La Casa de las Hojas Muertas 23.CAPÍTULO 23 LA CAÍDA DEL DIQUE
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23.CAPÍTULO 23 LA CAÍDA DEL DIQUE

Capítulo XXIII

Helen había reducido a dos espectros con una brutalidad que habría hecho palidecer a un gladiador romano.

El primero había recibido un mandoble ascendente que lo había levantado del suelo y estrellado contra el marco de la puerta con un crujido que no era de madera sino de algo peor: el sonido de una entidad que descubre que el acero duele más de lo que esperaba.

El segundo había intentado flanquearla por la derecha y se había encontrado con un tajo horizontal que le había abierto el torso de humo de lado a lado, enviándolo rodando por el jardín como un fardo de heno empujado colina abajo.

Hasta Vesper se había encogido ligeramente, empatizando con el dolor de los espectros. Lo cual era decir mucho de alguien que llevaba décadas estudiándolos con la frialdad de un entomólogo.

—Impresionante —murmuró, desde su posición junto a la escalera—. Brutalmente impresionante.

Pero la admiración duró poco.

Porque el Ojosverde avanzaba.

Helen lo había visto transformarse. Lo había visto devorar a los otros espectros, hincharse, multiplicar sus rostros y sus brazos hasta convertirse en algo que ya no era un espectro sino una aberración : un amasijo de sombra sólida, ojos esmeralda y bocas que se abrían y cerraban sin sincronía, como si cada rostro absorbido mantuviera su propio ritmo de hambre.

Seis brazos se extendían desde su torso como las ramas de un árbol enfermo, cada uno terminado en dedos largos y articulados que se movían con una independencia que sugería que cada brazo tenía su propia voluntad.

Y era grande . Lo que había empezado como el más pequeño de los espectros era ahora el más grande.

Más grande que Helen. Más grande que la puerta.

Se movía con una lentitud deliberada que era peor que la velocidad, porque la lentitud decía: no tengo prisa, no la necesito, tú no vas a ninguna parte .

La había hecho retroceder.

Helen no retrocedía, nunca retrocedía. Pero el Ojosverde no era como los demás.

Los golpes de la espada impactaban contra él con un sonido hueco, como golpear una columna de piedra con una barra de hierro.

La hoja no lo atravesaba —la espada seguía siendo la única arma capaz de tocarlo—, pero tampoco lo movía.

Cada mandoble le arrancaba un gruñido gutural, un estremecimiento, una pausa de medio segundo.

Y luego seguía avanzando. Implacable. Inexorable.

Helen retrocedió otro paso. Y otro. La escalera estaba a su espalda. El rellano del primer piso, arriba.

Misteria se aferraba a su pierna.

La niña no lloraba ni gritaba ni hacía ningún sonido.

Simplemente se agarraba a la pierna de Helen con las dos manos y los ojos muy abiertos, negros y enormes, mirando al Ojosverde con una expresión que Helen nunca le había visto: no era miedo.

Era algo distinto, al fin y al cabo Misteria parecía considerar el apocalipsis como una inconveniencia menor.

Helen descargó otro golpe. La espada conectó con el torso del Ojosverde con un impacto que le sacudió el brazo hasta el hombro. La criatura retrocedió medio paso. Medio paso. Y volvió a avanzar.

Helen subía las escaleras sin darse cuenta.

En otro punto de la casa, la anciana se enfrentaba a un espectro .

No de forma física. No había golpes ni acero ni violencia. Lo que había era algo más antiguo y más extraño: presencia.

La anciana estaba de pie en el pasillo que conectaba la cocina con el salón, con el bastón plantado en el suelo como un mástil de bandera y los ojos fijos en la criatura que se había colado por una ventana rota.

El espectro flotaba ante ella a tres metros de distancia, sus jirones de sombra ondeando con una brisa que no existía, su boca abierta en la mueca hambrienta de siempre.

Y no avanzaba.

La anciana lo miraba.

Solo eso. Lo miraba. Pero era la mirada.

La que había perfeccionado en décadas de soledad en un bosque donde la supervivencia dependía de no parpadear primero.

La que decía, sin necesidad de palabras: No te atrevas.

No te muevas. No des un solo paso más, porque lo que hay detrás de estos ojos es más viejo y más terco que tú, y no pienso moverme de aquí.

El espectro gemía.

Era un sonido lastimero, como el de un perro regañado. Si hubiera tenido rostro, su expresión habría sido la de alguien que intenta explicar una situación laboral difícil: Señora, yo no quiero avanzar. De verdad. Pero mi jefe está ahí afuera, mirándome, y tampoco me puedo ir.

La anciana apretó el bastón.

—Inténtalo —susurró.

El espectro no lo intentó.

Vesper estaba haciendo algo.

Nadie supo exactamente qué.

Estaba de pie en el recibidor, con los ojos cerrados y las manos extendidas a los lados, los dedos muy abiertos.

El cayado descansaba apoyado contra su pierna.

Su rostro estaba contraído en una expresión de concentración tan intensa que las arrugas de su frente parecían haberse duplicado en los últimos cinco minutos.

Fuera lo que fuera lo que hacía, era efectivo.

