La Casa de las Hojas Muertas 23.CAPÍTULO 23 LA CAÍDA DEL DIQUE #2
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23.CAPÍTULO 23 LA CAÍDA DEL DIQUE #2

Vesper se señaló su propia sien con el índice.

—¿Por qué no pruebas aquí?

El espectro sonrió.

Era una sonrisa amplia, siniestra, la mueca de algo que ha recibido exactamente la invitación que esperaba. Retiró el dedo de la sien de la anciana —que terminó de desplomarse, el pecho subiendo y bajando apenas, los ojos cerrándose— y avanzó hacia Vesper con la mano alzada.

El dedo índice tocó la frente de Vesper.

La oscuridad lo inundó.

No fue gradual ni suave. Fue un torrente .

Un líquido negro que se vertió en su mente con la presión de una presa reventada, arrastrando consigo sentimientos que no eran suyos: ira, desesperación, hambre, vacío, muerte.

El tipo de sentimientos que no pertenecen a ningún ser vivo porque son los sentimientos de las cosas que devoran a los seres vivos.

La masa viscosa se expandió.

En la mente de Vesper —que él siempre había visualizado como una biblioteca, porque ¿qué otra cosa iba a ser la mente de un erudito sino una biblioteca?

—, el líquido negro se convirtió en un mar.

Un mar de tinta que subía por las estanterías, que inundaba los pasillos, que ahogaba los libros y las notas y los recuerdos y los pensamientos con la indiferencia de una marea que no distingue entre lo valioso y lo prescindible .

Flotando sobre ese mar, el espectro.

No su forma física. Su esencia . Lo que quedaba cuando despojabas a un espectro de su humo y sus jirones y su aspecto: una voluntad pura, hambrienta, antigua.

Y reía. Reía con una carcajada que no era sonido sino vibración, una frecuencia que hacía temblar las paredes de la biblioteca mental de Vesper como un terremoto.

El mar siguió subiendo.

Los libros se hundían. Los recuerdos se disolvían. Las estanterías crujían y caían. La oscuridad lo consumía todo con una voracidad que no admitía resistencia ni negociación.

Luego, oscuridad.

Silencio.

Total.

El espectro miró a su alrededor. La biblioteca había desaparecido. No quedaba nada. Solo la negrura de su propia esencia, extendiéndose hasta donde alcanzaba la percepción, completa, absoluta, victoriosa.

Tu mente es mía , dijo —o pensó, o emanó, porque las palabras no funcionaban igual en aquel espacio—. Sal de donde te escondas. Abandona la esperanza.

Mientras hablaba, observaba.

No había rescoldo. No quedaba rincón libre de su corrupción. Ni una chispa de luz. Ni un susurro de resistencia. Había volcado todo su poder en aquel asalto —consciente de que Vesper no era la anciana, consciente de que aquella mente era más vasta y más compleja— y el resultado parecía absoluto.

Y sin embargo.

Algo no encajaba.

Había sido demasiado fácil. La mente de la anciana había resistido, había luchado, había gritado. Esta mente se había rendido como una casa de cartón en un huracán. ¿Cómo? ¿Cómo se había dejado invadir así un hombre cuya mirada había sido capaz de intimidar a un espectro ?

¿Cómo habría preservado parte de su mente? , se preguntó el espectro. ¿Dónde?

Una cerilla se encendió en el aire.

La llama fue pequeña. Tenue. Insignificante en aquella vastedad de oscuridad. Pero estaba ahí. Flotando a cierta altura, fuera del alcance del mar negro, como una estrella que se niega a apagarse.

La cerilla encendió una pipa.

Y la imagen de Vesper apareció.

Estaba sentado en una butaca que no existía un segundo antes —una butaca de cuero marrón, desgastada, con un cojín hundido que sugería miles de horas de uso—, flotando sobre la oscuridad como una isla en un mar de tinta.

Tenía las piernas cruzadas. La pipa en la boca.

Y una expresión de vago fastidio, como si le hubieran interrumpido la lectura.

Aspiró el humo. Lo retuvo. Lo dejó salir por la comisura de los labios en una voluta azulada que se enrolló sobre sí misma antes de disolverse.

—Espero que esa mugre se pueda limpiar —dijo Vesper, en tono pensativo, contemplando el mar de oscuridad que se extendía bajo sus pies—. Me ha costado años organizar la sección de micología.

El espectro lo miró.

Si los espectros pudieran experimentar desconcierto, aquel lo habría experimentado. La aparición no tenía sentido. Había inundado aquella mente. Había destruido aquella mente. No debería quedar nada.

—Oh —dijo Vesper, como si leyera la confusión—. Tranquilo. Ha funcionado. Más o menos.

Hizo una pausa. Aspiró la pipa.

—Has destruido la sección 740.051 de setas y hongos. En estos momentos siento una terrible indiferencia hacia ellos, lo cual es una pérdida considerable porque era una sección excelente.

Se le escapó una mueca.

—También la sección de anécdotas vergonzosas de juventud, lo cual no es una pérdida en absoluto. Así que estamos casi en empate.

