19.CAPÍTULO 19 ARTICUS Y EL PUEBLECITO #2
La casa que hacía las funciones de ayuntamiento, taberna, sala de reuniones y probable sede de festejos era la más grande del pueblo, lo cual no era decir mucho pero sí lo suficiente.
Tenía una sala amplia con vigas de madera oscura en el techo, una barra con jarras de cerveza colgando de ganchos, platos apilados en estantes y una mesa larga con bancos a los lados que invitaba a sentarse con la misma autoridad que un sofá después de un día largo.
Articus se halló sentado en la cabecera de aquella mesa antes de que pudiera protestar, rodeado por una quincena de personas que lo miraban con una atención que no era amenazante sino algo peor: era el entusiasmo de gente que no suele tener noticias, que lleva una vida en la que la máxima diversión es una pelea entre una ardilla y un gato, y que de pronto tiene delante a un hombre con capa de oveja que dice venir de un templo subterráneo.
Explicó lo que creía prudente explicar. Habló de la casa.
Del asalto de los espectros. Le pareció información útil para aquella gente: debían conocer los peligros que acechaban fuera de su valle protegido.
Se presentó como una especie de aprendiz de glifos, y este aspecto en concreto pareció gustar —recibió el asentimiento de los mayores, que intercambiaron miradas que decían «por fin alguien que sabe de glifos» con más claridad que cualquier palabra.
—Necesito volver a la casa —dijo—. Dejé allí a mi amiga Helen y a una niña pequeña llamada Misteria, y temo que les haya pasado algo.
El alcalde —un hombre de unos cincuenta años, ancho, bonachón, con la cara curtida por el sol y un bigote que parecía haber empezado siendo provisional y se había quedado por costumbre— asintió despacio.
—Sí, lo entiendo. Esa casa que describes… Antigua, grande, en el bosque denso. Es familiar. Pero no solemos salir mucho del pueblo. Hablaré con mi padre, que ha recorrido más lugares que ninguno de nosotros. Si esa casa es tan antigua como dices, debería conocerla.
—Es urgente —puntualizó Articus, porque percibía que el ritmo del campo no era exactamente el mismo al que estaba acostumbrado. Aquí las cosas sucedían cuando sucedían, y «urgente» era un concepto relativo que competía con la hora de la siesta y el riego del huerto.
—Claro, claro. Mientras tanto, coma y recupere fuerzas .
El hombre hizo un gesto a una muchacha —su hija, a juzgar por la expresión bonachona que compartían— que trajo de la cocina una procesión de platos que Articus no habría esperado ni en sus mejores sueños.
Hogazas de pan recién horneado, crujientes por fuera y blandas por dentro, con mantequilla que se derretía al contacto.
Un trozo de queso curado que olía como huele la felicidad cuando tiene forma sólida.
Longanizas cortadas en rodajas gruesas que brillaban con la grasa justa, ni una gota más ni una gota menos.
Y un vino dulzón, de color ámbar, que bajó por la garganta de Articus como una disculpa del universo por las últimas semanas.
Articus comió.
Comió con la concentración de un hombre que ha descubierto que la comida es, posiblemente, el mayor invento de la civilización.
Comió con la gratitud de alguien que ha sobrevivido a base de una capa con propiedades inexplicables y pura cabezonería.
Comió hasta que su cuerpo entró en ese estado de sopor cálido que se produce durante la digestión de una buena comida, ese estado en el que el cerebro decide que los problemas del mundo pueden esperar veinte minutos porque las longanizas merecen respeto.
El alcalde esperó pacientemente a que Articus saliera de aquel estado.
—Me preguntaba —dijo, con la naturalidad de quien sabe que un favor se pide mejor con el estómago lleno— si quizá podría ayudarnos. Los glifos del pozo están desgastados y ya no funcionan como antes.
Articus parpadeó.
—Veré qué puedo hacer —dijo.
El pozo estaba en el centro de la plaza, junto a la fuente del chorro triste.
Tenía motivos decorativos en el exterior —volutas de piedra gastadas por el tiempo— y estaba cubierto por un tejadillo de madera que lo protegía de la lluvia con la misma eficacia con la que un paraguas roto protege del diluvio: con buena intención pero resultados discutibles.
Respiraba, sin embargo, un encanto rural tan genuino que a Articus le dieron ganas de sentarse a dibujarlo.
Concéntrate , se dijo. Estás aquí para reparar glifos, no para hacer acuarelas.
Se asomó al interior.
En las paredes interiores del pozo, semicubiertas por el musgo y la humedad, estaban los trazos de los glifos.
Articus sacó una hoja de papel y un trozo de madera carbonizada de la chimenea de la taberna y empezó a calcar los símbolos, apoyando el papel contra la piedra con una mano mientras con la otra sostenía el carboncillo.
Luego se sentó en el borde del pozo y los estudió.
Es un sistema ingenioso , pensó.
Los glifos manipulaban la presión del aire dentro del pozo.
La energía empujaba el aire hacia fuera; el vacío resultante debía subir el agua.
