La Casa de las Hojas Muertas 20.CAPÍTULO 20 EL REGRESO A LA CASA
72%

20.CAPÍTULO 20 EL REGRESO A LA CASA

Capítulo XX

Helen se ajustó la espada al cinto.

El cinturón de cuero improvisado no era exactamente el accesorio que una esgrimista habría elegido para portar un arma legendaria —era más bien el tipo de cosa que un campesino usaría para sujetar una cabra especialmente desobediente—, pero cumplía su función, y a estas alturas Helen había aprendido que en este mundo cumplir la función era el noventa por ciento de la excelencia.

—Es una locura —dijo la anciana.

Estaba de pie en el centro de su casita, con el bastón apretado contra el suelo y una expresión que oscilaba entre la indignación y el pánico con la velocidad de un péndulo en plena tormenta.

—Es peligroso. Es una imprudencia. Es una temeridad.

—Tengo que volver a la casa —dijo Helen, ajustándose el cinturón con la calma de quien ya ha tomado una decisión y sabe que ningún argumento del mundo va a cambiarla—. Articus está ahí fuera. Perdido. Podría estar herido. Es una rata de biblioteca, no un explorador. Tengo que ayudarle.

—¡Te estás poniendo en peligro a ti y a la niña!

La anciana señaló con el bastón hacia Misteria, que se encontraba encaramada a la espalda de Helen con la firmeza estructural de una lapa adherida a una roca en plena marea.

Helen suspiró.

—Puedes intentar despegar a Misteria de mí, si quieres. En cuanto supo que iba a buscar a Articus, se agarró a mí y no hay forma humana, sobrehumana ni diplomática de quitarla.

La anciana volvió a mirar a Misteria.

Misteria la miró con sus ojos grandes y negros.

No dijo nada. No tenía que decir nada. Había una promesa suspendida en el aire entre ellas, tan clara como si estuviera escrita en letras de fuego:

Atrévete.

—Si no salieras de aventura —gruñó la anciana, agarrando el bastón con renovada frustración—, la niña tampoco saldría. Sé razonable, muchacha.

—Voy a salir —dijo Helen.

Y empujó con el dedo índice el pecho de la anciana. Suavemente. Con cariño. Pero con una firmeza que no admitía réplica.

La anciana parpadeó. Nadie le había empujado el pecho con el dedo índice en décadas. Posiblemente en toda su vida. Era la clase de gesto que la gente reserva para las personas a las que quiere lo suficiente como para no tenerles miedo.

Algo cambió en su expresión. El enfado permaneció —porque el enfado era parte constitutiva de la anciana, como lo eran las arrugas y el bastón y la incapacidad genética de decir algo agradable sin envolverlo en tres capas de gruñido—, pero debajo asomó otra cosa.

Preocupación genuina. Que es la versión del cariño que usan las personas que nunca han aprendido a decir «te quiero» y en su lugar dicen «no te mueras, imbécil».

—Vamos a salir a salvarlo —corrigió la anciana.

Helen parpadeó.

—¿Vamos?

— Vamos —repitió la anciana, y la palabra sonó como una piedra cayendo al fondo de un pozo: definitiva—. Os acompaño. Pero si esto se pone feo, huiremos.

—Hecho.

—Si nos enfrentamos a un peligro mortal, nos iremos corriendo.

—Confirmado.

—Si se pone feo —insistió la anciana, porque claramente no confiaba en la capacidad de Helen para evaluar lo que constituía «feo» en un mundo donde los espectros sobrevivían a la luz del día y los árboles bloqueaban el cielo.

—Si se pone feo —confirmó Helen. Y luego, con una sonrisa amplia y luminosa que ocupó toda su cara—: Nos vamos de aventura.

La anciana se preparó con la eficiencia de alguien que ha tenido que huir de muchos sitios y ha perfeccionado el arte de empaquetar lo esencial en el menor tiempo posible.

Cogió su gorro brujesco. Su levita desgastada, del color de la corteza de un árbol, con botones que habían sobrevivido a más batallas que la mayoría de los ejércitos.

Un zurrón en el que introdujo objetos que Helen no pudo ver y que la anciana no se molestó en explicar, porque explicar cosas no estaba entre sus habilidades ni entre sus intenciones.

Y finalmente, agarró su vara. Su bastón.

Esa rama retorcida que no era un arma ni era un apoyo ni era un bastón de mando, sino las tres cosas a la vez, y que le daba, con la levita y el gorro, un aspecto que estaba a medio camino entre la bruja del bosque y la aventurera retirada que ha decidido que la jubilación es aburrida.

Helen, mientras tanto, se contempló a sí misma.

El pijama de gatos. El cinturón caído con la espada colgando. Las botas embarradas que había logrado calzarse antes de salir de la casa.

No era exactamente el aspecto heroico que la situación requería.

Inconscientemente, hizo un puchero.

La anciana debió de entender algo, porque soltó el aire con esa expiración que la gente usa cuando está a punto de hacer algo generoso pero necesita que parezca que le molesta hacerlo.

Abrió un baúl pegado a la cama .

Y sacó una capa y unos guantes.

