20.CAPÍTULO 20 EL REGRESO A LA CASA #3
Lo cual significó que desapareció en el bosque tres veces, provocando tres sobresaltos capaces de arrancarle el alma a Helen, y reapareció cada vez con los brazos cargados de productos: frutos secos, hierbas aromáticas, setas de aspecto sospechoso, raíces que olían a tierra y a algo vagamente medicinal.
Todo este material lo fue apilando en la mesa de la cocina con la meticulosidad de un coleccionista ordenando su exposición.
Helen dejó de preguntarse cómo una niña de ocho años sabía diferenciar las setas venenosas de las comestibles en un bosque sobrenatural. Había aprendido que con Misteria era mejor aceptar los resultados y no investigar los métodos.
Cuando llegó la noche, cerraron todas las puertas y ventanas .
Encendieron la chimenea del salón y el fuego llenó la estancia de una luz dorada que hacía que las sombras bailaran en las paredes con la gracia de actores en un teatro de sombras.
Se sentaron a descansar.
La anciana había cocinado. Un estofado de setas y nueces que olía extraordinariamente bien y que tenía una textura carnosa que Helen no esperaba.
Las setas no eran como ninguna que hubiera probado antes.
Eran densas, sabrosas, con un sabor hondo y terroso que llenaba la boca y se extendía por el cuerpo como una ola de calor.
Helen comió. Y comió. Y siguió comiendo.
No la llenaron de comida. La llenaron de algo diferente.
Una extraña alegría. Una ligereza. Unas ganas de hablar, de reír, de compartir historias que surgían del fondo de su pecho como burbujas en una copa de champán.
El efecto era similar a cuando se bebía un par de pintas después de los exámenes en la universidad: esa sensación de que el mundo es un lugar fundamentalmente aceptable y de que las personas que te rodean son las mejores personas que podrían existir.
—Es usted —dijo Helen, señalando a la anciana con la cuchara— una cocinera tremebunda.
La voz le salió más animada de lo normal. Más aguda. Con un vibrato que sugería que las setas estaban haciendo efecto.
—Y tú eres una comensal maravillosa —respondió la anciana, y su voz también tenía un tono diferente. Más suave. Casi… ¿afectuoso?
Se miraron.
Y se rieron.
No una risa normal. Una risa que empezó como una risita contenida y creció hasta convertirse en una carcajada que sacudió la mesa, hizo tintinear los platos y espantó al polvo de los rincones de la habitación.
—¡Eres la mejor! —dijo Helen, con los ojos brillantes y la cara roja.
—¡No, tú eres la mejor! —replicó la anciana, golpeando la mesa con la palma de la mano.
—Hic —añadió Misteria.
Helen y la anciana se quedaron congeladas. Se giraron hacia Misteria.
Misteria tenía una sonrisa en la cara. Una sonrisa real . Amplia. Plenamente expuesta. Una sonrisa que ocupaba toda su cara y que transformaba sus rasgos pálidos y sus ojos negros en algo que era, contra toda probabilidad, absolutamente adorable.
Hic.
Se miraron. Miraron a Misteria. Volvieron a mirarse entre ellas.
Y la risa volvió. Más fuerte. Más descontrolada. Helen rió hasta que le salió parte del estofado por la nariz —lo cual debería haber sido asqueroso pero que en el contexto resultó hilarante—, y la anciana rió palmeando la mesa con una energía que hacía temblar los platos.
Misteria se subió a la mesa.
Y empezó a hacer una imitación de Helen.
Sostuvo la cuchara en la mano como si fuera una espada. Se irguió. Se puso muy seria. Hizo una floritura con la cuchara —un molinete torpe pero reconocible—. Y entonces hinchó los mofletes.
Jo jo jo.
Helen cayó de la silla.
Literalmente. Se desplomó al suelo con un golpe sordo, agarrándose el estómago, incapaz de respirar, incapaz de parar, la risa saliendo de ella como un torrente que ha roto un dique.
La anciana se agarró el estómago del dolor, las lágrimas corriendo por sus arrugas como ríos por un mapa topográfico.
Misteria, satisfecha con su actuación, se sentó en la mesa con las piernas cruzadas y continuó comiendo estofado con la cuchara-espada y una expresión de dignidad que sugería que ella era la única persona cuerda en aquella habitación .
Las risas llenaban la casa. Rebotaban contra las paredes, salían por las ventanas, se escapaban por las rendijas de las puertas.
Las sombras proyectadas por el fuego de la chimenea bailaban en los cristales, cálidas y largas, alcanzando el jardín exterior como dedos de luz.
Y en el exterior, más allá de la verja, una figura observaba la escena.
Las risas llegaban hasta él, amortiguadas por la distancia y los muros de piedra, pero inconfundibles. Risas humanas. Risas de personas que están vivas y que, al menos por esta noche, han decidido que estar vivas merece una celebración.
La figura esbozó una sonrisa.
Se acercó a la puerta principal. Pero antes de abrirla, se detuvo. Ladeó la cabeza. Escuchó otra carcajada, más fuerte que las anteriores, seguida de un golpe —probablemente alguien cayéndose de algo— y más risas.
—Bueno —murmuró—, puedo esperar a mañana.
Se giró. Su cayado golpeó el suelo empedrado con un sonido suave. Su túnica ondeó levemente con la brisa nocturna.
Se alejó hacia el cementerio y descendió a la cripta.
Fin del Capítulo 20