La Casa de las Hojas Muertas 24.CAPÍTULO 24 EL PÁJARO DESGARBADO #2
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24.CAPÍTULO 24 EL PÁJARO DESGARBADO #2

Y entonces algo había caído del cielo, había tumbado a dos de los otros espectros y había aterrizado en el jardín con la sutileza de un meteorito con problemas de autoestima.

Los múltiples rostros del Ojosverde giraron hacia la escalera.

Sus ojos esmeralda parpadearon —todos a la vez, en una sincronía que habría resultado hipnótica si no fuera repugnante— y algo cambió en su postura.

Algo sutil. Un tensarse de los seis brazos.

Un reacomodo del torso múltiple. La postura de un depredador que acaba de detectar una amenaza nueva y no está seguro de cómo clasificarla.

Articus estaba apoyado en el marco de la puerta principal. Distraídamente. Como si no hubiera una abominación precipitándose hacia él desde el interior ni una noche entera cayéndose a pedazos a su alrededor.

La criatura abandonó a Helen y se precipitó escaleras abajo.

Fue rápida. Más rápida de lo que Articus esperaba. El tamaño de la criatura debería haberla vuelto torpe; en lugar de eso, el Ojosverde descendió como un derrumbe con intenciones homicidas, reventó los últimos peldaños y salió por la puerta de golpe.

Articus apenas tuvo tiempo de alzar la vista.

El impacto lo alcanzó ya en el umbral.

Articus salió despedido.

Voló hacia atrás —esta vez sin glifos, sin propulsión, sin nada que no fuera la física newtoniana en su forma más democrática—, abrió un surco en la grava con los talones y fue a estrellarse contra la verja torcida del jardín.

El hierro gimió. Uno de los barrotes se dobló hacia dentro con un chirrido agónico antes de escupirlo de vuelta sobre el sendero.

Se incorporó .

Lentamente. Con una mueca que contenía dolor, determinación y una cantidad no despreciable de arrepentimiento por no haberse quedado en el pueblecito comiendo turrón.

Mostró las palmas de las manos.

En cada palma, grabados con la precisión de un relojero y la desesperación de un hombre que no tenía mejor idea, brillaban glifos. Pequeños. Intrincados. Dispuestos en un patrón circular que emanaba un resplandor tenue, azulado, como brasas frías que se niegan a apagarse.

—Son una variante de los que encontré en la puerta de la biblioteca —explicó, con el tono conversacional de alguien que desgrana unas cuentas complicadas después de cenar—.

Absorben energía cinética y la disipan a través del suelo.

Como los de las botas, pero en versión manual. Un escudo portátil, digamos.

El Ojosverde lo miraba con sus ojos esmeralda.

Lo hacía desde el vano destrozado de la puerta principal, medio oculto todavía por la penumbra del interior.

—Es un prototipo —añadió Articus, porque la honestidad intelectual era más fuerte que el instinto de supervivencia—. Quiero que conste que es un prototipo.

La criatura bajó los escalones de entrada de un salto y descargó un puñetazo.

Articus lo bloqueó con la palma del guantelete.

Los glifos estallaron en luz. La energía del impacto se canalizó a través de los patrones grabados, recorrió su brazo como un latigazo abrasador —un latigazo que dolía , porque los prototipos tienen la desagradable costumbre de funcionar al ochenta por ciento y dejar que el veinte restante lo absorba el usuario— y se disipó hacia el suelo en una onda que levantó la grava del sendero y abrió grietas en la tierra apelmazada del jardín.

Articus hizo una mueca de dolor.

—¿Ves? —dijo, flexionando los dedos de la mano que le hormigueaba como si hubiera cerrado el puño sobre hierro al rojo—. Prototipo. Funciona, pero duele más de lo que debería.

El golpe lo lanzó dos metros hacia atrás igualmente. Los glifos absorbían la energía pero no la masa, y la masa del Ojosverde era considerable. Articus patinó sobre la grava suelta, rebotó contra la jardinera de piedra volcada y la desplazó medio metro antes de conseguir detenerse.

Vesper y Helen observaban con una mezcla de fascinación y angustia.

Helen sostenía a Misteria en brazos —la había recogido del suelo en cuanto el Ojosverde se distrajo, aprovechando esos segundos de respiro como el regalo que eran—.

Ella desde el rellano del primer piso; él, desde el ventanal de la planta baja. Ambos ya sin fuerzas para intervenir.

—Le están vapuleando como a un muñeco de entrenamiento —murmuró Helen.

Helen apretó los dientes. Quiso moverse. Sus piernas se negaron.

Articus se levantó.

Le costó. Le costó más de lo que le habría gustado admitir.

Las piernas quemadas protestaban, los brazos le temblaban, la visión empezaba a hacer cosas creativas con los bordes del campo visual.

Pero se levantó, porque Articus siempre se levantaba.

No por valentía —Articus habría sido el primero en negar cualquier acusación de valentía, con datos, argumentos y probablemente una larga disertación llena de diagramas si hubiera tenido tiempo—, sino porque quedarse en el suelo no era una solución y Articus era un hombre de soluciones.

