La Casa de las Hojas Muertas 18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO
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18.CAPÍTULO 18 LA ESPADA Y EL PAVO

Capítulo XVIII

La noche en la torre transcurrió como transcurren las noches en las que sabes que algo te quiere comer: lentamente, y con demasiados ruidos.

Los arañazos no cesaron. Iban y venían en oleadas, como una marea de uñas contra la piedra.

A veces se detenían durante minutos enteros —minutos en los que Helen contenía la respiración y se preguntaba si los espectros se habían aburrido— y luego regresaban con una insistencia renovada, como si las criaturas hubieran mantenido una breve reunión estratégica y decidido que sí, que rascar era definitivamente el plan correcto.

Helen no durmió.

Misteria, naturalmente, sí.

La anciana tampoco pegó ojo, aunque Helen sospechaba que la vieja no dormía desde hacía años por pura cabezonería, como si el sueño fuera una debilidad que se negaba a conceder.

Cuando la luz gris del amanecer empezó a filtrarse por las rendijas de las ventanas selladas —una luz débil, como si el día hubiera llegado a regañadientes—, Helen esperó.

Esperó a que los arañazos cesaran.

A que los espectros se retiraran como debían hacer cuando llegaba la luz.

Pero no cesaron.

Los arañazos continuaron. Con la misma paciencia. Con la misma insistencia. Con la misma cadencia lenta e implacable que habían mantenido durante toda la noche.

La anciana se asomó por la estrecha abertura que habían dejado entre las tablas con la cautela de un gato vigilando un perro que ha decidido no dormirse, y lo que vio le arrancó un sonido que Helen no le había oído antes.

Un jadeo.

—No se han ido —dijo la vieja, y su voz había perdido toda la aspereza, toda la bravuconería, toda la superioridad gruñona. Lo que quedaba era miedo. Miedo genuino—. Es de día y no se han ido.

Helen se acercó a la rendija y miró.

Fuera, bajo la luz pálida de la mañana, los espectros seguían allí.

Helen contó tres figuras oscuras deslizándose alrededor de la base de la torre con la lentitud de tiburones rodeando un bote.

Eran como humo denso con forma humanoide, vacíos que absorbían la luz en lugar de reflejarla, con ropajes en jirones que se deshilachaban en los bordes como tinta disuelta en agua.

La luz del día los hacía parecer más difusos, más tenues, como si la mañana los diluyera sin conseguir borrarlos.

Pero no se retiraban. No huían. Parecían más débiles, sí —sus movimientos eran más lentos, más vacilantes, como si la luz les costara un esfuerzo— pero estaban ahí.

Rodeando la torre.

Esperando.

—Esto no ha pasado nunca —murmuró la anciana, apartándose de la ventana con un gesto que ya no era sombrío sino francamente aterrorizado—.

Los espectros se retiran con la luz. En décadas nunca los he visto hacer otra cosa.

Décadas . Es la regla más constante que conozco en este mundo roto, y la están rompiendo.

—Pues la están rompiendo —dijo Helen.

—¡Ya lo veo! —la anciana golpeó el suelo con el bastón, pero el gesto carecía de su autoridad habitual. Era nervioso. Errático—. No lo entiendo. Tres. De día. Rodeando la torre. Esto no tiene precedente. ¿Qué asuntos tenéis con estas criaturas ?

—¡Ninguno!

—¡Pues ellas parecen pensar lo contrario!

Otro arañazo. Este más fuerte. Más decidido. La madera de la puerta principal crujió con un sonido que hizo que a Helen se le encogiera el estómago.

La anciana se giró hacia la puerta con los ojos muy abiertos.

—Están empujando —susurró—. De día. Están empujando .

Helen comprendió entonces la magnitud del problema. No iban a irse. No al anochecer, no a la mañana siguiente, no nunca. Los espectros habían encontrado su presa y no pensaban moverse hasta atraparla. Y con cada hora que pasara, vendrían más.

Estaban atrapadas.

Misteria se desperezó junto a las brasas muertas con un bostezo monumental que habría impresionado a un hipopótamo. Parpadeó. Miró a Helen. Miró a la anciana. Evaluó la situación con la eficiencia de quien ha perfeccionado el arte del análisis matutino en menos de tres segundos.

Y extendió las manos hacia Helen en el gesto universal de «tengo hambre, aliméntame».

—¿Tenemos algo de comer? —preguntó Helen a la anciana, porque el mundo podía estar derrumbándose pero Misteria necesitaba desayunar y aquella era una fuerza de la naturaleza contra la que ni los espectros podrían competir.

La vieja rebuscó en los pliegues de su ropa —que parecían contener más bolsillos de los que la física permitiría— y extrajo un hatillo de tela.

Lo abrió sobre el suelo y reveló su contenido: unas setas secas de color ocre, unos panecillos duros que parecían haber sido horneados en la era anterior, y un puñado de bayas oscuras.

No era exactamente un festín.

—No es exactamente un festín —confirmó la anciana, como si le hubiera leído el pensamiento—. Pero llena el estómago y no te mata. Que es más de lo que se puede decir de la mayoría de cosas en este bosque.

