24.CAPÍTULO 24 EL PÁJARO DESGARBADO #3
Una explosión de fuego blanco que consumió las ramas, que envolvió la cabeza del Ojosverde en una esfera de energía pura, que volatilizó la sombra sólida y los ojos esmeralda y los rostros múltiples con la eficiencia de una supernova en miniatura.
La criatura cayó.
Sin cabeza. Sin la red de ojos que la habían hecho inteligente, estratégica, diferente. Lo que quedó fue un torso de sombra que se desmoronó como ceniza, que se deshizo en jirones de humo negro que se disolvieron en el aire como si nunca hubieran existido.
Los seis brazos se aflojaron.
Los múltiples rostros se apagaron .
Y el Ojosverde dejó de existir.
Articus se desplomó.
Cayó de rodillas primero. Luego hacia delante. Las manos impactaron contra el suelo —las palmas donde los glifos habían estado ya no brillaban; estaban oscuros, agotados, marcas inertes en piel enrojecida— y los brazos cedieron bajo su propio peso.
Los brazos.
Desde las muñecas hasta los hombros, venas de un negro intenso recorrían su piel como ríos en un mapa de pesadilla.
La corrupción. El precio. Cada glifo que había usado, cada flujo de energía que había canalizado a través de su cuerpo, había dejado un rastro.
Un peaje. La factura que la energía de aquel mundo cobraba a quienes la usaban, y que Articus había pagado con la generosidad inconsciente de alguien que no se ha molestado en leer la letra pequeña del contrato.
Las venas negras subían por sus antebrazos, trepaban por los bíceps, se enroscaban en los hombros como enredaderas de tinta viva. Pulsaban. Latían con un ritmo propio, como si la oscuridad que contenían tuviera su propio corazón.
Aun así, se permitió una sonrisa.
Era una sonrisa pequeña, cansada, torcida. La sonrisa de un hombre que ha hecho algo imposible y lo sabe, y que el dolor y la corrupción y las quemaduras y el agotamiento no pueden quitarle eso. Al menos no todavía. Al menos no esta noche.
—Ha funcionado —dijo.
Y luego todo se volvió oscuro.
Helen bajó las escaleras de tres en tres.
No recordaría cómo llegó hasta él. No recordaría haber bajado el último tramo de escalera, haber cruzado el recibidor, haber salido por la puerta destrozada ni haber corrido por la grava del sendero con Misteria medio resbalándole en los brazos.
Solo recordaría el momento en que sus rodillas tocaron el suelo junto a Articus y sus manos encontraron su cara y le apartaron el pelo de la frente y vieron las venas negras que le trepaban por el cuello hacia la mandíbula como raíces buscando la superficie.
—No —dijo. No gritó. Lo dijo. Con la voz plana de alguien que se niega a aceptar lo que sus ojos le muestran—. No, no, no.
Le tomó el pulso.
Estaba ahí. Débil. Errático. Pero ahí.
—Es la corrupción —dijo Vesper.
Helen levantó la vista. Vesper estaba de pie junto a ella, al otro lado del cuerpo de Articus.
No recordaba cuándo había salido al jardín.
El anciano tenía el rostro gris, agotado, con un hilo de sangre seca bajo la nariz y los ojos de alguien que ha mirado dentro del abismo y el abismo ha mirado de vuelta. Pero estaba de pie. Seguía de pie.
—Ha canalizado demasiada energía —continuó Vesper, arrodillándose junto a Articus con la lentitud de un hombre que sabe que sus rodillas le van a reprochar esa decisión durante días—. Los glifos que ha usado… algunos son extraordinarios. Brillantes. Pero el coste…
Se interrumpió. Observó las venas negras.
—El coste es altísimo.
Helen apretó la mano de Articus. La mano con los glifos grabados en la palma, los glifos que lo habían protegido, los glifos que lo habían quemado. La apretó con la fuerza de alguien que no tiene intención de soltar.
—¿Se va a poner bien? —preguntó.
La pregunta sonó como una orden.
Vesper la miró. Y por primera vez, Helen vio algo en esos ojos que no era sabiduría ni análisis ni catalogación académica.