—Bueno —dijo, mirando al Ojosverde con la expresión de un contable que ha descubierto un error en el balance y se ha resignado a quedarse hasta las tantas—. Creo que esto va a dolerme más a mí que a ti .

De detrás de la capa sacó dos ramas.

No eran ramas cualquiera. Las había elegido en el bosque, justo antes de activar la propulsión.

Eran rectas, densas, del grosor de un bastón de caminar, y estaban cubiertas de glifos diminutos trazados con la punta de una piedra afilada.

No eran exactamente el patrón definitivo cuando despegó; ese se le había terminado de ordenar en la cabeza mientras volaba por el cielo con las piernas en llamas, porque a Articus no se le ocurría mejor momento para rematar cálculos que cuando caía a velocidad terminal sobre un bosque tenebroso.

Cada glifo era una instrucción. Cada instrucción, una variable en una ecuación.

Apretó la uña de cada pulgar en la base de cada rama, donde un glifo de activación esperaba la presión exacta para cerrar el circuito.

Las ramas estallaron en llamas.

No fuego normal. Fuego de glifos. Un fuego azulado, intenso, que no consumía la madera sino que la recorría como una segunda piel luminosa.

Las llamas lamían la corteza sin devorarla, alimentadas por la energía que los glifos canalizaban del entorno: calor del aire, vibración del suelo, la energía residual que toda materia contiene y que nadie en aquel mundo sabía extraer excepto, aparentemente, un contable de otro universo con demasiado tiempo libre y las prioridades severamente desordenadas.

El Ojosverde retrocedió.

Fue un gesto instintivo, involuntario. La primera vez que la criatura retrocedía por algo que no fuera un golpe de espada. Las llamas de los glifos proyectaban una luz que hacía que la sombra sólida del Ojosverde crepitara , como grasa en una sartén, como hielo al contacto con el calor.

Articus avanzó.

No era elegante. Dios sabía que no era elegante.

Helen habría llorado de vergüenza profesional si hubiera visto lo que Articus hacía con aquellas ramas desde una perspectiva técnica de combate.

Los golpes eran amplios, torpes, sin la menor noción de guardia ni de distancia ni de ninguno de los conceptos que la esgrima había perfeccionado durante siglos.

Era el estilo de alguien que ha visto una pelea de espadas exactamente una vez —en una obra de teatro, probablemente— y está improvisando con la confianza suicida de la ignorancia.

Pero era efectivo.

Cada golpe que conectaba arrancaba un alarido de la criatura.

No el gruñido sordo que producía al recibir los mandobles de la espada de Helen —esos eran los sonidos de algo que encajaba daño.

Estos eran los sonidos de algo que sufría .

Las llamas de glifos se adherían a la sombra del Ojosverde como alquitrán ardiente, quemando su sustancia, evaporando su materia, deshaciendo lo que la corrupción había construido.

El Ojosverde gritó.

Un grito que sacudió los cristales que quedaban en las ventanas, que hizo temblar las vigas del techo, que resonó en el pecho de todos los presentes como un segundo corazón latiendo en la frecuencia equivocada.

Un grito de dolor, de rabia, de algo que por primera vez en su existencia consideraba la posibilidad de que podía perder .

Intentó recomponerse.

Tres de sus seis brazos se lanzaron contra Articus.

Éste bloqueó uno con la rama izquierda —las llamas crepitaron al contacto, el brazo del Ojosverde siseó y se retrajo—, esquivó el segundo agachándose con una torpeza que resultó ser más eficaz que cualquier técnica porque la criatura no esperaba un movimiento tan caótico, y recibió el tercero en el hombro.

El impacto lo hizo trastabillar. Las quemaduras de las piernas le recordaron su existencia con un latigazo de dolor. Por un instante, el mundo se inclinó y Articus pensó que iba a caer.

No cayó.

Porque Helen y Misteria dependen de mí , pensó. Y todo se acaba si yo caigo.

Cruzó ambas ramas ante el cuello de la criatura.

Las llamas de ambas armas se fusionaron en el punto de contacto, creando un arco de fuego azul que envolvió el cuello del Ojosverde como un collar ardiente.

La criatura se retorció. Los seis brazos se agitaron en todas direcciones, doblando los barrotes ya torcidos de la verja, arrancando ramas bajas de los árboles y levantando una lluvia de grava, tierra y hojas secas en todo el jardín.

—Esto… —dijo Articus, apretando los dientes, cada músculo de su cuerpo aullando mientras mantenía la presión— aún no lo tengo del todo solventado.

Su tono era de disculpa. Genuina disculpa. Como si lamentara que su invento no fuera más refinado, como si le pareciera una descortesía presentarse a una pelea a muerte con un prototipo.

La madera de las ramas chasqueó.

Crujió.

Se retorció.

Las llamas azules se intensificaron hasta volverse blancas, hasta que la luz fue tan intensa que todos los presentes tuvieron que apartar la vista, hasta que el calor se sintió en la piel como una ola de verano comprimida en un segundo.

Y estalló.