19.CAPÍTULO 19 ARTICUS Y EL PUEBLECITO
Capítulo XIX
Tan pronto como puso un pie en el sendero, Articus tuvo una certeza.
Absoluta. Sin fisuras. Sin el más mínimo atisbo de duda.
Estaba perdido.
No un poco perdido, que es esa forma educada de estar perdido que consiste en saber más o menos dónde estás y más o menos hacia dónde vas pero no exactamente cómo unir ambas cosas.
No. Articus estaba perdido en el sentido puro del término.
Perdido como concepto filosófico. Perdido como forma de vida.
Si la desorientación fuera un deporte, él acabaría de clasificarse para las olimpiadas.
Veamos , pensó, intentando reconstruir su ruta con la misma precisión que un contable intentando cuadrar una factura escrita en arameo.
Había bajado por una cripta. Cruzado un lago subterráneo. Atravesado un templo habitado por una entidad que le había regalado botas y una capa con una oveja en la espalda. Salido por una grieta en la ladera de una montaña. Y desde entonces, caminado.
Cualquier dirección era igual de buena.
Cualquier dirección era igual de mala.
Así que avanzó.
El viaje le llevó varios días .
Días que se fundían unos con otros del modo en que lo hacen los días cuando no tienes reloj, no tienes techo, no tienes comida y tu único compañero de conversación es tu propia cabeza, la cual, en el caso de Articus, tendía a mantener diálogos internos que habrían preocupado a cualquier profesional de la salud mental.
Esto es un roble , pensaba al pasar junto a un árbol enorme.
No, espera. Es demasiado grande para ser un roble.
Demasiado retorcido. Demasiado… presente.
Los robles no tienen este nivel de presencia dramática.
Esto es un árbol que ha decidido que ser un árbol no era suficiente y ha optado por ser un monumento.
Dormía acurrucado dentro de la capa, la cual —y esto era algo que Articus había anotado mentalmente como «misterio pendiente de investigar cuando no esté muriendo de hambre»— emitía un calor suave y reconfortante que no tenía ninguna explicación física razonable.
Cuando despertaba se sentía extrañamente descansado.
Y, por algún motivo que desafiaba la biología básica, no demasiado hambriento.
Hambriento, sí. Pero no hambriento .
Lo cual era milagroso, porque llevaba días sin probar bocado.
La capa , pensaba. Tiene que ser la capa. O las botas. O el blasón de la oveja. Quizás las ovejas heráldicas tienen propiedades nutricionales que la ciencia convencional no ha descubierto todavía.
Aun así, notaba que se debilitaba. Poco a poco. Como una vela que arde despacio pero que no deja de arder.
Parte de su descanso lo dedicaba a estudiar los símbolos de los libros que había traído de la casa.
Eran ya parte habitual de su vida —lo cual era una frase extraordinaria si uno se detenía a pensarla, pero Articus había decidido que detenerse a pensar en lo extraordinario de su situación era un lujo que no podía permitirse porque si empezaba no iba a parar.
Su comprensión había crecido. Especialmente desde el encuentro con la entidad del templo.
Cada día encontraba nuevas pautas, nuevas relaciones entre los trazos.
Los símbolos empezaban a tener una lógica interna que no era muy diferente a la contabilidad: entradas, salidas, balances.
Energía que entraba por un lado y salía por otro, y entre medias, la instrucción que le decía cómo .
Echaba de menos su estudio. La mesa de madera. La luz cálida. Una buena taza de café en la mano.
Pero más que eso, necesitaba encontrar a Helen y a Misteria. Saber que estaban bien. Saber que estaban a salvo.
Helen es fuerte , se decía. Helen puede con cualquier cosa. Y Misteria… Misteria es Misteria. Si alguien puede sobrevivir a este mundo por puro sentido práctico, es ella.
Pero la convicción sonaba hueca cuando llevabas cuatro días caminando en una dirección que podía ser cualquiera.
Fue cuando estaba ya sintiendo los primeros síntomas reales del agotamiento —esos en los que el cuerpo deja de quejarse y empieza a informar , con la frialdad de un funcionario, de que los recursos se están acabando y que sería conveniente tomar medidas— cuando detectó las volutas de humo en el cielo.
Humo fino. Blanco. De chimenea.
Humo de personas.
Articus cambió de dirección como una aguja de brújula que encuentra el norte.
Lo primero que notó fue el calor.
No el calor del bosque enfermo —ese calor húmedo y opresivo que llevaba días soportando, como caminar dentro de la boca de algo grande.
Esto era diferente. Era un calor amable .
Un calor de sol filtrándose entre copas de árboles que habían decidido dejar pasar la luz en lugar de bloquearla.
Un calor que invitaba a sentarse, a cerrar los ojos, a no hacer absolutamente nada durante un rato generoso.
Qué demonios , pensó Articus .
El bosque se abría.