Era compasión. Compasión real. El tipo de compasión que solo sienten las personas que han perdido lo suficiente como para reconocer el dolor ajeno sin necesidad de explicaciones .
—No lo sé —dijo.
Fue la respuesta más honesta que Helen había recibido en meses. Y por eso, paradójicamente, fue la que menos le dolió.
La anciana se incorporó.
Nadie la vio hacerlo. Nadie se percató del momento exacto en que pasó de estar derrumbada en el suelo del pasillo a estar de pie, apoyada en el bastón, con los ojos todavía oscurecidos pero abiertos y la mandíbula apretada con la determinación de alguien que ha decidido que no se va a morir hoy porque tiene cosas que hacer mañana.
Salió al sendero y se acercó al grupo.
Miró a Articus. Miró las venas negras. Miró a Helen, que sostenía su mano con una intensidad que desafiaba a la física.
Miró a Misteria.
Misteria estaba acurrucada junto a Articus.
En algún momento, sin que nadie la viera moverse —porque Misteria tenía la cualidad sobrenatural de aparecer donde necesitaba estar sin pasar por el inconveniente de desplazarse visiblemente—, se había colocado al lado de Articus y había apoyado la cabeza en su brazo.
En el brazo con las venas negras. En el brazo que pulsaba con la corrupción.
Y algo extraño estaba ocurriendo.
Donde la mejilla de Misteria tocaba la piel de Articus, las venas negras parecían… retroceder. No desaparecer. No curarse. Pero sí retirarse, como la marea que se aleja de la orilla, como una sombra que cede ante una luz que no puede ver pero sí sentir.
La anciana lo observó.
Vesper lo observó.
Ninguno dijo nada.
Algunas cosas son demasiado frágiles para las palabras.
La noche se hizo larga .
Entre los tres lo llevaron al interior antes de que el frío terminara de hacer por su cuenta el trabajo que la corrupción había dejado a medias. Lo acomodaron en el salón, sobre mantas improvisadas y junto al calor enfermo pero útil de la chimenea.
Helen no soltó la mano de Articus. Vesper no se movió de su lado.
La anciana preparó infusiones con hierbas que sacó de su zurrón y que nadie preguntó qué contenían.
Misteria siguió durmiendo sobre el brazo de Articus, acurrucada como un gato que ha encontrado exactamente el lugar donde necesita estar.
En algún momento, Articus abrió los ojos.
No del todo. Solo una rendija. Lo suficiente para ver el techo de la casa sobre él, las vigas de madera, las grietas del yeso. Lo suficiente para sentir la mano de Helen apretando la suya y la cabeza de Misteria sobre su brazo y la presencia de Vesper cerca y el olor a hierbas de la anciana.
—¿Están todos bien? —preguntó. La voz le salió como un susurro, ronca, rota, apenas audible.
Helen se rió.
Fue una risa corta, húmeda, que contenía llanto y alivio y agotamiento a partes iguales.
—Tú llegas cayendo del cielo, con las botas deshechas, las piernas quemadas, los brazos negros, después de volar con glifos caseros a través de medio bosque, luchas contra una abominación de seis brazos con dos palos en llamas, pierdes el conocimiento, y lo primero que preguntas es si nosotros estamos bien.
Hizo una pausa.
—Sí —dijo—. Estamos bien.
Articus sonrió. La sonrisa tontorrona. La misma de siempre.
—Bien —dijo—. Porque el aterrizaje ha sido horrible y no querría haberlo hecho para nada.
Vesper resopló. Helen apretó su mano más fuerte. La anciana puso los ojos en blanco y murmuró algo sobre juventud irresponsable. Misteria le mordió el dedo del pie en sueños.
Y fuera, por primera vez en mucho tiempo, las sombras del jardín empezaron a aclararse. Los espectros que quedaban retrocedieron entre los árboles, deshaciéndose en jirones de humo como si la muerte del monstruo los hubiera dejado sin empuje.
No mucho. No del todo. Pero un poco.
Y a veces, un poco es todo lo que se necesita.
Fin del Capítulo 24