Misteria agarró un panecillo con ambas manos y lo mordió con una determinación que habría hecho temblar a una roca. El panecillo resistió. Misteria insistió. El panecillo se rindió con un crujido que resonó por toda la torre como un disparo.

Helen mordió una seta seca. Sabía a tierra y a madera, con un regusto vagamente a nuez que no era desagradable. No era buena ni mala. Era sustento , y en las circunstancias actuales, sustento era un lujo.

Otro crujido en la puerta. Más largo esta vez. Más profundo. La madera se quejaba como un animal herido.

—No aguantará mucho más —dijo Helen, mirando la puerta con una calma que no sentía—. ¿Cuánto?

—Horas. Quizás hasta la noche, si tenemos suerte. —La anciana se mordió el labio—. Pero cuando oscurezca recuperarán toda su fuerza. Y entonces…

No terminó la frase. No hacía falta.

—Necesitamos un plan —dijo Helen, masticando la seta con la mandíbula tensa—. No podemos salir y no podemos quedarnos. ¿Qué nos queda?

Se miraron.

La anciana entrecerró los ojos. Algo cambió en su expresión. El miedo no desapareció, pero se apartó a un lado para dejar paso a algo más antiguo. Más calculador.

—Hay un sótano —dijo, lentamente, como si cada palabra le costara—. Debajo de la torre. Guardo algo allí. Algo que llevo custodiando mucho tiempo.

Helen la miró.

—¿Qué clase de algo?

La anciana no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron hacia la puerta principal, que volvió a crujir con un quejido largo y amenazante. Luego volvió a mirar a Helen con una expresión que era mitad decisión, mitad resignación.

—Algo que esperaba no tener que abrir nunca. —Se puso en pie con ayuda del bastón—. Pero parece que «nunca» acaba de llegar.

Helen no necesitó que se lo dijeran dos veces.

El sótano de la torre estaba oculto bajo una trampilla de piedra que la anciana señaló con el bastón, golpeándola dos veces como si la estuviera reprendiendo por existir.

Helen tuvo que hacer palanca con el palo-lanza para levantar la losa, y cuando lo consiguió, una bocanada de aire frío y húmedo les golpeó la cara con el entusiasmo de alguien que lleva siglos encerrado.

Unas escaleras de piedra descendían en espiral hacia la oscuridad.

—Las damas primero —dijo la anciana.

—Usted es una dama —respondió Helen.

—Soy una anciana con un bastón. Tú eres joven y tienes un palo. Baja.

Helen bajó.

Las escaleras descendían más de lo esperado. Helen contó más de veinte escalones antes de que el pasadizo se abriera en una estancia circular de techo bajo. El aire olía a polvo viejo y a piedra húmeda, con un matiz metálico que le recordó al olor de una herrería.

En el centro de la estancia, visible incluso en la penumbra, había una puerta.

No una puerta cualquiera.

Era de roble oscuro, reforzada con bandas de hierro ennegrecido por el tiempo.

Tenía tres cerraduras dispuestas en vertical, cada una de un tamaño diferente: la superior pequeña y ornamentada, la central robusta y funcional, la inferior enorme y brutal, como si hubiera sido diseñada para mantener encerrado algo que realmente, genuinamente, no quería estar encerrado .

La anciana bajó detrás de ella. Lentamente —cada peldaño seguía siendo una negociación personal entre ella y sus rodillas— pero con una determinación que sugería que aquellas escaleras no le eran desconocidas.

Cuando llegó abajo, se apoyó en el bastón y contempló la puerta con una expresión que Helen no le había visto antes.

No era miedo.

No era cautela.

Era reverencia . La reverencia de quien se reencuentra con algo que ha custodiado durante mucho tiempo y sabe que ha llegado el momento de dejarlo ir.

—Tres cerraduras —dijo Helen, observando la puerta—. Son… intimidantes.

—Lo intimidante está al otro lado —respondió la anciana. Y algo en su voz le dijo a Helen que no hablaba de peligro. Hablaba de importancia .

La anciana metió la mano entre los pliegues de su ropa y extrajo un manojo de tres llaves atadas con un cordel.

Las llevaba encima. Por supuesto que las llevaba encima.

Helen comprendió entonces que aquella mujer no había encontrado la torre por casualidad ni el sótano por accidente.

Había estado vigilándolo. Cada día. Durante quién sabía cuántos años.

Cada llave era de un metal diferente: la primera de plata oscurecida, la segunda de hierro, la tercera de un bronce verdoso que parecía más antiguo que la propia torre.

La anciana las insertó una a una con la precisión de quien ha ensayado aquel gesto mil veces en su cabeza, esperando que nunca llegara el momento de ejecutarlo.

Clic.

Clac.

Clonc.

La puerta se abrió hacia dentro con un suspiro de bisagras que no habían girado en lo que podrían haber sido décadas. O siglos. Helen no se atrevía a adivinar .

Más allá, una sala.

Pequeña. Circular. Sin ventanas, sin muebles, sin decoración de ningún tipo. Solo piedra desnuda y, en el centro exacto, un cofre.