La Casa de las Hojas Muertas 17.CAPÍTULO 17 EL ASEDIO
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17.CAPÍTULO 17 EL ASEDIO

Capítulo XVII

Helen no dormía.

Misteria descansaba junto a ella, acurrucada frente a la chimenea como un gato que hubiera decidido que aquel rincón de piedra era el lugar más cómodo del universo.

El fuego crepitaba con un murmullo constante, y el olor a madera ardiendo llenaba la estancia de una calidez que casi lograba hacer olvidar dónde estaban.

Casi.

Fuera, el viento golpeaba las ventanas del torreón como si llevara toda la noche intentando entrar y estuviera empezando a perder la paciencia.

Helen observaba las llamas sin verlas realmente.

Pensaba en Articus.

En qué habría ocurrido en la mansión. En si habría encontrado un lugar seguro. En si habría hecho alguna estupidez heroica, que era básicamente lo mismo que preguntarse si seguía respirando.

Estará bien , se dijo. Tiene que estar bien. Es Articus. Sobrevive a todo por pura cabezonería y dosis alarmantes de curiosidad.

Pero la convicción sonaba hueca en su cabeza. Como una campana resquebrajada.

Entonces lo oyó.

Un sonido en la puerta.

No un golpe.

Un roce.

Algo que se deslizaba por la madera con la lentitud de una caricia. Un contacto suave, casi delicado, como uñas arrastrándose por la superficie sin fuerza pero con intención.

Helen se tensó.

Los espectros.

El corazón le dio un vuelco. Agarró el palo-lanza que había apoyado contra la pared y se puso en pie con un movimiento fluido, años de escalada traducidos en equilibrio y velocidad.

La silueta se dibujó contra la madera de la puerta. Una sombra que se movía al otro lado, visible a través de las rendijas donde la luz del fuego se filtraba.

La puerta se abrió de pronto y la figura quedó enmarcada por la oscuridad exterior.

Helen levantó el arma.

Pero no era un espectro.

Era una anciana.

Pequeña. Encorvada. De cabello cano recogido en un moño desordenado que parecía haber perdido la batalla contra la gravedad hace décadas y se hubiera rendido con dignidad.

Tenía un gesto agrio tallado en la cara, como si alguien le hubiera dicho algo desagradable en algún momento del siglo pasado y aún no lo hubiera superado.

Llevaba un bastón torcido —más rama de árbol que bastón propiamente dicho— y un sombrero de punto que le daba un aire brujesco, como si la hubiesen sacado de una tormenta, exprimido después, y dejado secar al aire.

Sus ojos, pequeños y afilados como cuentas de obsidiana, recorrieron la estancia con una velocidad que desmontaba por completo la imagen de anciana frágil.

Y se clavaron en la chimenea.

—¡El fuego! —chilló, con una voz que podría haber pelado pintura—. ¡Apagadlo! ¿Estáis locas?

Helen dio un brinco.

Misteria ni se movió.

—¡Rápido! ¡Apagadlo! —la anciana entró a trompicones, golpeando el suelo con el bastón como si la piedra tuviera la culpa de algo—. ¡Hay cosas ahí fuera! ¡Cosas que ven la luz como una invitación a cenar! ¡Y vosotras habéis puesto la mesa!

Helen parpadeó.

—Espera… ¿Vive alguien aquí?

La anciana se detuvo a medio golpe de bastón. La miró como si acabara de preguntarle si el agua mojaba.

—Claro que vive alguien aquí —se burló—. ¿O creías que los bastones se pasean solos?

—Es que pensaba que estábamos solas —Helen miró a su alrededor, como buscando confirmación de que aquello estaba ocurriendo de verdad—. No había nadie cuando llegamos…

—¡Basta! ¡Para ya! —cortó la anciana, agitando el bastón con impaciencia—. ¡El fuego primero, las preguntas estúpidas después!

Helen reaccionó. No porque confiara en la desconocida, sino porque el pánico en su voz era demasiado genuino para ignorarlo.

Buscó cómo sofocar las llamas con lo poco que había en la torre.

Arrancó la manta polvorienta en la que Misteria se había envuelto —la niña emitió un gruñido de protesta que sonó como un gatito enfadado— y la arrojó sobre el hogar.

Dispersó las brasas con la punta del palo.

Redujo el resplandor hasta que solo quedó humo elevándose por la chimenea como un fantasma avergonzado.

La oscuridad se tragó la estancia.

—¿Quién es usted? —preguntó Helen, con el palo-lanza aún en la mano.

—¿Quién soy yo? —replicó la anciana, como si la pregunta fuera una ofensa personal—. ¿Quiénes sois vosotras ? Esto es mi torre. Bueno, no es mía. Pero llevo usándola más tiempo que vosotras, así que cuenta.

Se apoyó en el bastón y las examinó con una desconfianza que habría hecho sentirse incómodo a un inspector de hacienda.

Helen respiró hondo.