No entendía completamente cómo manejaban la fuente de energía para ese diseño —había un componente que se le escapaba, algo que tiraba de la corrupción ambiental y la procesaba, igual que los glifos de las tierras de cultivo— pero sí veía con claridad los símbolos que se estaban borrando.
Y también veía que quien los había trazado originalmente sabía lo que hacía. Aquello no era trabajo de aficionado. Alguien, en algún momento, había diseñado un sistema completo de glifos para aquel pueblo: protección, fertilización, suministro de agua. Todo integrado. Todo conectado.
¿Quién? , se preguntó Articus. Y luego: ¿Dónde está ahora?
Pero no era el momento. Anotó la pregunta en el cuaderno y se puso a la tarea .
El alcalde le dejó una navaja pequeña, de mango de roble, con la que Articus produjo unas incisiones finas en la piedra que eran, objetivamente, lo más elegante que había hecho con las manos en su vida.
Lo cual no decía mucho de sus habilidades manuales previas, pero sí decía algo sobre el efecto que los guanteletes tenían en la precisión de sus dedos.
Mirando la profundidad del pozo mientras trabajaba, tuvo la absoluta certeza de que había un misterio que resolver en el fondo de aquella construcción. Algo en los glifos más profundos, medio sumergidos, que su cerebro catalogó como «interesante, investigar más tarde, posiblemente nunca».
No es el momento , se dijo. Repara. Avanza. Encuentra a Helen y Misteria. Resuelve misterios de pozos en otro capítulo de tu vida.
Trazó las líneas con precisión. Corrigió los símbolos borrados, reforzó los que aún tenían forma, y añadió una capa de protección en los bordes para que tardaran más en degradarse.
Se incorporó.
—Bueno —dijo, limpiándose las manos en los pantalones del pijama, que ya habían dejado de ser un pijama hacía tiempo y eran más bien un recuerdo textil de una vida anterior—. Eso debería valer.
Silencio.
No pasó nada.
De repente, un ligero viento agitó los ropajes de Articus —la capa ondeó dramáticamente, porque la capa ondeaba siempre, soplara o no, como si tuviera conciencia estética propia— y el agua empezó a fluir.
No un goteo. No un hilillo. Un chorro pleno y generoso que subió por el pozo y brotó por el caño como si hubiera estado esperando permiso para hacer lo que sabía hacer desde siempre.
El agua cayó sobre la pila de piedra con un sonido que era, en las circunstancias, lo más parecido a un aplauso que la naturaleza podía ofrecer .
—¡Vaya! —el alcalde dio un paso atrás, con los ojos como platos—. ¡Eso es… es usted un genio, señor Articus!
Articus se permitió una sonrisa modesta que le duró exactamente dos segundos antes de que el estómago le recordara que la modestia era incompatible con la cantidad de longaniza que había consumido hacía una hora.
—No es para tanto —dijo—. Los glifos ya estaban ahí. Solo había que recordarles lo que tenían que hacer.
Lo cual , pensó, es básicamente lo mismo que hace un buen contable: recordarle a los números lo que ya saben.
La tarde se le fue entre reparaciones.
Los glifos del pueblo necesitaban atención en una docena de puntos: dinteles, umbrales, las piedras de los lindes de cultivo, la base de la fuente de la plaza.
Articus fue de uno a otro con la meticulosidad de un médico haciendo rondas, consultando el cuaderno, trazando líneas, borrando, volviendo a empezar.
El calor del mediodía era glorioso. No el calor que aplasta —ese calor de ciudad que te hace sentir como un huevo friéndose en una sartén— sino el calor lento y envolvente del campo, el que se mete entre la ropa y afloja los músculos y te convence de que el mundo gira más despacio de lo que crees.
Las chicharras no habían parado en todo el día.
Su canto era tan constante que se había convertido en el fondo sonoro de la realidad, como el rumor de un río: dejas de oírlo hasta que alguien lo menciona.
Los niños lo siguieron toda la tarde.
Eran ocho. Posiblemente nueve —había uno que aparecía y desaparecía con la consistencia de un gato, y Articus nunca estaba seguro de si lo estaba contando dos veces.
Le hacían preguntas sin pausa. Preguntas buenas, preguntas absurdas, preguntas que contenían más filosofía de la que sus autores sospechaban .
—¿Eso son glifos? —preguntó una niña pelirroja de unos seis años que se había convertido en su sombra personal.
Articus consideró la pregunta con el respeto que merecía.
—Son glifos, sí, pero no es solo eso —dijo—. Es más como… instrucciones. Los símbolos son instrucciones para la energía. Le dicen a la energía qué hacer. Hacia dónde ir. Cómo moverse.
—¿Y la energía hace caso?
—Si le preguntas bien, sí.
—¿Y si le preguntas mal?
—Entonces pasan cosas que preferirías que no pasaran. —Hizo una pausa—. Pregúntame cómo lo sé.
La niña se rio. Una risa limpia, sin complicaciones, del tipo que hacía mucho que Articus no oía.
Le dio un vuelco el corazón.