted podría entenderlo.
—Sí, imagino que podría entenderlo —concedió Vesper—. Pero yo jamás sería capaz de encontrar una nueva función para estos glifos. Tú miras los símbolos y ves posibilidades donde nosotros vemos tradición. Es un don, muchacho. No lo subestimes.
Articus abrió la boca para protestar, porque Articus siempre protestaba cuando alguien le hacía un cumplido, del mismo modo en que un gato siempre se cae de pie: por instinto.
Vesper levantó la mano.
—No te he llamado para discutir esto. Hay cosas más importantes. Cosas sobre las que tenemos que actuar con rapidez .
El tono cambió. El Vesper académico se retiró y en su lugar apareció el Vesper que había contenido espectros con la mente, que había desafiado a una oscuridad que quería devorarlo, que había sobrevivido a cosas que no debería haber sobrevivido y que seguía de pie porque el mundo necesitaba que estuviera de pie.
—Aquel mal contra el que luchamos hace días en esta casa —dijo—, ese mal sigue ahí. Se está recuperando. Está evolucionando. Volverá más fuerte, más peligroso. Debemos prepararnos.
Articus asintió. Lo sabía. Lo sentía. Las venas oscuras de sus brazos se lo recordaban cada vez que las miraba.
—Mañana —continuó Vesper—, partiré hacia la Academia.
Los ojos de Articus se iluminaron. La Academia. Vesper le había hablado de ella: un lugar de estudio, de conocimiento, de libros y de glifos. Un lugar donde las respuestas que buscaba podrían estar esperándole.
—Tú te quedas aquí —dijo Vesper.
Las cuatro palabras cayeron sobre Articus como un balde de agua fría. Su cara fue un poema. Un poema triste.
—Me llevo a la chica —continuó Vesper—. Y a la niña.
—¿A Helen? —la voz de Articus sonó más aguda de lo que habría querido.
—Esa espada que maneja tiene poder, pero la maneja como si fuera una cachiporra. Necesita instrucción.
—¿Y a Misteria? —preguntó Articus—. ¿Ha convencido a Misteria para que vaya con usted?
—La he convencido —dijo Vesper.
Hizo una pausa.
—Digamos que he negociado con mis reservas de galletas —añadió, con un suspiro que contenía la derrota de un hombre que ha tenido que sobornar a una niña de ocho años para convencerla de viajar con él—. Adicionalmente creo que aceptó mi excusa de tener que proteger a Helen.
Articus observó a Vesper con la cabeza ladeada.
—Sigo siendo su favorito, con el debido respeto —dijo, y no pudo evitar una sonrisa.
Vesper resopló. Pero no lo negó.
—Tú te quedas aquí —repitió—. Estudia la casa. Estudia los glifos. Aprende todo lo que puedas.
Se levantó del sofá. Señaló un montón de papeles sobre la mesa del salón. Hojas densas, cubiertas de una caligrafía apretada y elegante que Articus reconoció como la de Vesper.
—He volcado aquí mucho conocimiento antiguo. Estúdialo. Interiorízalo. Cada página contiene más de lo que parece.
Articus se acercó a la mesa. Tocó los papeles con la reverencia de un arqueólogo ante un hallazgo. La densidad intelectual de cada hoja era palpable: cada una contenía ideas, teorías, conexiones que un estudioso normal tardaría meses en desentrañar.
Para Articus, eran semanas de felicidad pura.
Vesper se irguió. Y con un gesto solemne —el gesto de alguien que confiere un título que no se otorga a la ligera, que no se ha otorgado en mucho tiempo, que quizás no se otorgará nunca más— dijo:
—Ahora eres el guardián de la casa, joven.
El gesto abarcó toda la estancia. Las paredes. Las vigas. Las ventanas reparadas. Los glifos restaurados. El hogar encendido. Todo.
—Aprendiz de Estellaris —añadió, con una sonrisa—. Y, aparentemente, caballero de la oveja.
Articus cogió las hojas.
Las apretó contra su pecho. Como había apretado los primeros libros que encontró en esta casa, hacía una vida, cuando no era más que un contable asustado en un lugar imposible.
Y no pudo quitar la sonrisa que se le había instalado en la cara como un inquilino que no piensa irse.