El espectro avanzó. La oscuridad se alzó en olas a su alrededor, como un mar que obedece a su dueño.

—La cuestión —continuó Vesper, sin moverse de la butaca, sin alterar su tono, sin apartar la pipa de los labios— es que has cometido un error de cálculo. Has invadido una mente sin parangón.

La pipa brilló en la penumbra.

—Y ahora —dijo Vesper, arremangándose las mangas de la túnica con un gesto que contenía más amenaza que cualquier espada—, vamos a ver qué más tienes dentro.

Fuera, la escena se leía de una forma muy distinta.

Vesper y el espectro estaban congelados el uno frente al otro.

Inmóviles. El dedo del espectro seguía tocando la frente del anciano.

Los ojos de Vesper estaban cerrados. Su rostro, tenso.

Un hilo de sangre le caía de la nariz al labio, del labio a la barba y de allí al cuello de la túnica, dejando un rastro oscuro sobre la tela azul.

La anciana yacía en el suelo. Su pecho subía y bajaba levemente. Levísimamente. El tipo de respiración que está a un paso de no ser respiración.

Y Helen retrocedía.

El Ojosverde la había empujado hasta el primer piso.

Los golpes de Helen resonaban por toda la casa —el eco de acero contra sombra sólida, un sonido hueco y brutal que se repetía una y otra vez, como un herrero golpeando un yunque sin resultado— pero eran ineficaces.

No inútiles: cada impacto frenaba a la criatura, la detenía un instante, la hacía retroceder medio paso.

Pero medio paso no era suficiente cuando el Ojosverde avanzaba un paso entero por cada medio paso que retrocedía.

Era aritmética simple. Y Helen la estaba perdiendo.

Los brazos le ardían. Los músculos del antebrazo, los que sostenían la espada, los que ejecutaban cada mandoble, protestaban con la insistencia de un coro de huelguistas que llevan demasiado tiempo sin descanso.

El sudor le pegaba el pelo a la frente. La visión empezaba a emborronarse en los bordes.

El Ojosverde atacó.

Tres brazos a la vez. Una coordinación que los espectros normales no tenían —los espectros normales eran hambre y caos; el Ojosverde era hambre y estrategia . Helen desvió el primer brazo con un golpe lateral, esquivó el segundo agachándose, pero el tercero conectó.

Un zarpazo en el hombro izquierdo.

El impacto la lanzó contra la pared del pasillo.

El aire salió de sus pulmones con un sonido húmedo.

Helen se deslizó por la pared hasta quedar medio sentada, medio desplomada, con la espalda contra los tablones de madera y el Ojosverde a dos metros, alzándose sobre ella con sus seis brazos extendidos y sus múltiples rostros mirándola con esos ojos esmeralda que brillaban con una luz que no era luz sino hambre condensada.

Misteria.

Misteria estaba a su lado. Seguía agarrada a su pierna. No se había soltado ni durante el impacto, como si sus dedos estuvieran soldados a la tela del pantalón.

Helen levantó la espada.

El brazo le tembló. El acero pesaba. No debería pesar —nunca había pesado, la espada siempre había sido ligera, una extensión natural de su cuerpo—, pero ahora pesaba. Porque lo que pesaba no era el metal sino el agotamiento, y contra el agotamiento no había espada que valiera.

Levanta , se ordenó. Levanta el brazo. Otra vez. Una vez más .

Se incorporó.

Las piernas le temblaban. La visión era borrosa. Recompuso su posición de combate —la que le habían enseñado en la sala de esgrima, hacía una vida, en otro mundo— y esperó.

El Ojosverde la evaluó con esa inteligencia terrible que lo separaba de los demás espectros.

Y atacó.

Al verse distraído Vesper en su duelo mental, los espectros que había contenido se vieron libres para actuar.

Los dos del exterior recuperaron el enfoque. La confusión que Vesper había sembrado en sus mentes se disipó como niebla al sol, y lo que quedó fue hambre. Hambre pura. Hambre que encuentra el camino a la presa como el agua encuentra el camino al mar.

Ambos rodearon la casa.

Entraron por donde el Ojosverde había destrozado las defensas —una ventana del lateral, cuyos glifos de protección habían sido arrancados como costras de una herida— y se deslizaron por el interior con una discreción que los espectros no solían mostrar.

No gruñían. No arañaban. Se movían como humo que busca una rendija. Como veneno que busca una vena.

Encontraron la escalera.

Subieron.

Helen no los percibió. Estaba ocupada. Toda su atención, toda su energía, todo lo que le quedaba de fuerza y de voluntad estaba concentrado en el Ojosverde que tenía delante.

Desviaba un brazo. Esquivaba otro. Lanzaba un contraataque que la criatura absorbía con un gruñido pero sin retroceder.

Desviaba otro brazo. Esquivaba. Contraatacaba.

Un ciclo que se repetía sin fin, cada iteración más lenta que la anterior, cada golpe más débil.

Misteria los vio .

Tiró de la capa de Helen.

Helen no reaccionó. No podía reaccionar. Desviar la atención del Ojosverde durante un segundo era morir durante un segundo.

Misteria tiró más fuerte.