24.CAPÍTULO 24 EL PÁJARO DESGARBADO
Capítulo XXIV
En la lejanía, una explosión rompió la noche.
No fue un trueno. Los truenos pertenecen al mundo, tienen cadencia, tienen lógica, tienen la cortesía de anunciarse con relámpagos. Esto fue otra cosa. Un estallido seco y brutal, como si alguien hubiera arrancado un trozo del cielo y lo hubiera lanzado contra el suelo con intención de ofender.
Silencio.
Ese tipo de silencio que sigue a lo inesperado, cuando el mundo entero contiene la respiración porque no sabe qué viene después y prefiere no averiguarlo.
Lo que vino después fue otra explosión. Más cercana.
Y otra.
Pam. pam. *pam*.
Una cadencia irregular, como los pasos de un borracho cósmico tropezando por el firmamento.
Cada detonación más próxima que la anterior, cada una acompañada de un destello anaranjado que iluminaba las copas de los árboles titánicos desde arriba, proyectando sombras imposibles que bailaban por el jardín destrozado de la casa señorial.
Un espectador con una visión especialmente aguda —y una inclinación por la observación de fenómenos absurdos— podría haber distinguido algo entre las explosiones. Algo por encima de las nubes. Algo que se desplazaba por el cielo a una velocidad considerable y con una gracia… discutible .
Era, en el sentido más generoso del término, un pájaro.
Un pájaro extraordinariamente desgarbado.
Un pájaro que gritaba.
Articus había tenido ideas mejores.
No muchas, siendo honestos. La mayoría de sus ideas a lo largo de los últimos meses habían oscilado entre «cuestionable» y «activamente suicida», con breves paradas en «ingenioso pero imprudente» y una excursión ocasional a «brillante, si sobrevivo para contarlo». Pero esta, esta se llevaba la palma.
Los glifos de propulsión grabados en las suelas de sus botas funcionaban.
Eso era lo bueno. La parte que había salido según los cálculos, la parte que validaba semanas de estudio, horas de ecuaciones, un sistema de glifos que nadie en aquel mundo habría soñado con intentar.
Cada detonación controlada bajo sus pies lo impulsaba hacia arriba y hacia delante con una fuerza que habría impresionado a cualquier maestro de ingenios, de haber existido tal oficio para una locura semejante.
Lo malo era todo lo demás.
El sistema de dirección era, siendo generosos, rudimentario.
Articus se orientaba inclinando el cuerpo —hacia la izquierda para girar a la izquierda, hacia la derecha para girar a la derecha, hacia delante para acelerar— con la aerodinámica de un saco de patatas lanzado desde una catapulta.
Cada corrección de rumbo provocaba una oscilación que tardaba segundos en estabilizarse, durante los cuales Articus giraba sobre su eje longitudinal con los brazos abiertos como un molinete de feria y la dignidad de un espantapájaros en un huracán.
Las piernas le ardían.
Incluso con los glifos de contención —los que había añadido a última hora, esos que absorbían parte del calor y la energía residual de cada propulsión—, la piel de sus pantorrillas había sufrido quemaduras que iban de lo superficial a lo preocupante.
El dolor era constante, como si alguien le estuviera aplicando planchas calientes en las espinillas con la regularidad de un metrónomo sádico.
Pero eso no importaba.
Helen. Misteria. La casa.
La certeza seguía ahí, clavada en su pecho como un clavo de hierro.
No se había debilitado con la distancia ni con el dolor ni con el hecho de que estaba volando — volando — por encima de un bosque primigenio con unas botas que podrían dejar de funcionar en cualquier momento y convertirlo en un contable con una velocidad terminal muy poco contable.
Divisó la casa desde el aire.
Y el corazón le dio un vuelco que casi le hace perder el equilibrio —lo cual, a doscientos metros de altura, habría sido un problema significativo.
La casa estaba rodeada. Desde aquella altura no podía distinguir mucho más que el conjunto: la verja destrozada, el jardín revuelto y un racimo de figuras oscuras apelotonadas en la entrada, agitándose unas contra otras con la ansiedad carroñera de los espectros.
Pero había algo peor incluso que eso: la propia casa parecía sufrir sacudidas sordas, como si dentro se moviera algo demasiado grande, demasiado torpe y demasiado brutal para caber limpiamente entre sus muros.
No. No, no, no.
Articus apretó los dientes.
Bien. El plan era aterrizar con suavidad, evaluar la situación y actuar con cautela.
Miró hacia abajo. Miró las botas. Miró las quemaduras en sus piernas. Miró la velocidad a la que se aproximaba al suelo.
Nuevo plan. Aterrizar.
Juntó los talones. Los glifos de propulsión se desactivaron con un chasquido que resonó en sus huesos.
La inercia lo mantuvo en el aire durante un instante —un instante glorioso y terrible en el que Articus flotó sobre la casa como un ángel particularmente desaliñado— y luego la gravedad, esa vieja conocida que nunca se olvida de cobrar sus deudas, reclamó lo suyo.
