25.CAPÍTULO 25 EL GUARDIÁN DE LA CASA
Capítulo XXV
Articus se encontraba tumbado en un prado.
Un prado de hojas otoñales —bronce, caramelo, ámbar, todos los tonos que el otoño usa cuando quiere recordarte que la belleza y la muerte son primas hermanas— que se extendía hasta donde alcanzaba la vista bajo un cielo imposiblemente azul.
El sol brillaba con una calidez que Articus no sentía desde hacía meses.
Años, quizás. O quizás nunca, porque esta calidez era diferente: no calentaba la piel sino algo más profundo, algo que estaba dentro del pecho y que llevaba demasiado tiempo frío.
¿Dónde estoy?
Intentó incorporarse. Y lo hizo. Sin esfuerzo.
Sin el tirón de los músculos doloridos, sin la mordedura de las quemaduras, sin el peso de las venas negras que le trepaban por los brazos.
Se levantó con la facilidad con que uno se levanta en los sueños, que es exactamente la facilidad con que uno no se levanta nunca en la vida real, lo cual debería haberle dado una pista.
Una cabeza asomó entre Articus y el cielo.
Una cabeza femenina. Cabello rubio, largo, cayendo como una cortina dorada que enmarcaba un rostro joven y luminoso. Y una sonrisa. Una sonrisa que era como una puerta abierta a una habitación llena de sol: irresistible, cálida y ligeramente aterradora por lo que podría haber detrás.
—Hola —dijo Articus.
Las palabras le salieron blandas, torpes, como si su boca estuviera ocupada con algo que no debería estar ahí. Lo cual, en retrospectiva, tenía una explicación perfectamente lógica que implicaba a Misteria y a uno de sus pies, pero Articus no lo sabía todavía.
—¡Hola! —dijo la chica, y su voz contenía la alegría de alguien que lleva mucho tiempo esperando a que le digan hola.
Articus se incorporó del todo. La sensación era extraña. Ligera. Como si alguien hubiera retirado la gravedad y la hubiera sustituido por una sugerencia amable.
La chica vestía una túnica blanca llena de volantes e intrincados diseños bordados que se movían —que se movían , los diseños se desplazaban por la tela como peces en un estanque— y lo miraba con esos ojos que contenían una familiaridad que Articus no podía ubicar.
Como si la conociera. Como si la hubiera conocido siempre.
Como si su rostro fuera una respuesta a una pregunta que aún no había formulado.
—¿Quién eres? —preguntó.
La chica ladeó la cabeza. La sonrisa se ensanchó.
—Soy yo —dijo.
Como si eso lo explicara todo. Como si «yo» fuera una identidad tan obvia que preguntar por ella fuera como preguntarle al sol por qué brilla.
El prado tembló.
No fue un terremoto. Fue un estremecimiento, como el escalofrío de un durmiente que está a punto de despertar. Las hojas otoñales se agitaron. Los colores se difuminaron en los bordes, como una acuarela que empieza a disolverse.
La chica lo miró con urgencia. La alegría seguía ahí, pero debajo asomó algo más: una necesidad. Una súplica que intentaba no serlo.
—Tenemos poco tiempo —dijo—. Búscame, Articus.
Otro temblor. Más fuerte. El cielo azul se agrietó como porcelana y a través de las grietas se filtró una luz gris que era la luz del mundo real, la luz de una mañana nublada en una casa señorial en un mundo en decadencia.
—¿Dónde te encuentro? —preguntó Articus, y la desesperación de su voz lo sorprendió. No quería irse. No quería dejar aquel prado, aquella calidez, aquella chica que sonreía como si él fuera la mejor noticia que había recibido en siglos.
La chica señaló hacia arriba.
Articus siguió su gesto. A lo lejos, por encima del horizonte del prado, por encima de las copas de unos árboles que no estaban ahí un segundo antes, una silueta se recortaba contra el cielo. Una estructura. Lejana. Imponente.
—Búscame —repitió.
El mundo tembló por tercera vez.
El prado desapareció.
Y fue sustituido por el techo de un dormitorio.
Vigas de madera oscura. Grietas en el yeso que formaban un mapa de ríos que no existían. Una telaraña en la esquina cuya inquilina llevaba semanas observando a Articus dormir con la paciencia de quien tiene todo el tiempo del mundo.
—¿Qué…? —dijo Articus.
Su voz sonó como si alguien hubiera pasado papel de lija por sus cuerdas vocales.
—Muchacho.
La voz venía de los pies de la cama. Articus enfocó la vista —lo cual requirió un esfuerzo que le recordó al proceso de ajustar un catalejo empañado, corrigiendo milímetro a milímetro hasta que el borrón deja de ser niebla y recupera forma.
Vesper estaba sentado en una silla junto a la ventana, con las piernas cruzadas, el cayado apoyado contra el respaldo y una taza de infusión en la mano. Tenía la postura de alguien que lleva horas ahí. Posiblemente días.
—Creíamos que no despertarías —dijo el anciano, y había un alivio en su voz que intentaba pasar por observación casual y no lo conseguía—. Cinco días, muchacho. Cinco días llevas en esa cama.
Cinco días.
Articus parpadeó. Intentó procesar la información. Cinco días. Había estado cinco días inconsciente. Cinco días en los que… ¿qué? ¿El prado? ¿La chica? ¿Había sido un sueño? ¿Había sido algo más?
