La Casa de las Hojas Muertas 25.CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DE LA CASA #3
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25.CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DE LA CASA #3

A la mañana siguiente, Articus se despidió del grupo.

Lo hizo en la puerta de la casa, bajo un cielo gris que amenazaba lluvia pero que, por respeto al momento, se estaba conteniendo.

Helen llevaba la capa negra con el ribete morado, la espada al cinto, los guantes oscuros y una mochila que la anciana había llenado con provisiones suficientes para un ejército pequeño.

Vesper llevaba su túnica azul, el cayado y la dignidad de costumbre.

Misteria llevaba su manta, sus esferas de cristal y una reserva de empanadillas de procedencia incierta.

La anciana se quedaba. Alguien tenía que mantener la casa en orden y asegurarse de que Articus comiera algo que no fuera café y galletas.

Vesper se acercó primero.

Le puso la mano sobre el hombro. La dejó ahí unos segundos. El peso de esa mano contenía más de lo que las palabras podían expresar: confianza, respeto, algo parecido al orgullo que un maestro siente por un alumno que ha superado lo que se esperaba de él.

—Sé mejor —dijo.

Dos palabras. Más que suficientes.

Articus asintió.

Helen fue siguiente.

Lo abrazó. Un minuto entero. Sin hablar. Sin moverse. Solo el abrazo, los brazos de ella rodeándolo, el olor a humo y a hierbas y a Helen, el latido de su corazón contra el de él, dos ritmos que no estaban sincronizados pero que de alguna forma encajaban.

Cuando se separó, tenía los ojos brillantes. Se los limpió con el dorso de la mano con un gesto brusco, como quien espanta un insecto molesto .

Levantó la espada.

—Voy a convertirme en una guerrera de verdad —dijo, y el aire empezó a llenarle los pulmones de forma peligrosa. Los mofletes se hincharon. Los ojos brillaron—. ¡Jo jo jo!

Articus rio. Y la risa le dolió en las costillas y no le importó nada.

Misteria fue la última.

Se pegó a su pierna durante diez minutos.

Articus los contó. Diez minutos en los que la niña se aferró a su pantorrilla con la fuerza de una enredadera que ha encontrado su árbol y se niega a soltarlo, con la cara enterrada en la tela de su pantalón y los ojos cerrados y una quietud que, viniendo de Misteria, era la declaración de afecto más elocuente que podía hacer.

Luego le mordió la pierna.

Fuerte.

Articus soltó un grito que espantó a los pájaros del jardín.

Misteria lo miró con sus ojos negros. Y en esos ojos, debajo de la indiferencia habitual, debajo de la fachada de criatura indescifrable, Articus vio algo que se parecía mucho a un no te lo creas tanto, señor .

Se limpió las lágrimas —las del mordisco, las otras se las guardó— y observó cómo el grupo se giraba y se preparaba para emprender el camino.

Helen se detuvo. Se volvió.

—Ah, se me olvidaba. He hecho esto para ti.

Le entregó un papel doblado.

Articus lo extendió.

Era un mapa.

Un mapa dibujado a mano, con la precisión de una artista y el cariño de alguien que ha dedicado horas a algo que quiere que sea perfecto. Trazos a tinta sobre papel grueso. Cada línea deliberada. Cada detalle pensado.

Estaba todo .

La casa señorial en el centro, dibujada con el detalle de un plano arquitectónico en miniatura: las tres plantas, la verja de hierro, el jardín, el cementerio al costado.

La cripta bajo el mausoleo. El bosque, representado con árboles cuyo tamaño titánico Helen había capturado con sombras estratégicas que hacían que parecieran tocar el cielo.

El río donde Articus había escapado de los espectros.

La torre donde Helen y Misteria se habían refugiado.

El sendero de las setas. La casita de la anciana entre los árboles.

La catedral aberrante, dibujada con esa inquietud de ángulos imposibles que la hacía perturbadora incluso en papel.

El lago. El pueblecito de Articus, con sus casas de piedra y sus huertos.

Y al borde del mapa, en una dirección que Articus no había explorado, una indicación con letra de Helen: «La Academia — dirección según Vesper».

El bosque inmenso estaba todo cartografiado. Cada rincón que habían visitado. Cada lugar que significaba algo. Cada punto donde les había ocurrido algo hermoso o terrible o ambas cosas a la vez.

En la esquina inferior derecha, Helen había dibujado una rosa de los vientos. Y en lugar del norte, la flecha apuntaba hacia una pequeña oveja.

Articus apretó el mapa contra su pecho.

Helen le guiñó un ojo. Luego se giró, corrió para alcanzar a sus compañeros y emprendieron el camino. Vesper con su cayado. Helen con su espada y su capa. Misteria entre los dos, con la manta bajo el brazo y una empanadilla en la mano.

Articus los vio partir.

Los vio cruzar la verja, bajar el sendero, adentrarse entre los primeros árboles del bosque.

Vio cómo Helen se giraba una vez más y levantaba la mano.

Vio cómo Misteria se giraba también, le sacaba la lengua y se agarraba a la mano de Helen.

Vio cómo Vesper no se giraba, porque Vesper ya se había despedido y las despedidas de Vesper no admitían repeticiones .

