23.CAPÍTULO 23 LA CAÍDA DEL DIQUE #3
Helen desvió un zarpazo, giró las caderas y descargó un mandoble descendente con las dos manos que conectó con el hombro del Ojosverde —el hombro del que brotaban tres de los seis brazos— con un impacto que resonó por todo el pasillo.
La criatura se tambaleó. Helen no le dio tiempo a recuperarse: encadenó un segundo golpe, lateral, a la altura de lo que habría sido la cintura, poniendo todo el peso del cuerpo en la rotación.
La criatura retrocedió dos metros.
Un sonido hueco sonó a su espalda. Un golpetazo contra el suelo de madera. Seco. Definitivo.
Helen se giró.
Y vio a Misteria en el suelo.
El pelo negro le cubría el rostro. Los ojos estaban cerrados. Las manos, que un segundo antes se agarraban a la capa de Helen, yacían abiertas contra el suelo de madera como flores marchitas.
Había dos manchas extrañas en la pared detrás de ella. Oscuras. Irregulares. Como si algo se hubiera estampado contra la superficie y hubiera dejado una huella de hollín o de ceniza. Helen no supo qué eran. No tuvo tiempo de preguntárselo.
—¿Misteria? —la voz de Helen se rompió—. ¡Misteria!
Se arrodilló. Le apartó el pelo de la cara. Le tomó el pulso en la muñeca —un gesto automático, aprendido en un curso de primeros auxilios en otro mundo, en otra vida, cuando las emergencias eran cosas normales como desmayos y cortes y no espectros devoradores.
El pulso estaba ahí.
Débil. Irregular. Pero ahí.
Respira , pensó Helen. Respira, por favor, sigue respirando.
Por el rabillo del ojo percibió un movimiento .
Un puño.
Consiguió esquivarlo. Apenas. El zarpazo del Ojosverde pasó a milímetros de su rostro, pero el segundo brazo —porque el Ojosverde siempre tenía un segundo brazo, y un tercero, y un cuarto— conectó con su sien.
El mundo se ladeó.
Helen cayó de rodillas. La visión se fragmentó en pedazos de luz y sombra que giraban como cristales rotos en un caleidoscopio. El zumbido en sus oídos era tan fuerte que ahogaba todo lo demás: los gruñidos de los espectros, los crujidos de la madera, su propia respiración.
Había bajado la guardia.
Y ahora estás en desventaja , le informó su cerebro con la crueldad de un informe médico. Mareada. Exhausta. Con una niña inconsciente a tus pies y una aberración de seis brazos delante. Las matemáticas no cuadran, Helen. No cuadran.
Recompuso su posición de combate.
Las piernas temblaban. La espada pesaba como un ancla. La visión seguía borrosa, el mundo nadando ante sus ojos como una acuarela en la que alguien hubiera vertido agua.
Debía resistir.
¿Para qué? , susurró una voz que no era la suya. Una voz que venía de fuera, de los espectros, de la oscuridad. ¿Para qué resistes? Mira a tu alrededor. La anciana ha caído. El viejo está atrapado. La niña no se mueve. Estás sola. Estás cansada. Estás acabada.
Helen apretó la empuñadura.
—Cállate —dijo.
El Ojosverde avanzó.
El jardín estaba destrozado. Las flores que la anciana había intentado proteger estaban pisoteadas.
La verja de hierro colgaba de una bisagra.
Los glifos de protección que habían reactivado y reforzado la víspera — la anciana con sus manos, Vesper con su conocimiento— habían sido borrados, arrancados, consumidos por una fuerza que no entendía de símbolos ni de barreras porque era más antigua que ambos.
En la planta baja, Vesper seguía congelado frente al espectro oscuro. Su batalla era invisible pero real: en algún lugar dentro de su mente, un anciano con una pipa se enfrentaba a una oscuridad que quería devorarlo.
La anciana no se movía.
Helen resistía.
Cada vez con menos fuerza. Cada vez con más desesperación.
Los golpes de la espada eran erráticos ahora —ya no eran los mandobles limpios y potentes de la mujer que había derrotado espectros con la eficiencia de un gladiador; eran los golpes de alguien que está de pie por pura terquedad, que sigue luchando no porque pueda ganar sino porque no sabe hacer otra cosa.
El Ojosverde no la mataba.
Podría haberlo hecho. Helen lo sabía. Lo sentía .
La criatura era más fuerte, más rápida, más resistente.
Podría haberla aplastado en cualquier momento de los últimos cinco minutos.
Pero no lo hacía. Jugaba con ella. La empujaba.
