21.CAPÍTULO 21 VESPER Y LOS ESPECTROS
Capítulo XXI
Helen retomó la consciencia con la aparatosidad de alguien que ha dejado todo tipo de dignidad en la tarde anterior y no tiene intención de recuperarla.
Se hallaba tirada sobre la mesa de la cocina.
A medias. La mitad superior de su cuerpo yacía sobre la madera con un brazo colgando y el pelo esparcido entre platos sucios como las algas de un naufragio.
La mitad inferior estaba en la silla, pero solo técnicamente, porque sus piernas habían adoptado ángulos que habrían preocupado a un médico.
Y uno de los dedos del pie de Misteria estaba en su boca.
Misteria dormía encima de Helen. No al lado ni cerca.
Encima. Boca arriba, con la cabeza apoyada en la espalda de Helen y los pies en su cara, con la distribución espacial de un gato que ha encontrado el lugar más inconveniente posible para dormir y se ha comprometido con esa decisión a nivel molecular.
La anciana se hallaba en el suelo.
Roncando a todo volumen.
Abrazada a un plato.
Con setas sobre su rostro.
El gorro brujesco estaba ladeado en un ángulo que sugería que la gravedad había intentado quitárselo y había perdido. Los ojos semicerrados dejaban ver una rendija blanca que, combinada con los ronquidos y las setas faciales, creaba una imagen que ninguno de los presentes querría recordar jamás .
Helen abrió un ojo.
Apartó uno de los mechones de pelo que le cubrían el rostro.
—Qué joraje… —murmuró. Intentó decir «qué hora es» pero su boca estaba ocupada por el dedo del pie de Misteria y su cerebro por un dolor de cabeza que le sugería, con la insistencia de un acreedor, que las setas de la noche anterior habían sido una idea espectacular mientras duraban y una idea terrible en retrospectiva.
Retiró el pie de Misteria de su boca con la delicadeza de un arqueólogo manipulando una pieza frágil. Misteria murmuró algo en sueños y rodó sobre sí misma hasta quedar acurrucada en la mesa como un ovillo de pelo negro y manta.
Helen se levantó.
El dolor de cabeza vino a saludarla con la amabilidad de un ladrillo lanzado desde un segundo piso.
Las setas , pensó. Las malditas setas. Nota mental: preguntar a la anciana qué demonios contenían esas setas. Segunda nota mental: no comer más de dos cucharadas la próxima vez. Tercera nota mental: habrá próxima vez porque estaban increíbles.
—Oh, magnífico. Has despertado.
La voz provenía del sillón.
Helen se giró. El sillón estaba a contraluz, recortado contra el ventanal por el que entraba la luz grisácea de la mañana. Solo podía ver una silueta. Una silueta sentada con la tranquilidad de alguien que lleva tiempo ahí. Volutas de humo se elevaban desde lo que parecía ser una taza.
Helen evaluó la situación con la rapidez que sus neuronas maltratadas le permitían.
Hay un desconocido en el sillón. Un desconocido que ha estado observándonos dormir. Un desconocido que ha tenido tiempo de hacerse una infusión. Si hubiera querido asesinarnos en la noche, habría tenido oportunidades de sobra. Ergo, muy mala persona no es.
A estas alturas, Helen había pillado el truco a esto de ser pragmática .
—¿Quién eres? —preguntó, agarrándose las sienes en el signo universal de las consecuencias no deseadas.
—Las preguntas, muchacha —dijo la voz, y era una voz grave, medida, con la cadencia de alguien acostumbrado a que le escuchen—, las haré yo.
Helen pensó que seguramente habría entrecerrado los ojos y juntado las manos para dar más dramatismo a sus palabras. Pero para Helen, en su estado actual, solo era un borrón hablante con tendencias teatrales.
Una idea cruzó su mente.
Se levantó del todo. Parpadeó tres veces, intentando enfocar.
—Eres… —empezó.
La silueta se inclinó ligeramente hacia delante.
—¿Eres Jesper? —dijo Helen—. Noooo,Vesper… Vesper Estrellitas.
El silencio que siguió fue el tipo de silencio que se produce cuando alguien que estaba disfrutando de su anonimato dramático descubre que lo han reconocido antes de terminar su monólogo de presentación.
— Estellaris —corrigió la voz, y había una nota de dignidad herida en la corrección—. Y es señor Estellaris.
Helen avanzó hacia él a tientas. De cerca, observó mejor al anciano.
Estaba sentado con la compostura de alguien que ha convertido la dignidad en un estilo de vida.
La túnica era de un azul oscuro, desgastada en los codos y los puños pero todavía noble en su aspecto general.
El cayado descansaba apoyado contra el respaldo del sillón.
Tenía una barba gris, recortada con precisión, y unos ojos que brillaban con una inteligencia que hacía que Helen sintiera que estaba siendo evaluada, clasificada y archivada en tiempo real.
Y sostenía una taza de infusión con la autoridad de un emperador sosteniendo un cetro.
Helen sonrió.
Con un movimiento rápido le quitó la taza a Vesper, que a estas alturas empezaba a encontrarse sobrepasado por los acontecimientos.
—¿Esto es el café que tomáis en este mundo? —preguntó, inspeccionando el contenido de la taza. Era un líquido ámbar oscuro que olía a hierbas y a algo vagamente tostado.