Búscame.
La voz resonó en su memoria con la claridad de una campana.
Articus empezó a recomponer la escena. La habitación era la suya —la que había usado desde que llegó a la casa, con la cama estrecha y la mesita con la pila de libros y la ventana que daba al jardín—, pero estaba diferente.
Habían añadido mantas. Almohadas. Un vaso de agua en la mesita.
Vendas usadas en una palangana. Una silla junto a la cama con la marca de alguien que ha pasado muchas horas sentado en ella.
Vesper lo observaba con expectación.
Y Misteria dormitaba sobre su pecho.
De alguna forma —de alguna forma que desafiaba la anatomía, la ergonomía y el sentido común—, Misteria se había instalado encima de él con la determinación de una gata que ha encontrado la superficie más cálida de la casa y ha decidido reclamarla como territorio soberano.
Estaba boca arriba. Con la cabeza apoyada en su esternón.
Y uno de sus pies peligrosamente apoyado contra la barbilla de Articus.
Articus apartó el pie con la delicadeza de un artificiero desactivando un explosivo.
Le dolía todo.
Observó sus brazos. Estaban vendados desde las muñecas hasta más arriba de los codos. Vendas limpias, cambiadas recientemente, con manchas amarillentas de ungüentos que olían a hierbas y a algo vagamente medicinal.
—Sufriste heridas graves —dijo Vesper, y su tono cambió al registro clínico que usaba cuando hablaba de cosas que le preocupaban demasiado para ser emocional—.
Las quemaduras de las piernas. La corrupción en los brazos.
El agotamiento general de haber canalizado más energía en diez minutos de la que la mayoría de usuarios de glifos canalizan en toda su vida.
Hizo una pausa.
—Pudimos curarte. Más o menos. La corrupción ha retrocedido considerablemente, aunque quedan marcas. Puede que permanentes.
Articus miró las vendas. Debajo, lo sabía, estaban las venas negras. Más tenues que aquella noche, si Vesper decía verdad. Pero ahí.
—La muchacha —continuó Vesper, y algo se suavizó en su expresión— permaneció junto a ti casi todo el tiempo. Acabo de mandarla a descansar hace apenas un par de horas.
Helen.
El nombre le llenó el pecho de algo cálido. Algo que no tenía nada que ver con glifos ni con energía ni con la corrupción de un mundo en decadencia. Algo más simple. Más antiguo. Más humano.
Vesper señaló a Misteria con el cayado.
—Y esta niña no ha habido forma de separarla de ti. Ha dormido sobre ti. Ha comido sobre ti. Hemos conseguido que fuese al baño, pero no sin negociaciones que habrían avergonzado a un diplomático. —Hizo una pausa—. Disculpa las… condiciones higiénicas.
Articus miró a Misteria.
Misteria dormía con la boca abierta, un hilillo de baba conectando su labio inferior con el pijama de Articus, los dedos de una mano aferrados a la tela con la firmeza de alguien que no tiene intención de soltar.
Tenía los párpados cerrados sobre esos ojos negros que veían cosas que los demás no veían, y en su rostro había una expresión que Articus solo le había visto una vez: paz.
Paz absoluta. La paz de un niño que duerme sobre la persona que, en algún rincón de su corazón silencioso, ha decidido que es su persona.
Articus sonrió.
Estaban todos bien.
El alivio fue tan intenso que lo arrastró de vuelta al sueño como una corriente suave, y se durmió con la sonrisa todavía en la cara y el pie de Misteria gravitando peligrosamente de vuelta hacia su barbilla.
Su segunda entrada en el mundo de los despiertos vino acompañada de un abrazo.
Un abrazo que lo despertó, que lo sacudió, que le recordó que tenía un cuerpo y que ese cuerpo estaba cubierto de heridas que no apreciaban ser comprimidas con la fuerza de una prensa hidráulica.
Helen.
Helen lo abrazaba con una intensidad que sugería que estaba intentando fusionarse con él a nivel molecular.
Los brazos le rodeaban los hombros, las manos se aferraban a su camisa, la cara estaba enterrada en su cuello, y el pelo negro de Helen —suelto, sin la coleta habitual, cayendo como una cortina sobre ambos— olía a humo de chimenea y a hierbas y a algo que era simplemente Helen .
Articus sintió un dolor enorme recorrer todo su cuerpo.
Su cerebro lo catalogó como dolor bien invertido.
—Cinco días —dijo Helen, y su voz estaba rota de una forma que Articus no le había oído nunca—. Cinco días sin saber si ibas a despertar. Cinco días viéndote ahí tumbado con esas venas negras y sin poder hacer nada. Nada .
Apretó más fuerte.
—Si vuelves a hacer algo así —continuó, y ahora la voz tenía acero debajo del llanto, el acero de Helen, el acero que la definía—, te mato yo misma. ¿Me oyes? Te mato. Personalmente. Con la espada.
—Entendido —susurró Articus .
—Con la parte plana, para que duela más.
—Razonable.
Helen se separó. Le miró la cara. Le miró los ojos. Le puso las manos en las mejillas con una suavidad que contrastaba con la fuerza del abrazo como si fueran dos personas distintas usando el mismo cuerpo.
—No vuelvas a irte —dijo.