La agotaba. La dejaba golpear para que sintiera cómo cada golpe era más débil que el anterior, cómo cada esfuerzo costaba más que el precedente, cómo la derrota no era un evento sino un proceso : lento, gradual, inevitable.
Un proceso diseñado para romperla.
No , pensó Helen. No.
Se irguió.
Un último esfuerzo. Un último golpe. Lo puso todo —todo lo que le quedaba de fuerza, de rabia, de orgullo, de amor por la niña que yacía a sus pies y por el anciano atrapado en su batalla mental y por la vieja tumbada en el suelo y por Articus, que estaba en algún lugar ahí fuera y que la necesitaba viva—, lo puso todo en un mandoble descendente que cayó sobre el Ojosverde con la autoridad de una sentencia .
El golpe conectó.
Y no hizo nada.
La criatura absorbió el impacto. Lo tragó. Lo devoró como había devorado a los otros espectros, como devoraba la luz y el calor y la esperanza. Sus ojos esmeralda brillaron.
Helen soltó el aire.
Las piernas cedieron.
Cayó de rodillas junto a Misteria. La espada seguía en su mano —porque Helen no iba a soltar la espada, no ahora, no nunca, ni siquiera al final— pero ya no tenía fuerza para levantarla.
Es el final , pensó. Y el pensamiento no llegó con pánico ni con desesperación. Llegó con una tristeza enorme. La tristeza de alguien que ha luchado con todo lo que tenía y sabe que no ha sido suficiente. La tristeza de saber que ha fallado a las personas que dependían de ella.
Lo siento , pensó, mirando a Misteria. Lo siento, pequeña.
El Ojosverde se alzó sobre ella.
Vesper emergió de las tinieblas de su mente.
Ni victorioso ni derrotado. Agotado .
La batalla interior lo había vaciado como se vacía un vaso hasta la última gota.
Había contenido al espectro, lo había atrapado en un laberinto de recuerdos y conocimientos y trampas lógicas que había construido durante décadas de preparación, pero el precio había sido altísimo.
Secciones enteras de su memoria estaban corruptas o destruidas.
Sentía agujeros en su pensamiento, vacíos donde antes había información, como estanterías arrancadas de cuajo de las paredes de su biblioteca.
Abrió los ojos.
El espectro frente a él estaba congelado. Atrapado entre su mente y la realidad, como un insecto en ámbar. No estaba muerto —Vesper dudaba de que esas cosas pudieran morir en el sentido convencional—, pero tampoco estaba activo. Paralizado. Contenido.
Pero no por mucho tiempo , pensó Vesper. El ámbar se resquebraja. Siempre se resquebraja.
Con más esfuerzo del que debería ser necesario, giró la cabeza para observar su alrededor.
La anciana en el suelo. Respiraba. Apenas. Pero respiraba.
Los ruidos del piso de arriba. Golpes. Crujidos. Y luego, más terrible que cualquier sonido: silencio. El silencio que llega cuando alguien deja de luchar.
Y arriba seguía ese silencio. El Ojosverde seguía ahí. Y el espectro frente a él no tardaría en despertar.
Nos hemos visto sobrepasados , pensó Vesper.
La verdad de aquella frase cayó sobre él como un bloque de piedra.
Lo había sabido desde el principio —desde que vio al Ojosverde, desde que contó los espectros, desde que evaluó las defensas de la casa y las comparó con la fuerza del enemigo y obtuvo un resultado que ningún optimismo podía convertir en esperanza.
La casa ya la recuperaremos. O hallaremos otra forma de combatir la corrupción. Ahora lo importante es sobrevivir. Porque si no sobrevivimos, todo estará perdido.
Piensa, Vesper. Piensa. Un último truco. Al menos sálvalos a ellos.
Se concentró. Rebuscó en lo que quedaba de su mente, en las estanterías que habían sobrevivido, en los conocimientos que la oscuridad no había devorado.
¿Qué queda? ¿Qué puedo usar? ¿Qué…
Como un presagio, un estallido sonó en la lejanía.
Helen también lo oyó. Giró el rostro.
Y por un instante —entre el hueco de la escalera, entre los escombros y la oscuridad y la criatura que se alzaba sobre ella— sus ojos encontraron los de Vesper .
No hacían falta palabras. Nunca hacen falta cuando dos personas comparten la misma verdad y la verdad es que se les ha acabado el tiempo.
La mirada de Vesper decía lo que su boca no podía decir porque su boca estaba ocupada conteniendo a un monstruo dentro de su cabeza.
Y la mirada de Helen decía lo que su orgullo no le permitiría decir jamás en voz alta.
No puedo más.
Lo sé.
Y una desesperación silenciosa y enorme los envolvió a ambos.
Fin del Capítulo 23