—Yo soy Helen. Ella es Misteria. Huimos de unas criaturas. Atacaron nuestra casa.

La anciana entrecerró los ojos.

—¿Qué clase de criaturas?

—No lo sé exactamente. Espectros. Figuras oscuras, como de humo. Nos persiguieron. Escapamos por los túneles del sótano y luego atravesamos el bosque hasta llegar aquí.

—¿Y encendisteis un fuego? —la anciana parecía tan incrédula como si Helen le hubiera contado que había decidido resolver la situación organizando un picnic—. ¿Un fuego ? ¿En la torre ?

—Teníamos frío.

—¡Mejor frías que muertas!

Helen decidió que discutir no iba a llevarla a ningún sitio.

—Este lugar debe permanecer oculto —gruñó la anciana, caminando hasta una ventana y asomándose con cautela—. No podéis encender fuego como si quisierais colgar un cartel luminoso diciendo «aquí estamos, venid a comernos».

—¿Oculto? ¿Por qué? ¿De qué exactamente nos escondemos?

—No seas impertinente. Yo hago las preguntas.

Silencio.

La anciana se giró hacia Helen con una expresión que sugería que acababa de tomar una decisión interna sobre el nivel de incompetencia que estaba dispuesta a tolerar.

—¿Dónde está esa casa?

Helen dudó un segundo.

—Una mansión. Varias horas en esa dirección —señaló vagamente—. Tras un sendero largo, cruzando bosque denso.

La anciana quedó pensativa. Su rostro arrugado se contrajo aún más, lo cual Helen no habría creído posible.

—En esa dirección solo está la Antigua Casa —murmuró .

Pero su mirada ya no estaba fija en la ventana.

Se había desplazado lentamente hacia Helen y la recorría con la meticulosidad de alguien que ha aprendido a leer las cosas en los detalles pequeños: el pijama de gatitos sobre franela gruesa, las botas de suela que no existían en ningún taller de este mundo, el palo con la punta afilada con prisa y poca elegancia, pero con la eficacia suficiente para hacer daño.

Los nudillos callosos de quien ha entrenado con armas de verdad.

La manera en que Helen se había colocado de forma instintiva entre la puerta y Misteria.

Sus ojos se detuvieron un segundo demasiado largo.

Luego volvieron a la ventana como si nada.

Helen tuvo la certeza, repentina e incómoda, de que la anciana había visto algo. Y había decidido guardárselo.

—Sí. Allí vivía mi amigo Articus. Nos mudamos con él hace poco.

La anciana chasqueó la lengua.

—A esa casa no le gusta la gente.

—¿Por qué?

—Ya te he dicho que yo pregunto.

Un ronquido suave interrumpió la conversación. Ambas miraron hacia el rincón donde Misteria se había acurrucado de nuevo junto a las brasas moribundas, con los ojos cerrados y una expresión de serenidad que resultaba casi insultante dadas las circunstancias.

La anciana la observó con recelo.

—¿La niña está bien?

—Está bien. Le gusta dormir. —Helen hizo una pausa—. Honestamente, no sé qué le gusta más, si dormir o comer.

Un destello cruzó los ojos de la vieja. Algo que podría haber sido humor, o quizás reconocimiento.

—Muy lista, entonces —dijo.

Se irguió cuanto pudo —que no era mucho, pero lo compensó con actitud— y golpeó el suelo con el bastón una vez. Con autoridad. Como un juez dando por finalizada una deliberación .

—No podéis quedaros aquí. Este torreón no es lugar para pasar la noche. Vendréis conmigo.

—No queremos molestar —dijo Helen, que no se fiaba ni un pelo.

—Ya estáis molestando desde que encendisteis ese fuego. Así que ahora venid a molestar a otro sitio donde al menos las paredes tengan más de un palmo de grosor.

Helen sopesó sus opciones. No eran muchas. La anciana, fuera quien fuera, conocía el terreno. Conocía las criaturas. Y, sobre todo, no era una de ellas.

Asintió.

Se acercó a Misteria y la sacudió con suavidad.

—Misteria. Nos vamos.

La niña abrió los ojos. Lanzó su habitual mirada de indiferencia cósmica —esos ojos negros y profundos que parecían contener más comprensión del universo de la que resultaba cómoda— y bostezó.

Helen la cargó a la espalda. El peso familiar le asentó los nervios.

—¿Podemos ir? —preguntó a la anciana.

La vieja asintió con brusquedad y se dirigió a la puerta.

Salieron.

El aire era frío y húmedo. El tipo de frío que se cuela entre la ropa y se instala en los huesos como un inquilino que no piensa pagar alquiler.

El bosque parecía contener la respiración.

Los árboles titánicos se alzaban a su alrededor como columnas de una catedral sin techo, sus copas perdidas en una oscuridad que la luz difusa no conseguía penetrar.

No había sonidos.