Cayó.
Activó los glifos de las puntas de las botas. Los de frenado. Los que había diseñado para absorber la energía cinética del impacto y disiparla en el suelo. Los que, en teoría, convertirían un aterrizaje mortal en un aterrizaje meramente doloroso.
Que funcione. Que funcione. Que funcione.
Debería haber redactado un testamento , añadió su parte más pragmática.
Los glifos se activaron a dos metros del suelo.
Y funcionaron.
Más o menos.
La energía cinética se disipó hacia abajo con una onda expansiva que sacudió la tierra como un puño golpeando una mesa.
Los dos espectros que quedaban en el jardín tuvieron exactamente un segundo para girarse hacia lo que parecía un grito especialmente agudo —un grito de pánico que habría avergonzado a una niña pequeña asustada por un ratón, pero que Articus se negaba a reconocer como propio— antes de que la onda los tumbara como bolos en una bolera.
Articus aterrizó.
El impacto le subió por las piernas como un relámpago de dolor puro.
Las rodillas se doblaron. El cuerpo se fue hacia delante.
Se estampó contra el suelo con la gracia de un saco de harina cayendo de un carro y rodó tres metros levantando una polvareda que cubrió el jardín como una cortina de humo teatral.
Por un momento, todo lo que se percibió fue una nube de polvo.
Y una silueta dentro de ella. De pie. Apenas. Con una capa ondeando.
El polvo se fue asentando .
Lo primero que emergió de la nube fue la capa.
Ondeaba a su espalda con un dramatismo que las circunstancias no justificaban pero que la capa había decidido aportar por iniciativa propia.
Era la capa que la entidad del templo le había dado, y bordado en su centro, visible ahora que el viento la desplegaba, estaba el blasón.
Una oveja.
Una oveja bordada en hilo dorado sobre tela oscura, con una expresión facial que solo podía describirse como filosóficamente resignada .
Una oveja que ondeaba a la vez épica y alegremente, como si fuera perfectamente consciente de lo absurdo de su situación y hubiera decidido aceptarlo con dignidad.
Vesper observaba la escena a través del ventanal.
Con la boca entreabierta.
El anciano llevaba décadas sin experimentar sorpresa genuina. Había visto civilizaciones nacer y morir, había leído tratados sobre fenómenos que desafiaban la comprensión, había catalogado maravillas que harían llorar de emoción a un poeta. Nada lo sorprendía.
Esto lo sorprendía.
—Muchacho… —murmuró, y había algo en su voz que no había estado allí en mucho tiempo: emoción—. A eso le llamo yo una entrada.
Helen lo vio desde el pasillo del primer piso.
A través de la ventana rota —entre las cortinas arrancadas y los cristales destrozados y el marco astillado—, vio la polvareda. Vio la capa. Vio la silueta que emergía del polvo como un espejismo que se niega a ser irreal.
Y supo quién era antes de que el polvo terminara de asentarse, porque solo una persona en todos los mundos conocidos y por conocer llevaría un blasón con una oveja bordada y lo haría ondear como si fuera el estandarte de un imperio .
—¿Articus? —susurró.
Las lágrimas llegaron antes que la confirmación. Silenciosas, calientes, rodando por sus mejillas sucias de polvo y sudor y sangre, cayendo sobre el filo de la espada que aún sostenía con la mano temblorosa.
No eran lágrimas de tristeza. Eran el tipo de lágrimas que llegan cuando has aceptado el final y el final decide no llegar.
La imagen que emergió de la polvareda era el epítome de la contrariedad heroica.
Las botas estaban semidesintegradas. La suela derecha había perdido la mitad de su estructura y la izquierda tenía un agujero por el que asomaban dedos chamuscados.
El pijama —el eterno, indestructible, malhadado pijama de ovejas que llevaba desde que salió de casa hacía una eternidad— estaba cubierto de tierra, ceniza, restos vegetales y lo que parecía ser mermelada de arándanos de procedencia desconocida.
Las piernas mostraban quemaduras que trepaban desde los tobillos hasta las rodillas en un degradado que iba del rojo furioso al morado preocupante.
El pelo estaba tan alborotado que parecía haber perdido una pelea con un generador eléctrico.
Parecía un milagro que estuviera de pie.
La capa, sin embargo, seguía impoluta. Porque por supuesto que la capa estaba impoluta. Las capas tienen prioridades distintas a las de sus portadores.
Articus esbozó una sonrisa tontorrona. La sonrisa de un hombre que ha volado por primera vez en la historia de dos mundos y ha aterrizado sin morir, lo cual le parece un logro suficiente para una tarde.
—¿Estáis bien? —preguntó, asomándose a la puerta de la casa con la naturalidad de alguien que llega de comprar el pan.
El Ojosverde se giró .
Había estado a punto de asestar el golpe final. Helen, de rodillas, exhausta, la espada temblando en una mano que ya no tenía fuerza para sostenerla. Misteria inconsciente a sus pies. La victoria a un zarpazo de distancia.