No de golpe —los árboles titánicos no se apartaban como cortinas, eso habría sido demasiado teatral incluso para este mundo— sino gradualmente.
Las copas se espaciaban. La luz aumentaba.
Y entre los troncos empezó a verse algo que Articus no había visto en semanas: un paisaje que no parecía enfermo.
Colinas suaves cubiertas de hierba. Hierba verde .
Del verde real, no del verde grisáceo que tenía todo lo demás, sino del verde que duele un poco a los ojos cuando llevas mucho tiempo sin verlo.
Huertos. Hileras de árboles frutales cargados de fruta que brillaba al sol con la insolencia de algo que ha decidido crecer a pesar de todo.
Campos de cultivo con surcos limpios y tierra oscura que olía a humedad y a vida.
Y las chicharras.
El sonido llegó antes que la imagen completa del pueblo: ese canto eléctrico, constante, envolvente, que llenaba el aire caliente con la intensidad de una orquesta que lleva toda la mañana ensayando y no tiene intención de parar.
Era el sonido del verano en estado puro.
El sonido de un lugar donde las cosas crecen porque quieren crecer y nadie les ha dicho que el mundo se está acabando.
Articus se detuvo al borde del camino.
Se le hizo un nudo en la garganta que no esperaba.
El pueblo era pequeño. Una docena de casas apiñadas alrededor de una plaza empedrada con una fuente en el centro que funcionaba a medias —el chorro de agua tenía la convicción de un grifo viejo que cumple pero sin entusiasmo.
Los tejados eran de pizarra con remiendos de madera.
Las paredes, de piedra local con encalado desigual que le daba al conjunto un aspecto de pastel glaseado por un niño con mucho cariño y poca técnica .
Había flores. Flores silvestres creciendo en macetas de barro junto a las puertas, en grietas de los muros, en los bordes de los caminos. Rojas, amarillas, púrpuras. Crecían con la agresividad de cosas que han decidido que la estética importa y que nadie las va a detener.
Un gato dormía al sol sobre un muro bajo con la dedicación de quien ha convertido la siesta en una forma de arte superior.
Articus miró las tierras de cultivo que rodeaban el pueblo.
Exuberantes. Incongruentemente exuberantes para un mundo que se estaba cayendo a pedazos.
Se agachó junto a la primera piedra que marcaba el límite de un huerto, se quitó el guantelete de la mano derecha para poder sentir el suelo, cerró los ojos y pasó la palma por la superficie de la roca.
Ahí estaban. Glifos. Simples, grabados en la piedra con herramientas toscas pero con un trazado que denotaba comprensión. Articus los fue leyendo en su mente como quien descifra un texto:
Contención. Barrera. Derivación de energía.
Un símbolo que no logró descifrar completamente, pero cuya función intuía: algo que redirigía la energía de la corrupción y la convertía en… ¿fertilizante? ¿Alimento para el suelo?
Interesante , pensó. Alguien aquí sabe lo que hace. O lo supo en algún momento.
—¿Qué haces?
Articus abrió un ojo. Se sentía un poco estúpido: un hombre con capa de oveja heráldica arrodillado junto a una piedra con los ojos cerrados y una mano en el suelo.
El niño que le había hecho la pregunta tenía unos diez años, el pelo revuelto, la cara tostada por el sol y una expresión que combinaba curiosidad genuina con una pizca de «este tío es raro» que Articus reconocía porque la había visto en muchas caras a lo largo de su vida.
—Admiro los grabados —dijo Articus.
—Con los ojos cerrados.
—Los percibo mejor así .
—¿Eres ciego?
—No, no. Es que así los siento mejor.
El niño lo evaluó con la mirada despiadada de la infancia.
—Lo que vas a sentir son los azotes de tu madre como sigas con las manos en la tierra —dijo, con la sabiduría de quien habla por experiencia.
Articus asintió gravemente.
—Es probable, sí.
Se incorporó. Se sacudió la tierra de las rodillas y miró al niño con la expresión que usan las personas que necesitan algo y saben que la honestidad directa es más eficiente que la diplomacia.
—¿Hay alguien en el pueblo con quien pueda hablar? Necesito ayuda. Estoy buscando una casa grande, antigua, a varias horas de camino; por la posición del sol cuando salí del bosque, diría que al norte. ¿Sabes quién está al mando aquí?
El muchacho se quedó pensativo.
—Esa sería mi madre —dijo—. Aunque mi padre es el alcalde.
—¿Podrías llevarme a verlos?
El niño asintió con una energía que sugería que las visitas al pueblo eran un acontecimiento de primer orden.
Echó a correr hacia las casas y Articus lo siguió, capa ondeando, blasón de oveja al viento, con el pensamiento de que aquel pueblo era extraordinariamente normal para un mundo que había demostrado ser extraordinariamente extraño.
Y que eso, precisamente, lo hacía extraordinario.