Los espectros restantes —los dos que quedaban frente a la casa después de que el Ojosverde devorara a los suyos y Helen derribara a otros dos— se habían frenado.

Se movían con lentitud, desorientados, como si no pudieran enfocarse en su objetivo.

Como si una interferencia invisible bloqueara sus pensamientos, sus impulsos, sus instrucciones.

Giraban sobre sí mismos. Uno de ellos se estampó contra la verja del jardín y rebotó con la confusión de un pájaro que ha impactado contra un cristal.

Vesper contenía a dos espectros con la mente.

El esfuerzo era visible. El sudor le perlaba la frente.

Las manos le temblaban. Un hilillo de sangre brotó de su nariz y recorrió el surco de su labio superior sin que él se la limpiara, porque limpiarla habría requerido mover una mano y mover una mano habría requerido soltar una de las cadenas invisibles que mantenían a los espectros a raya.

No puedo aguantar mucho más , pensó. Pero puedo aguantar un poco más. Y un poco más es todo lo que necesitamos.

Pero no todos los espectros estaban frenados.

El Ojosverde —la aberración de seis brazos y múltiples rostros— había entrado en la casa. Los trucos mentales de Vesper resbalaban sobre él como agua sobre piedra pulida. Fuera lo que fuese aquella cosa, su mente era diferente. Más densa. Más organizada. Más inteligente .

Y había otro.

Uno que se movía con una discreción que no era propia de los espectros normales.

Una forma más oscura que las demás, más definida, con una actitud que sugería pensamiento donde los otros solo mostraban hambre.

Se había deslizado entre los espectros confundidos, había rodeado la casa por el lateral y ahora se aproximaba a Vesper por el flanco derecho con la paciencia de un cazador que ha identificado al miembro más peligroso de la manada y ha decidido eliminarlo primero.

Flotó junto a la anciana sin mirarla. La anciana lo vio pasar. Intentó extender su mirada hacia él, su presencia, su autoridad. Pero ya estaba concentrada en mantener quieto al espectro del pasillo, y dividir su atención era dividir su poder.

El espectro oscuro la ignoró.

Tenía la vista fija en Vesper.

Vesper lo sintió antes de verlo.

Una presencia a su derecha. Una inteligencia que lo observaba con la calma de un depredador que ha tomado una decisión y no tiene prisa por ejecutarla.

Abrió los ojos.

El espectro estaba a dos metros. Más definido que los demás. Sin los ojos esmeralda del Ojosverde, pero con algo peor: una quietud . Los espectros normales eran hambre en movimiento. Este era algo más. Este pensaba .

Vesper lo observó.

El espectro lo observó.

Sus miradas se encontraron —si es que se puede hablar de mirada en algo que carece de ojos en el sentido convencional— y se produjo algo que Vesper reconoció al instante: un reconocimiento mutuo . Dos inteligencias evaluándose. Dos mentes calculando la amenaza que representaba la otra.

La mirada de Vesper fue la primera en hablar.

Era una mirada catalogadora. Una de esas que decía: Te he analizado. Te he catalogado. Te he extrapolado. He escrito un tratado y dos doctorados sobre ti, y no estoy impresionado. Solo eres un interés académico más.

El espectro sintió la mirada .

Torció el gesto —un movimiento mínimo en lo que pasaba por su rostro, una mueca que contenía irritación y algo parecido a la ofensa personal.

Y sin apartar la vista de Vesper, alzó un brazo.

La mano se extendió hacia la derecha. Hacia la anciana.

Vesper comprendió lo que iba a ocurrir una fracción de segundo antes de que ocurriera.

—¡No! —gritó.

El dedo del espectro tocó la sien de la anciana.

El efecto fue instantáneo.

La anciana cayó como si le hubieran cortado los hilos. Un grito —no un grito de dolor sino de invasión , el sonido de alguien cuya mente está siendo violada por algo que no debería existir— escapó de su garganta y rebotó por las paredes de la casa como una campana rota.

Se desplomó en el suelo. Los ojos se le tornaron negros. No el negro de la inconsciencia: el negro de algo que ha entrado donde no fue invitado. Un negro que se movía detrás de sus pupilas como tinta vertida en agua.

Apretó los dientes. Apretó los puños contra el suelo de madera. Las uñas arañaron las tablas.

— Sal de mi cabeza —rugió.

Y era un rugido. No la voz de una anciana frágil.

Era la voz de una mujer que había sobrevivido décadas en un bosque podrido, que había custodiado una espada legendaria sin empuñarla, que había mantenido a raya el fin del mundo con un bastón y pura terquedad.

Una mujer que se negaba a ser derrotada en su propio territorio, y su mente era su territorio más íntimo.

Pero la oscuridad empujaba.

Sus manos temblaron. Su espalda se arqueó. El gorro brujesco cayó al suelo .

No la doblegarás , pensó Vesper. Y luego, en voz alta, con una calma que no sentía:

—No la doblegarás.

El espectro lo miró. El dedo seguía en la sien de la anciana. La boca se curvó en algo que podría haber sido una sonrisa si las sonrisas pudieran ser obscenas.