La Casa de las Hojas Muertas 20.CAPÍTULO 20 EL REGRESO A LA CASA #2
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20.CAPÍTULO 20 EL REGRESO A LA CASA #2

El recibidor estaba en penumbra. La escalera de doble tramo subía hacia la oscuridad del piso superior. Los haces de luz entraban por el ventanal sucio, iluminando las motas de polvo que bailaban en el aire como siempre lo hacían, indiferentes a los dramas humanos.

Observó los espacios conectados al recibidor. Todo estaba en calma. Una calma que era demasiado perfecta para ser natural.

En la cocina, algunos recipientes estaban volcados.

La luz de la mañana entraba tímidamente por la ventana, iluminando un desorden que contaba una historia de salida precipitada.

El salón igualmente se encontraba agitado: cojines en el suelo, una silla volcada, un libro abierto boca abajo sobre la alfombra como un pájaro muerto.

Sintió algo a su espalda.

Misteria.

Misteria había atravesado el recibidor —en algún momento entre «Helen le entrega las empanadillas» y «Helen inspecciona la cocina», un intervalo que no podía haber sido superior a treinta segundos— y subía por las escaleras con la velocidad de algo que no debería poder moverse tan rápido con las piernas tan cortas.

—¡Misteria! —siseó Helen, y la persiguió escaleras arriba antes de que le diera tiempo a terminar de pronunciar su nombre.

Pero cuando llegó al rellano, Misteria ya bajaba.

Con una manta en las manos.

Su manta de siempre. La que había dejado en la habitación. La que usaba para dormir, para acurrucarse, para construir fortalezas de comodidad en cualquier superficie disponible.

Pasó al lado de Helen.

Le dedicó una de sus inconfundibles miradas de indiferencia —la mirada que decía «no sé por qué te alteras, yo solo he ido a buscar lo que necesitaba, que es más de lo que puedo decir de ti»— y se dirigió al salón, donde se acurrucó con su manta en el sofá.

A los quince segundos, roncaba.

Helen la observó con una mezcla de admiración y desesperación que era, a estas alturas, su estado emocional predeterminado respecto a Misteria.

Esta niña , pensó, se desplaza como una liebre asustada cuando le conviene y como un caracol exhausto cuando no. No hay término medio. No hay paso intermedio. Es la carrera o la siesta. Nada entre medias.

Terminaron de inspeccionar la casa con menos angustia. No había espectros dentro. No había criaturas. No había amenazas visibles, aunque la ausencia de amenazas visibles nunca era garantía de nada en este mundo.

Cuando se sintieron seguras —o tan seguras como era posible sentirse en una casa señorial abandonada en un mundo en descomposición—, la anciana habló.

—Los espectros se aparecieron aquí —no era una pregunta—. Es porque algo les atrajo, algo que continúa aquí.

—A menos que ese algo fuese Articus y esos libros —matizó Helen.

—Cierto. Cierto —concedió la anciana, tamborileando los dedos contra la mesa de la cocina. Los ojos se le empequeñecieron mientras seguía una línea de pensamiento que Helen no podía ver pero casi podía oír: el sonido de una mente vieja y afilada encajando piezas.

—¿Y qué si están interesados en la casa? —dijo Helen—. ¿En los libros?

—O en tu amigo Articus. O en ti.

—¿En mí?

—En ti —repitió la anciana con la paciencia de quien habla con alguien que todavía no ha entendido lo obvio—. Tú no perteneces a este mundo. Eso los atrae.

Otra pausa. Más larga esta vez.

—¿Y en la niña?

El silencio que siguió fue diferente a los anteriores. Más denso. Más pesado. Como si el aire de la cocina hubiera decidido volverse sólido durante un instante.

Misteria permaneció ajena a la conversación, roncando suavemente en el sofá del salón con la manta enrollada alrededor de su cuerpo como un capullo.

—No sé qué es esa niña —dijo la anciana en voz baja—. Pero es algo .

Helen digirió las palabras. Las masticó. Las tragó. No le gustó el sabor.

De repente, la anciana se incorporó. Su semblante cambió: el gesto pensativo desapareció y fue reemplazado por su versión gruñona y mandona habitual, que era como ponerse una armadura hecha de mal genio.

—Bueno —dijo, atusándose el vestido y arremangándose como quien se prepara para fregar los platos del apocalipsis—, hay mucho que hacer.

Sin duda, esta casa es algo importante. Vamos a protegerla.

Necesito revisar sus defensas, lo que quede de ellas.

Y necesito ideas nuevas. Sus espectros tienen sustancia física ahora.

Si podemos protegernos aquí mejor de lo que haríamos en la torre, esta es nuestra base.

—Deberíamos buscar a Articus —intervino Helen.

—El muchacho volverá a la casa cuando sea segura. Dejaremos la chimenea encendida. Total, ya no tiene sentido mantenernos ocultos. Lo que sea que ha crecido en este bosque ya sabe que estamos aquí.

El muchacho volverá , pensó la anciana. Y añadió, en una parte de su mente que no compartió con nadie: Si sigue vivo.

Las siguientes horas se sucedieron con un frenesí de actividad que transformó la casa .

La anciana trabajó con una energía que habría avergonzado a personas con la mitad de sus años.

Recorrió cada habitación, cada pasillo, cada rincón, palpando los marcos de las puertas y las piedras de las ventanas con los ojos cerrados, murmurando para sí misma con la concentración de un cirujano evaluando al paciente.

Consiguió reactivar algunas defensas: glifos medio borrados que, con sus manos y su conocimiento, volvieron a emitir un zumbido casi inaudible, como cuerdas de un instrumento que vibran por simpatía.

Helen se encargó de las defensas físicas. Reforzó puertas y ventanas con tablones, clavos y una determinación que compensaba con creces su total falta de experiencia en carpintería. Los resultados eran funcionales aunque no bonitos, lo cual era básicamente la definición de todo lo que Helen hacía.

La anciana dejó algunas notas en la cripta y en el camino que llevaba a la casa. Notas escritas en símbolos que Helen no podía leer pero que, según razonó, solo Articus sabría descifrar. Migas de pan para un contable perdido en un bosque imposible.

Misteria ayudó a su manera.