18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO #3
Tres figuras oscuras descendían hacia ellas con la paciencia de depredadores que saben que su presa no tiene escapatoria.
La anciana temblaba contra la pared. Misteria se había colocado detrás de sus piernas.
Helen seguía inflada como un pavo, haciendo ruidos que no habrían desentonado en una granja avícola, completamente ajena al horror que se cernía sobre ellas.
Todo estaba perdido.
Entonces los espectros vieron la espada.
Se detuvieron.
Los tres a la vez. De golpe. Como si hubieran chocado contra un muro invisible.
Y sus bocas —esas hendiduras hambrientas en sus rostros de humo— se abrieron.
Un aullido escapó de ellas.
Bajo. Lastimero. Como el gemido de un animal herido amplificado por una catedral vacía. Un sonido que contenía reconocimiento. Que contenía miedo . Como si la espada les recordara algo. Algo que habían intentado olvidar durante mucho, mucho tiempo.
Retrocedieron .
Medio paso. Un paso entero. Y la temperatura del sótano cambió. El frío sobrenatural que habían traído consigo se replegó como una marea, y el aire volvió a ser simplemente frío de piedra antigua. Frío normal. Frío soportable.
Helen dejó de inflarse.
Parpadeó. Miró a su alrededor. Vio a los espectros. Tres. En el sótano. Retrocediendo. Criaturas que deberían haberla aterrorizado. Criaturas que, un minuto antes, habrían significado una muerte segura.
Pero Helen tenía una espada en la mano.
Y lo que sintió no fue miedo.
Fue fuerza .
La anciana observaba. Su expresión había cambiado por completo. Ya no era miedo. Ya no era fragilidad.
Era satisfacción.
Una satisfacción profunda, antigua, como la de alguien que ha cargado un peso durante mucho tiempo y finalmente encuentra dónde depositarlo.
—Te queda como un guante —murmuró la vieja. Y en su voz hubo algo que Helen no supo identificar. Algo cálido. Algo que sonaba casi a alivio .
Los espectros se reagruparon. Se miraron entre ellos —o lo que fuera que hacían esas criaturas cuando carecían de ojos con los que mirarse— y Helen juraría que tomaron una decisión colectiva.
Se lanzaron.
Los tres a la vez.
Helen reaccionó por puro instinto. Años de entrenamiento, años de práctica con réplicas y espadas sin filo, años de estudiar cómo un cuerpo se mueve con un arma en la mano, todo convergió en un solo segundo.
Bajó el centro de gravedad. Adelantó el pie izquierdo. Giró las caderas .
Y soltó un mandoble devastador contra el primero.
La hoja impactó donde deberían estar las costillas de la criatura. Y esta vez —a diferencia del palo-lanza, a diferencia de cualquier cosa que Helen hubiera intentado antes— la espada no atravesó.
Tampoco cortó.
Fue como golpear un muro con una barra de acero. La vibración se extendió por el brazo de Helen hasta el hombro, un impacto sólido que le sacudió los dientes. El espectro soltó un grito ahogado —un sonido gutural, inhumano, como aire escapando de una tumba— y se tambaleó hacia atrás.
Helen soltó otro golpe. Más fuerte. Más decidido. Esta vez rotó las caderas por completo y dejó que el peso del arma hiciera el trabajo.
La criatura salió despedida contra la pared con un sonido hueco, como un saco de arena cayendo desde un segundo piso. Se deslizó hasta el suelo y quedó tendida, inmóvil.
La anciana y Misteria la miraban desde el fondo de la sala.
La anciana, con los ojos como huevos fritos.
Misteria, con una ceja levantada que expresaba un interés moderado. Lo cual, viniendo de Misteria, era prácticamente una ovación.
Había que reconocer una cosa: Helen acababa de derrotar a un espectro. Eso era innegable. Eso era impresionante.
Lo que también había que reconocer era que su técnica se parecía menos a la de una esgrimista refinada y más a la de un estibador del puerto que ha encontrado una barra de hierro y una motivación personal.
Helen, consciente de las miradas, decidió que aquel era el momento perfecto para una demostración de elegancia.
Se irguió. Echó los hombros hacia atrás. Y ejecutó una floritura con la espada: un molinete complejo que trazó un ocho en el aire, seguido de un giro de muñeca y un corte descendente que terminó con la punta del arma señalando directamente al segundo espectro.
Un desafío formal .
Una invitación al duelo.
La postura era impecable. La ejecución, impresionante. Durante tres segundos gloriosos, Helen pareció exactamente lo que era: una espadachina formidable, una guerrera nacida para empuñar esa arma, una heroína digna de los libros.
Y entonces los mofletes empezaron a inflarse.
— Jo jo jooo —el sonido salió de su boca como una erupción volcánica de entusiasmo contenido, hinchándola como un pavo en plena exhibición nupcial, los ojos brillando con una luz que no tenía nada que ver con el heroísmo y todo que ver con la emoción pura e infantil de una persona que ha encontrado la espada de sus sueños y no puede, bajo ninguna circunstancia, mantener la compostura.
—Ay, Señor —murmuró la anciana.
