La Casa de las Hojas Muertas 18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO #4
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18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO #4

El collar lo llevaba Helen, colgado del cuello por insistencia de la anciana. «Es más seguro si lo llevas tú», había dicho la vieja, sin dar más explicaciones. Helen no estaba segura de qué significaba «más seguro», pero la piedra negra descansaba contra su pecho como un segundo corazón helado.

La anciana las guió por el camino principal durante un trecho corto, golpeando el suelo con el bastón a cada paso con la determinación de quien tiene un destino claro y una paciencia limitada.

Luego, al llegar a un roble de tronco tan ancho que cuatro personas no habrían podido abrazarlo, giró bruscamente a la derecha y se internó en el bosque por un sendero tan estrecho y discreto que Helen habría jurado que no existía hasta que lo pisó.

El sendero serpenteaba entre las raíces gigantescas como un riachuelo seco, tan cubierto de musgo y hojarasca que se confundía con el suelo del bosque. Alguien que no supiera exactamente dónde estaba pasaría de largo sin siquiera sospechar su existencia.

Cruzaron un arroyo. No era grande —apenas un metro de ancho, de agua cristalina que corría sobre piedras lisas con un murmullo que sonaba casi reconfortante después de una noche de arañazos espectrales—.

La anciana lo cruzó apoyándose en el bastón con la precisión de alguien que ha cruzado ese mismo arroyo mil veces.

Helen lo saltó. Misteria exigió ser cargada señalando el agua con una expresión de absoluto rechazo, como si el arroyo fuera un agravio personal.

Al otro lado, siguieron un camino que discurría paralelo a la corriente, medio oculto entre helechos que les llegaban a la cintura y que olían a tierra mojada y a verde.

Finalmente, tras lo que Helen estimó en unos cuarenta minutos de marcha, el bosque se abrió ligeramente y reveló una casa.

Pequeña. Modesta. De piedra gris y techo de pizarra cubierto de musgo, con una chimenea de la que no salía humo y una puerta de madera que parecía haber sido reparada más veces de las que era razonable.

Tenía dos ventanas pequeñas con contraventanas cerradas, un porche diminuto y un jardín —si es que podía llamarse jardín a un cuadrado de tierra donde crecían hierbas de aspecto medicinal y un arbusto que parecía tener sentimientos—.

La casa estaba tan integrada en el bosque que parecía haber crecido allí, como una seta grande con pretensiones arquitectónicas.

—Aquí no creo que nos sigan —dijo la anciana, deteniéndose frente a la puerta y volviéndose hacia Helen y Misteria—.

Este lugar siempre ha estado apartado de todo.

Aun así, debemos tener cuidado. Esas cosas son incansables.

No se detendrán hasta encontrarnos. Así que debemos estar alerta y preparados para cualquier eventualidad.

Abrió la puerta con una de las llaves del manojo y las invitó a entrar con un gesto que era mitad hospitalidad, mitad orden militar.

El interior era… acogedor .

No había otra palabra. Era acogedor del modo en que solo pueden ser acogedoras las casas de las personas que han vivido mucho y han acumulado cosas sin ningún criterio estético pero con un sentido infalible de lo que hace que un lugar se sienta como un hogar.

Muebles de madera oscura, desgastados por el uso pero sólidos.

Estanterías llenas de frascos, hierbas secas y libros que parecían haber sido leídos tantas veces que habían desarrollado personalidad.

Una chimenea de piedra con leña apilada al lado.

Un caldero colgado sobre las cenizas. Mantas dobladas sobre un banco.

Un olor a hierbas secas, a leña y a pan viejo que de algún modo formaban una combinación que olía a seguridad .

Helen sintió que algo en su pecho se aflojaba. Un nudo que no sabía que estaba ahí hasta que empezó a deshacerse.

La anciana encendió la chimenea —con una cerilla, sin recurrir a glifos, lo cual Helen anotó mentalmente— y el fuego prendió con un chisporroteo alegre que llenó la estancia de luz dorada.

Se sentó en una silla junto al fuego y les hizo señas para que se acomodaran.

Helen se sentó frente a ella, con la espada apoyada sobre las rodillas. No podía dejar de mirarla. No podía dejar de tocarla. La hoja captaba la luz del fuego y la devolvía en reflejos azulados que danzaban por las paredes.

La anciana estaba mirando la espada también.

Helen se percató.

—Esto es suyo —dijo, acercándosela—. Querrá guardarla.

La anciana negó con la cabeza. Suavemente. Definitivamente.

—No. No es mía. Es tuya. —Hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz había perdido la aspereza habitual.

Sonaba… limpia. Como una campana que ha dejado de vibrar y solo emite la nota pura—.

Tú eres quien debe cuidarla y protegerla.

Es tu destino. Tu camino. Tu lucha. Tu victoria o tu derrota.

Lo que sea que te depare el futuro con esa espada en tus manos, será tu responsabilidad enfrentarlo y vivirlo .

Helen asintió.

Una lágrima de felicidad empezó a descender por su mejilla. Silenciosa. Brillante. La clase de lágrima que no necesita explicación porque contiene más verdad que cualquier palabra.

Una sonrisa empezó a formarse en sus labios.

Una sonrisa que creció.

Y los mofletes empezaron a inflarse.

—Ay, Dios —dijo la anciana, echándose hacia atrás en la silla.

— Jo jo j…

—¡NO! —la anciana levantó el bastón como un director de orquesta deteniendo la música—. ¡Eso no! ¡Otra vez no!

Helen se contuvo. Apenas. Con un esfuerzo visible que le enrojeció la cara y le hizo temblar los labios. Era como intentar tapar un géiser con las manos.

Misteria ya había encontrado una posición cómoda cerca de la chimenea.

Estaba acurrucada sobre una manta doblada, con las esferas de cristal todavía envueltas a su lado, los ojos cerrados y una expresión de paz tan absoluta que resultaba ofensiva para cualquiera que hubiera pasado las últimas horas huyendo de criaturas sobrenaturales.

A los dos minutos, roncaba.

Helen la miró. Miró a la anciana. Miró la espada.

Y sonrió.

Esta vez, una sonrisa contenida. Humana. La sonrisa de alguien que, a pesar de todo —de los espectros, del asedio, de un mundo que no comprendía y un futuro que no podía predecir—, sentía algo que llevaba mucho tiempo sin sentir.

Esperanza.

Fin del Capítulo 18