La Casa de las Hojas Muertas 18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO #2
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18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO #2

No era un cofre impresionante. No tenía joyas incrustadas ni grabados ornamentados ni ninguna de esas tonterías que los cofres de los cuentos suelen exhibir para anunciar a gritos que contienen algo valioso.

Era de madera oscura, con herrajes simples y una capa de polvo tan gruesa que parecía llevar puesto un abrigo de piel gris.

La anciana se acercó. Se arrodilló —lo cual implicó una serie de crujidos articulares que sonaron como una orquesta de castañuelas— y pasó la mano por la tapa del cofre, apartando el polvo con una delicadeza que contrastaba brutalmente con su carácter.

Lo abrió.

Helen se acercó.

Y se quedó absolutamente, completamente, irremediablemente sin palabras.

Dentro del cofre, apoyada sobre un lecho de tela desgastada que en algún momento debió de ser terciopelo rojo, había una espada.

Helen la reconoció al instante.

No porque la hubiera visto antes. No porque supiera su nombre, su historia o su procedencia.

La reconoció del mismo modo en que un músico reconoce un Stradivarius al verlo por primera vez: por la perfección inmediata y abrumadora de su factura.

Por la forma en que la luz —la poca luz que había en aquella sala— se deslizaba por la hoja como si estuviera encantada de acariciarla.

Por el equilibrio visible entre la empuñadura y la guarda, esa proporción exacta que separaba un arma funcional de una obra maestra .

Era una espada de hoja recta, de doble filo, de aproximadamente un metro de longitud.

La hoja era de un acero que no se parecía a ningún acero que Helen hubiera visto: tenía un brillo grisáceo con reflejos azulados que se movían bajo la superficie como corrientes de agua bajo el hielo.

La guarda era sencilla pero elegante, curvada ligeramente hacia la hoja con un diseño que sugería función antes que ornamento.

La empuñadura estaba envuelta en cuero oscuro, gastado en los puntos exactos donde una mano debía agarrar, como si el arma hubiera sido empuñada miles de veces por alguien que sabía exactamente lo que hacía.

Y el pomo.

El pomo era una esfera de un metal diferente al resto, más oscuro, casi negro, con un símbolo grabado que Helen no reconoció pero que le produjo una sensación extraña en el pecho. Como un eco. Como un recuerdo de algo que no había vivido.

Helen había entrenado con espadas desde los catorce años.

No por obligación ni por deporte competitivo, sino porque le gustaban .

Del mismo modo en que a algunas personas les gustan los relojes finos o las piezas de armería antigua, a Helen le gustaban las espadas.

Le gustaba su peso, su equilibrio, la geometría perfecta de un arma bien forjada.

Había estudiado esgrima histórica. Había participado en recreaciones.

Había sostenido réplicas de espadas medievales, katanas, sables, montantes y estoques.

Ninguna — ninguna — se parecía a esto.

Helen extendió las manos hacia el cofre. Los dedos le temblaban. No de miedo. De anticipación .

No oyó el crujido.

Arriba, en la planta baja, la puerta principal acababa de morir. Un sonido largo, brutal, de madera quebrándose y bisagras retorciéndose, que resonó por toda la torre como el último suspiro de una fortaleza vencida.

La anciana sí lo oyó.

Levantó la cabeza de golpe. El color abandonó su rostro como agua vaciándose de un cuenco.

—¡La puerta! —jadeó .

Helen no la escuchó. Estaba pasando los dedos por el acero de la hoja, notando cómo la luz se deslizaba por los reflejos azulados, sintiendo el frío perfecto del metal contra las yemas.

Desde la trampilla abierta sobre sus cabezas, algo empezó a descender.

No fue un sonido lo primero que llegó. Fue un frío.

No el frío del sótano ni el frío húmedo de la piedra antigua.

Un frío diferente . Un frío que no tenía nada que ver con la temperatura y todo que ver con la ausencia.

Como si alguien hubiera arrancado la calidez del aire y la hubiera reemplazado por vacío.

La anciana lo sintió antes de verlo. Retrocedió hasta chocar contra la pared. Se aferró al bastón con ambas manos y, por primera vez, fue vieja. No gruñona, no autoritaria, no brujesca. Vieja. Frágil. Asustada.

Una figura oscura se deslizaba por la trampilla.

Se colaba hacia el sótano con la fluidez de la niebla descendiendo por una ladera, su cuerpo de humo denso adaptándose al hueco de la escalera como agua buscando las grietas.

Era oscura. De una oscuridad que no era ausencia de luz sino algo peor: una presencia que devoraba la luz, que la hacía desaparecer allí donde tocaba.

Sus ropajes colgaban en jirones deshilachados que se difuminaban en los bordes.