Los vio desaparecer entre los árboles.

Articus se quedó un momento en la puerta.

El jardín estaba callado. El viento movía las últimas hojas de los árboles más cercanos a la verja con un susurro que sonaba a despedida y a promesa al mismo tiempo.

Se giró.

Entró en la casa.

Cerró la puerta con cuidado.

Observó la casa. Las paredes reparadas. Las ventanas recompuestas y otra vez cerradas al viento.

Los glifos restaurados que zumbaban suavemente, casi imperceptiblemente, como cuerdas de un instrumento afinado.

El recibidor donde había luchado contra la oscuridad.

La escalera donde Helen había resistido.

El pasillo donde la anciana había detenido a un espectro con la mirada.

La casa se le antojaba demasiado silenciosa.

—¿Vas a pasarte todo el día ahí parado como un pasmarote o lo que sea que hagáis los jóvenes? —gruñó una voz desde el salón.

La anciana estaba limpiando las estanterías con un trapo y una expresión de guerra declarada contra el polvo.

—¡Ale, ale! ¡Vete a estudiar! ¡Que esos libros no se van a leer solos! ¡Y no me estorbes!

Articus sonrió.

—A sus órdenes, madam —dijo, bajando la sonrisa apenas una octava.

Fue a la cocina.

Se preparó una generosa taza de café.

Café de verdad. Había realizado algunos viajes finales a su mundo en los días previos —para arreglar su ausencia y la de Helen, para dejar una explicación plausible, para conseguir provisiones— y entre las cosas que había traído estaba el café.

Café auténtico. Café terrestre. El tipo de café que ninguna infusión de hierbas de ningún mundo podría sustituir, porque algunas cosas son sagradas y el café es una de ellas.

El aroma llenó la cocina como una bendición.

Luego, con la taza humeante en la mano y el calor reconfortante en los dedos —y las venas oscuras de sus antebrazos visibles bajo las mangas enrolladas, como un recordatorio de lo que había hecho y lo que le había costado—, se sentó junto a la mesa de la cocina.

Los libros estaban ahí. Los que había traído de la casa. Los papeles de Vesper. Un tesoro de conocimiento que habría llevado varias vidas humanas recorrer y que Articus pretendía recorrer en meses, porque Articus era así y porque había prometido estar preparado.

Desplegó los papeles de Vesper. Cada hoja era un epítome del conocimiento: cada una tenía la densidad intelectual de un bloque de acero, cada frase contenía más información de la que parecía, cada margen incluía anotaciones crípticas que eran puertas a territorios que Articus no había explorado.

Sacó una libreta. Mojó la plumilla en el tintero.

Y escribió:

Objetivos para este año:

Estudiar los libros.

Lo tachó. Demasiado vago.

Salvar a la gente de este mundo.

Lo tachó también. Demasiado grandilocuente.

Salvar a las entidades semipoderosas de este mundo. Desvelar los secretos de la casa. Dominar los secretos de los glifos. Visitar a la entidad del templo. Visitar a la gente del pueblo.

Hizo una pausa. Mojó de nuevo la plumilla.

Abrazar a Helen y a Misteria cuando vuelvan.

Y al final, en letra pequeña, añadió:

Encontrar a la chica de mis sueños.

Lo subrayó.

Luego, debajo, anotó una serie de preguntas :

¿Quién puede cruzar el umbral? ¿Helen puede? ¿O solo me reconoce a mí? ¿Puedo yo, o es la casa quien me lo ha permitido? ¿Cuántos años tiene Vesper? ¿Por qué me aterroriza el ático? ¿Qué más hay bajo la casa? ¿El lago? ¿Los espectros? ¿Por qué?

Las preguntas siguieron rellenando las líneas. Una tras otra. Desbordando la página, trepando por los márgenes, exigiendo espacio como plantas que crecen hacia la luz. Había tanto, tanto por hacer. Tanto por descubrir. Tanto por entender.

Y tan poco tiempo.

Articus se recostó en la silla. Lanzó una mirada por la ventana.

Fuera, el aire estaba quieto.

Pero las hojas de los árboles habían empezado a caer.

Los tonos bronce y ámbar y caramelo que había visto en el prado de su sueño estaban aquí también, en el mundo real, bajando en espirales lentas desde las copas de los árboles titánicos.

Era otoño también allí. En aquel mundo, como en el suyo, las estaciones giraban con su propia lógica, su propia cadencia, su propia promesa de que lo que se marchita volverá a brotar.

Agarró más fuerte la taza de café.

Dejó que el calor le recorriera los dedos, las palmas donde aún se veían las marcas de los glifos, los antebrazos donde las venas oscuras dibujaban mapas de un precio que había pagado con gusto.

Búscame , le había dicho la chica del prado.

Sé mejor , le había dicho Vesper.

No vuelvas a irte , le había dicho Helen.

Articus bebió un sorbo de café. Cerró los ojos. Lo saboreó.

Luego los abrió.

Cogió la plumilla.

Y empezó a trabajar.

Fin del Capítulo 25

Fin de la primera parte de La Casa de las Hojas Muertas

«Siempre hay esperanza. Siempre.» — Lirien Stormweave r