La Casa de las Hojas Muertas 19.CAPÍTULO 19 ARTICUS Y EL PUEBLECITO #3
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19.CAPÍTULO 19 ARTICUS Y EL PUEBLECITO #3

Sigue habiendo esto , pensó, mirando los huertos bañados por el sol, los tejados con sus remiendos, los niños que corrían entre las casas como si el mundo no se estuviera cayendo a pedazos a cien kilómetros de allí.

Sigue habiendo sitios donde las chicharras cantan y la fruta crece y los niños hacen preguntas y se ríen. Sigue habiendo vida.

Merece la pena , pensó. Y no era un pensamiento grandilocuente ni épico. Era un pensamiento de contable: una simple suma de lo que hay frente a lo que se podría perder, y el resultado era un número positivo.

La cena fue copiosa.

Comieron en la plaza, bajo el cielo del atardecer, en una mesa larga montada entre la fuente —ahora funcionando con orgullo renovado— y el muro donde el gato seguía durmiendo con la constancia de un funcionario público.

Pan, queso, embutido, una sopa espesa de verduras del huerto que sabía como debería saber toda la comida y casi nunca sabe, y más de aquel vino dulzón que Articus estaba empezando a considerar una de las grandes contribuciones de la civilización al bienestar humano.

El aire era tibio. Las chicharras habían cedido el turno a los grillos, que ejecutaban su letanía nocturna con la eficiencia de una guardia bien organizada. Las estrellas empezaban a asomar por los huecos entre las copas de los árboles lejanos.

Podría quedarme aquí , pensó Articus, y le sorprendió lo real que sonaba el pensamiento. Podría quedarme aquí, reparar glifos, comer longaniza, estudiar el misterio del pozo. Sería una buena vida. Sería una vida tranquila.

Luego miró al cielo del norte, donde las nubes tenían ese tono que no era del todo normal.

No , pensó. Pero vendremos todos. Helen, Misteria y yo. Cuando todo se arregle. Vendremos a comer longaniza.

Después de la cena, los niños exigieron una historia con la autoridad de un tribunal supremo dictando sentencia. No era una petición. Era un veredicto.

—Una historia —dijo Articus, sentándose en el banco junto al fuego que habían encendido en la plaza, porque las noches en el campo son frescas y el fuego es el centro gravitacional de cualquier comunidad que se respete—. Corta.

Ocho pares de ojos lo miraron con una atención que habría intimidado a un orador profesional.

—Hubo una vez una niña —empezó Articus— que no era como las otras.

»No porque fuera especial de las maneras que los libros llaman especial. No sabía dibujar símbolos. No tenía una espada ni una profecía. No hablaba con los animales ni con las estrellas. Lo que tenía era algo más raro: sabía exactamente dónde estar.

»Siempre. En cada momento. Sabía cuándo era hora de dormir y cuándo era hora de estar despierta. Sabía cuándo alguien necesitaba que se le diera la mano y cuándo necesitaba que no se le dijera nada. Sabía cuándo el peligro venía por la derecha antes de que el peligro supiera que iba a venir.

»Y sabía, sobre todo, cuándo ponerse entre el peligro y las personas a las que quería.

»No lo hacía con gritos ni con heroísmos. Lo hacía en silencio, como hace la mayoría de las cosas importantes. Un paso a la izquierda en el momento exacto. Una mano que tira de una manga. Un cuerpo que se interpone sin anunciarlo.

»¿Era valiente? —Articus hizo una pausa—. Yo creo que sí. Pero del tipo de valentía que no tiene nombre en los libros porque no hace ruido.

»Y siempre, siempre, cuando todo terminaba, encontraba el lugar más cómodo disponible y dormía. Porque lo había merecido.

Silencio.

El niño que lo había encontrado en el camino —el del pelo revuelto y las preguntas directas— lo miraba con los ojos muy abiertos.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—Misteria —dijo Articus.

—¿Es real?

Articus miró el fuego. Las llamas bailaban con esa indiferencia que tienen las llamas ante los asuntos humanos.

—Sí —dijo—. Es muy real.

Los niños se durmieron poco después. Uno a uno, como velas que se apagan. El último fue el del pelo revuelto, que se resistió hasta que la gravedad de sus párpados ganó la batalla y se desplomó contra el hombro de su madre con la dignidad de un soldado que cae en su puesto.

Articus los miró.

Lo de Misteria no era un cuento , pensó. Era un recordatorio. Para mí.

Durmió tres horas. No más.

Podría haber dormido diez. El cuerpo se lo pedía con la insistencia de un acreedor al que le deben mucho dinero. Pero la imagen de las nubes del norte no lo dejaba descansar.

Se levantó antes del amanecer. La plaza estaba en silencio. El gato seguía en el muro, lo cual sugería que no se había movido en todo el día y posiblemente había alcanzado un estado de trascendencia felina que los humanos solo podían envidiar.

En la mesa de la taberna, alguien le había dejado un hatillo de tela. Pan. Carne seca. Frutos secos. Queso envuelto en hojas. Y las longanizas. Por supuesto las longanizas.

Al lado del hatillo, una nota. Escrita con una letra que había aprendido a escribir sin que nadie le enseñara, apretada y directa como su dueña:

El camino más rápido: sigue el río hacia el este hasta el árbol partido, luego tuerce al norte. La casa antigua está en esa dirección. Mi padre dice que la recuerda. Dice que tenga cuidado, que a esa casa no le gusta la gente.

Buen viaje, señor de la oveja.

Articus sonrió. Dobló la nota y la guardó en el cuaderno, entre las páginas de glifos, porque era el único sitio donde guardaba las cosas que importaban.

Salió de la aldea antes de que el sol asomara por encima de los árboles.

Miró atrás una última vez. Los sellos nuevos en los dinteles refulgían levemente en la penumbra del alba. Los huertos dormían bajo una capa fina de rocío. Las chicharras aún no habían empezado su turno .

Aguantarán , pensó. Y luego: Todo esto aguantará. Tiene que aguantar. Porque si no aguanta esto, no aguanta nada.

Echó a andar. Con el hatillo a la espalda, la capa ondeando, y el blasón de la oveja mirando hacia el pueblo que dejaba atrás como una promesa de que volvería.

Fin del Capítulo 19