Misteria se tapó los ojos.
Los dos espectros restantes, que habían dudado un instante ante la floritura, observaron cómo su oponente pasaba de amenaza mortal a ave de corral hiperactiva en menos de tres segundos. Aquello no estaba en ningún manual de combate espectral.
Pero eran espectros. Y los espectros no se dejan intimidar por la vergüenza ajena.
Se lanzaron.
Helen dejó de inflarse.
Lo que ocurrió a continuación fue breve, brutal y espectacularmente desprovisto de elegancia.
El primero recibió un golpe vertical en la cabeza —un mazazo descendente que lo estampó contra el suelo como si alguien hubiera decidido clavar un clavo con un martillo demasiado grande— y se desplomó sin emitir sonido.
El segundo fue menos afortunado. Helen se giró hacia él con la velocidad de alguien que ha pasado del entusiasmo al combate sin detenerse en ningún punto intermedio, y le descargó una serie de mandobles laterales —izquierda, derecha, izquierda, derecha— con la cadencia de una máquina de lavar en ciclo de centrifugado.
El espectro intentó retroceder. Helen avanzó.
El espectro intentó esquivar. Helen siguió golpeando.
La criatura recibió seis impactos en menos de cuatro segundos antes de colapsar contra el suelo con la dignidad de un muñeco de trapo arrojado por una ventana.
Silencio.
Los tres espectros yacían en el suelo. Inmóviles. Derrotados.
Helen respiraba con dificultad, con la espada en alto y el pelo pegado a la frente por el sudor.
La anciana la miró durante un largo momento.
—Eso ha sido… —buscó la palabra— …efectivo.
Helen asintió, intentando recuperar el aliento y la dignidad simultáneamente.
—Gracias.
—No era un cumplido.
La anciana no perdió el tiempo.
—Ayudadme a cargar el resto del contenido del baúl y dejemos esta torre atrás —dijo, caminando hacia el cofre abierto con una urgencia que convertía cada paso en una declaración de intenciones—. Esos tres no serán los últimos. Esperemos que no puedan seguir nuestro rastro.
Helen la siguió con la espada aún en la mano. No pensaba soltarla. No pensaba soltarla nunca. Ni siquiera para dormir. Posiblemente ni para comer.
En el cofre quedaban otros objetos.
Helen los fue extrayendo uno a uno mientras la anciana los examinaba con ojo crítico.
Una corona de plata. Vieja. Opaca. Había perdido todo el brillo hacía lo que parecían siglos, y los grabados en su superficie se habían difuminado hasta ser apenas sombras de lo que fueron.
Parecía el tipo de objeto que un rey habría llevado en la cabeza antes de que las cosas empezaran a ir mal. Muy, muy mal.
Unas esferas de cristal. Tres en total, cada una del tamaño de un puño cerrado, de un cristal tan transparente que parecían hechas de agua solidificada.
Dentro, algo se movía. Algo que Helen no podía ver directamente pero que percibía con el rabillo del ojo: un destello, una sombra, un movimiento que desaparecía cuando intentaba enfocarlo.
Un pergamino. Este, la anciana lo tomó con ambas manos —dejando el bastón apoyado contra la pared con un cuidado que sugería que el pergamino era más importante que su propio equilibrio— y lo guardó entre los pliegues de su ropa con la reverencia de quien guarda una reliquia.
Y un collar.
Helen lo sostuvo frente a sus ojos y sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
Era una pieza extraordinaria. Antiguo. Elaborado.
De un estilo que no pertenecía a ninguna época que Helen pudiera identificar, con eslabones de un metal oscuro que formaban un patrón intrincado, casi orgánico, como si hubiera crecido en lugar de haber sido forjado.
En el centro colgaba una piedra negra. No negra como el carbón o como la obsidiana.
Negra como la ausencia . Como un agujero en el aire.
La luz no se reflejaba en ella. La luz desaparecía en ella, como agua vertida en arena.
Helen tuvo la sensación inequívoca de que la piedra la estaba mirando.
Lo dejó de nuevo en el cofre con más cuidado del que habría usado con una bomba.
—¿Qué son todas estas cosas? — preguntó.
—Preguntas para otro momento —respondió la anciana, y su tono dejó claro que «otro momento» podría significar «nunca, si me apetece»—. Ahora, cargad lo que podáis. Nos vamos.
Salieron de la torre bajo una luz gris que hacía que el bosque pareciera un grabado a carboncillo.
Los árboles titánicos se alzaban a su alrededor como pilares de un mundo que hubiera olvidado lo que significaba la escala humana.
Las copas se perdían en una bruma que podía ser niebla o podían ser nubes; a aquella altura, la diferencia era irrelevante.
Helen llevaba la espada al cinto —un cinturón improvisado con una tira de cuero que la anciana le había proporcionado— y el resto del contenido del baúl distribuido entre las tres.
Misteria cargaba con las esferas de cristal, envueltas en tela, sujetas contra el pecho con la misma determinación con la que normalmente abrazaba una almohada.
La anciana llevaba la corona de plata en una bolsa y el pergamino oculto en su ropa.