Ningún crujido de ramas. Ningún susurro de hojas. Ningún movimiento de criaturas nocturnas. Nada. Solo el silencio absoluto de un bosque que se ha quedado muy, muy quieto.

Helen conocía ese silencio .

Era el silencio de cuando algo observa.

Entonces lo vieron.

A lo lejos, en el camino, una figura oscura se deslizaba entre los árboles.

No caminaba. No exactamente. Se desplazaba con la fluidez de la niebla, sin que sus pies —si es que tenía pies— parecieran tocar el suelo.

Era como humo, pero más denso. Más presente .

Una oscuridad con forma humanoide que absorbía la escasa luz en lugar de reflejarla, con ropajes que colgaban en jirones deshilachados que se difuminaban en los bordes como tinta disuelta en agua.

Un espectro.

Y se acercaba.

Helen sintió que el estómago se le cerraba como un puño.

—Nos han encontrado —susurró.

La anciana no respondió de inmediato.

Clavó la vista en la figura.

Y su expresión dejó de ser gruñona.

Se volvió grave.

Muy grave.

—Volvemos —susurró—. A la torre. Y no miréis atrás.

El espectro avanzó un paso más.

Y esta vez, Helen juraría que sonreía.

La anciana las empujó dentro con una fuerza que no correspondía a su tamaño. Helen tropezó con el umbral y Misteria se aferró a su cuello con un gruñido de sorpresa. La vieja entró detrás de ellas, se giró y atrancó la puerta con un movimiento que sugería años de práctica.

No bastó con el cerrojo.

Agarró un tronco grueso —uno de los que Helen había preparado para la chimenea— y lo encajó en diagonal contra la puerta, apuntalándolo contra el suelo de piedra. Luego empujó un bloque de escombros contra la base.

Todo en menos de diez segundos.

Se giró hacia Helen. En la penumbra, sus ojos brillaban con una urgencia que helaba la sangre.

—Esos espectros no pueden atravesar la materia —dijo, con la respiración agitada—. Y no son suficientemente fuertes como para tirar una puerta de roble. Esas son las buenas noticias.

—¿Y las malas?

—Que han descubierto este lugar. Y eso no es bueno. No, no, no. —Empezó a deambular de un lado a otro, golpeando el bastón contra el suelo con cada paso—. Nada bueno. Son pacientes. Mucho. Si encuentran una forma de colarse, un hueco, una grieta, una rendija…

Hizo un gesto teatral: sacó la lengua, entornó los ojos y dejó caer los brazos a los lados simulando la muerte con el dramatismo de una actriz de teatro barato.

Helen la miró con perplejidad.

Misteria soltó un bostezo y se acurrucó contra el costado de Helen como si estuviera en un sofá de su casa.

Helen apartó a Misteria con suavidad y la dejó junto a las brasas moribundas. La niña se enrolló sobre sí misma con la eficiencia de un animal que ha perfeccionado el arte de dormir en cualquier superficie.

Helen y la anciana recorrieron la torre piso por piso.

Cada ventana fue sellada con lo que encontraron: tablones, piedras sueltas, trapos viejos apretados en las grietas.

Cada puerta interior fue atrancada o bloqueada.

La anciana inspeccionaba cada rincón con la minuciosidad de un inspector de aduanas, golpeando las paredes con el bastón y asintiendo o negando con la cabeza según criterios que solo ella conocía.

—Aquí —dijo, señalando una fisura en el muro del segundo piso—. Rellena esto.

—¿Con qué ?

—Con lo que sea. Usa la imaginación. Para algo tendrás esa cabeza tan grande.

Helen rellenó la fisura con una mezcla de barro y trozos de pergamino podrido que encontró en un estante. No era elegante, pero era sólido.

Cuando terminaron y la anciana dio su aprobación —un gruñido que Helen interpretó como el equivalente geriátrico de un visto bueno—, bajaron al primer piso y se sentaron junto a Misteria.

La anciana se dejó caer contra la pared con un suspiro que contenía décadas de cansancio. Apoyó el bastón sobre las rodillas y miró a Helen con una expresión que era mitad evaluación, mitad resignación.

—Ahora a esperar que llegue ayuda —dijo.

Helen parpadeó.

—¿Conoce usted a alguien que vaya a venir?

La anciana la miró fijamente.

—Yo no. ¿Y tú?

Helen soltó un suspiro largo y pesado. El tipo de suspiro que normalmente se reserva para cuando descubres que la última diligencia ya se ha marchado y encima empieza a llover.

—Debería pensar en algo —murmuró.

Unos arañazos sonaron en la puerta.

Suaves. Persistentes. Como uñas raspando la madera con una paciencia que no era humana.

Luego otro sonido. Y otro. Desde diferentes puntos de la planta baja. Las ventanas. La puerta trasera. Las grietas entre los bloques de piedra.

Los espectros los rodeaban.

Helen miró a la anciana.

La anciana miró a Helen.

Misteria roncó.

El asedio había comenzado.

Fin del Capítulo 17