Y en lo que debería haber sido un rostro, una boca entreabierta en una mueca que era hambre y vacío y necesidad buscó a sus presas con una atención que no necesitaba ojos para resultar aterradora.

Misteria —que había bajado las escaleras en algún momento, porque Misteria aparecía en los sitios con la misma lógica con la que aparecen los gatos: es decir, ninguna— estaba de pie junto a la anciana.

No se escondió. No lloró. Observó a la criatura con esos ojos negros y enormes que siempre parecían contener más comprensión del universo de la que resultaba cómoda, y luego, con la calma de quien toma una decisión práctica, se colocó detrás de las piernas de la vieja.

No por miedo. Por sentido común. El mismo sentido común que le decía cuándo dormir, cuándo comer y cuándo ponerse fuera del alcance de algo desagradable.

Helen seguía arrodillada junto al cofre. Acariciando la empuñadura.

—¡Helen! —siseó la anciana.

El espectro avanzó un paso más. Y otro. Se deslizó hasta el centro del sótano, interponiéndose entre ellas y la escalera. La única salida. Cortándoles la retirada con la precisión de un depredador que ha acorralado a su presa y lo sabe.

Un segundo espectro apareció en la trampilla. Luego un tercero. Descendían con esa lentitud horrible, casi ceremoniosa, como una procesión de fantasmas hambrientos.

La anciana apretó el bastón con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Era inútil. Lo sabía. Aquella rama retorcida no podía hacer nada contra esas criaturas.

Nada podía. Habían sobrevivido la noche, habían resistido el asedio, habían bajado al sótano buscando refugio, y lo que habían encontrado era una trampa.

Un callejón sin salida de piedra y oscuridad donde tres espectros descendían hacia ellas con toda la paciencia del mundo.

Se acabó , pensó la anciana. Y en sus ojos, por primera vez, Helen habría podido ver algo parecido a la derrota.

Si hubiera estado mirando.

Pero Helen no estaba mirando.

Helen estaba cerrando los dedos alrededor de la empuñadura.

Lo que ocurrió a continuación fue algo que Helen, años después, preferiría no recordar en público.

La espada encajó en su mano como si hubiera estado esperándola.

No fue una sensación metafórica. No fue una impresión subjetiva.

La empuñadura se amoldó a su agarre con una exactitud que desafiaba la coincidencia.

El peso se distribuyó de forma natural, equilibrándose en el punto perfecto entre la guarda y el primer tercio de la hoja.

Helen levantó la espada y el brazo no protestó.

No hubo esfuerzo. No hubo ajuste. Era como levantar una extensión de su propio cuerpo.

Primero fue un temblor. Un temblor fino en las manos, que subió por los brazos hasta los hombros.

Luego una presión en el pecho. Una burbuja que crecía detrás del esternón, empujando hacia fuera como si quisiera salir por la boca.

Los ojos se le abrieron tanto que las cejas desaparecieron bajo el flequillo.

Los labios se separaron. Las fosas nasales se dilataron.

Y Helen empezó a inflarse.

No había otra palabra. Se infló . El pecho se le expandió.

Los mofletes se le hincharon. Los hombros subieron.

Los ojos le brillaron como los de una niña regordeta la mañana de Navidad que acaba de arrancar el papel de regalo y ha descubierto que dentro está exactamente lo que pedía.

Esa clase de emoción. La que te roba todo el aire del mundo y lo mete dentro del cuerpo hasta que pareces a punto de desmayarte de pura felicidad.

— Jo… —y se le fue un poco de aire por la boca.

— Jo jo… —y se le escapó otro poco, desinflándola ligeramente.

— ¡JO JO JO! —y con cada sílaba se le iba más aire, como si la emoción fuera demasiado grande para caber dentro de una sola persona y necesitara salir con cada palabra, desinflándola un poco más con cada «jo», hasta que Helen tuvo que volver a coger aire para inflarse de nuevo y seguir, porque no pensaba parar, porque tenía una espada en la mano y era su espada y el mundo entero podía esperar.

Todo decoro había abandonado la sala.

Toda compostura había huido escaleras arriba.

Misteria observó la escena durante tres segundos exactos.

Luego puso los ojos en blanco con una lentitud tan deliberada que fue casi audible.

Y se golpeó la frente con la palma de la mano .

El gesto universal de la vergüenza ajena. Ejecutado con la precisión de una niña de ocho años que ha visto demasiadas tonterías para su edad y ha decidido que el mundo es un lugar fundamentalmente absurdo que ella tolera solo porque la comida es gratis.

La anciana la miraba con los ojos como platos. Acababa de presenciar algo que ningún custodio de armas legendarias espera presenciar al entregar su cargo: que la elegida reaccione como un pavo de granja que no puede contener su propio aire.

La visión era, objetivamente, alarmante.

E hilarante.

Sobre todo hilarante.

Y los espectros seguían bajando.