Acto seguido, se lo tomó de un trago.
Vesper observó cómo su infusión —su infusión personal, preparada con hierbas que él mismo había seleccionado, en una taza que él había encontrado en la cocina, con agua que él había calentado en la chimenea— desaparecía en el interior de una mujer en pijama de gatos con restos de setas en el pelo.
Helen se limpió la boca con el dorso de la mano.
Estiró la mano derecha en formato saludo.
—Helen Ravencroft. Soy amiga de Articus. Me ha hablado de usted. Es todo un referente en este mundo.
— Mundo —musitó Vesper, y algo encajó en su mente—. Tiene sentido.
—¿La encontró en el bosque? —preguntó Vesper, pero sus ojos no miraban a Helen.
Miraban a Misteria.
Misteria, que se había despertado en algún momento durante la conversación, estaba sentada en la mesa con las piernas colgando y una empanadilla a medio comer en la mano.
Le dedicó a Vesper una inusitada variedad de miradas: primero indiferencia, luego evaluación, luego algo que podría haber sido hostilidad contenida.
Vesper dio un paso hacia la mesa para observarla más de cerca.
Recibió una patada en la espinilla.
—¡Ah! —el anciano retrocedió, más sorprendido que dolorido, mirando a la niña con los ojos muy abiertos.
—Sí —dijo Helen—, hace eso.
Vesper se frotó la pierna y miró a Misteria con una expresión que combinaba fascinación académica con prudencia recién adquirida.
Helen comenzó a narrar sus aventuras. El encuentro con los bandidos. La cripta. La biblioteca subterránea. La torre. El encuentro con la anciana. Su retorno a la casa.
Vesper la escuchaba interrumpiendo constantemente para pedir más detalles —«¿Qué tipo de glifos exactamente?
», «¿Los espectros mostraron reacción a la luz?
», «¿Puedes describir la textura de la hoja?
»— y atusándose la barba con el gesto pensativo de un hombre que está reorganizando su comprensión del universo en tiempo real.
La anciana —que se había despertado al oír la voz de Vesper, se había quitado las setas de la cara con una dignidad sorprendente y se había incorporado sin hacer comentarios sobre su posición en el suelo— miraba a Vesper con esas miradas que guardan un cariño de décadas.
Eran conocidos. Viejos amigos. Y eso le había valido a Helen y a Misteria un trato más amable del que habrían recibido de otro modo.
Cuando todo fue relatado y toda pregunta fue realizada y respondida, Vesper se reclinó en el sillón. Sus ojos se perdieron en el fuego de la chimenea durante un momento largo.
Luego una idea vino a su cabeza. Se inclinó hacia delante.
—Venís de otro mundo. ¿No? Articus. Y tú.
—Sí —contestó Helen, con una ligera sonrisa que parecía disculparse por invadir un plano de existencia sin invitación.
—Otros mundos —musitó Vesper, pensativo—. Viajeros del Umbral.
Se acarició la barba. Helen pudo ver cómo las piezas se iban encajando detrás de esos ojos brillantes, como un reloj cuyos engranajes empiezan a girar después de mucho tiempo parados.
—Vuestro mundo —dijo—, ¿no está afectado por la corrupción?
—No, no. Está perfectamente bien —respondió Helen—. Bueno, tiene sus problemas, pero no del tipo… espectral.
—Bien —asintió Vesper, y su tono se tornó serio. Serio de verdad. No el serio teatral de antes, sino el serio de alguien que carga con un peso y decide compartirlo—. Debemos asegurarnos de que siga así.
Hizo una pausa.
—Este plano está condenado. Aquí ya solo podemos resistir. El fin es cuestión de tiempo.
El silencio que llenó la habitación fue el tipo de silencio que sigue a las verdades que nadie quiere oír pero que todos sospechan.
Luego Vesper pareció animarse. Una chispa volvió a sus ojos.
—Pero aún queda tiempo —dijo—. Y más del que parece, si jugamos bien nuestras cartas.
Esta casa… —se levantó del sillón y caminó hacia la ventana, mirando la fachada interior con ojos nuevos—.
Por lo que he podido estudiar, está frenando de alguna forma la corrupción.
Influye en cómo se extiende. Es como un dique.
Un freno. Los esfuerzos de la corrupción se vuelcan en esta casa, dando más tiempo a las zonas cercanas.
Hizo un gesto amplio con el brazo para abarcar lo que había más allá de los muros.
—Toda esta zona está aguantando. Todavía hay vida aquí. Los huertos. Las barreras básicas. Eso es algo. Hay esperanza. Aquí, en esta casa, somos más fuertes.
Hizo otra pausa. Más corta. Más pesada.
—Y a la vez, estamos más en peligro.
Helen se levantó. Sacó la espada del cinto con un movimiento fluido que era, objetivamente, bastante impresionante. La hoja brilló con reflejos azulados en la luz gris de la mañana.
Y en un gesto teatral —porque Helen nunca había conocido un gesto teatral que no le apeteciera ejecutar—, levantó la espada y dijo:
—Contáis con mi ayuda.
—¡Eso es una señora espada! —dijo Vesper, animándose visiblemente. Se acercó. Sus ojos brillaron con un entusiasmo que le quitaba treinta años de encima—. ¡Es la espada!