La capa era negra, con un ribeteado de morado oscuro que bordeaba los extremos con la elegancia de un susurro.

Parecía terciopelo, pero cuando Helen la tocó sintió un forro interior diferente: una especie de malla fina, ligera, que sugería que aquella prenda no había sido diseñada solo para la estética sino para algo más práctico.

Aun así, era increíblemente ligera. Pesaba menos que una manta y se movía como agua oscura.

Los guantes iban a juego. Del mismo material. Negros con costuras moradas que recorrían los dedos como venas decorativas.

Eran de una elegancia que Helen no esperaba encontrar en un baúl, en una casita del bosque, en un mundo en decadencia.

Helen apretó los labios.

Contuvo su emoción.

Recibió las prendas con la mayor seriedad que el momento requería —que era mucha, porque la anciana la estaba observando con esa mirada de quien entrega algo importante y quiere asegurarse de que la receptora está a la altura.

Bajo con delicadeza a Misteria y se puso la capa. Se ajustó los guantes.

La anciana y Misteria la observaron.

Misteria, asintió levemente. Lo cual, viniendo de Misteria, era el equivalente a una ovación de pie con confeti y fuegos artificiales.

Helen se miró las manos enfundadas en los guantes oscuros. Miró la capa que caía desde sus hombros con un vuelo que era, objetivamente, espectacular. Miró la espada al cinto.

La cara se le puso roja. Los labios se apretaron. El aire empezó a salir de sus carrillos hinchados.

No , se dijo. Ahora no. Compostura. Dignidad. Soy una guerrera. Las guerreras no hacen «jo jo jo».

Se mantuvo. Apenas. Con la tensión de un globo al límite de su capacidad.

La anciana la miró con los ojos entrecerrados, como quien vigila un volcán que ha decidido no erupcionar pero que claramente no ha terminado de pensar en ello.

—Andando —dijo Helen, y su voz solo tembló un poco.

Caminaron toda la mañana.

La anciana marcaba el paso con una energía que desmentía sus años y una orientación que desmentía su aspecto de persona que podría perderse en su propia cocina.

Conocía cada árbol, cada piedra, cada raíz que sobresalía del sendero con intención homicida.

Avanzaba con el bastón golpeando el suelo a un ritmo constante — toc, toc, toc — que se convirtió en el latido del viaje.

Misteria había abandonado la espalda de Helen en algún momento del primer cuarto de hora y ahora caminaba entre las dos, con una manta prestada enrollada bajo el brazo y las esferas de cristal sujetas contra el pecho.

Caminaba con esa determinación silenciosa que tienen los niños que han decidido que van a llegar a donde sea que vayan aunque les cueste la vida, pero que preferirían que alguien les llevara en brazos.

Helen iba delante. Espada al cinto. Capa ondeando.

Estoy en un mundo paralelo , pensó, caminando por un bosque de árboles titánicos con una anciana gruñona, una niña con los ojos negros y una espada legendaria, y voy vestida con un pijama de gatos debajo de una capa de terciopelo.

Mi madre me mataría.

Mi madre me mataría y luego me preguntaría por qué no llevo ropa interior limpia.

El pensamiento le arrancó una sonrisa que duró todo el camino.

Llegaron a la casa señorial a media mañana .

Helen la vio primero: la silueta familiar de la verja de hierro forjado, la fachada de piedra gris con sus tres plantas y sus ventanas oscuras, el jardín invadido por la maleza. Todo estaba como lo recordaba.

Y, al mismo tiempo, todo estaba diferente.

Había un silencio que no era el silencio habitual de la casa.

El silencio habitual era el de un lugar viejo y abandonado, un silencio de polvo y madera seca, de habitaciones vacías esperando a que alguien las llene.

Este silencio era otro. Era el silencio de algo que contiene la respiración.

El silencio de una trampa esperando a ser pisada.

La anciana se detuvo en la verja. Apoyó una mano en los barrotes y cerró los ojos. Con la otra mano apretó el bastón hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

Palpó el hierro. Movió los dedos por las volutas oxidadas como si leyera un texto escrito en metal.

Torció el gesto.

—La casa está expuesta —murmuró—. Desprotegida.

Helen avanzó por delante de la anciana. Espada en mano. Y Misteria agarrada a su pierna derecha con la fidelidad gravitacional de una luna diminuta y silenciosa.

Miró hacia la puerta del cementerio, a la derecha. Cerrada. Luego miró hacia la entrada principal de la casa.

La puerta estaba entreabierta.

Escudriñó las ventanas. Oscuras. Vacías. Ni movimiento ni sonido. Avanzó con cautela hacia la entrada, cada paso medido, cada sentido alerta.

La puerta se mecía levemente con una brisa que provenía del interior de la casa, como si la casa respirara.

Helen apartó a Misteria de su pierna con delicadeza —lo cual requirió más fuerza de la que habría esperado, porque Misteria se agarraba con una intensidad que sugería que sus dedos habían desarrollado propiedades adhesivas—, le entregó unas empanadillas que guardaba en el bolsillo de la capa para tenerla entretenida, y empujó suavemente la puerta.

Un ligero crujido llenó el recibidor.

Helen se detuvo un segundo. Luego avanzó.