16.CAPÍTULO 16 LA CATEDRAL ABERRANTE #4
Era un manto que caía desde los hombros hasta las pantorrillas, confeccionado en un material que parecía cuero negro pero que tenía la fluidez de la seda.
Se movía con una gracia casi líquida, como si tuviera voluntad propia.
Llevaba una capucha amplia y un cierre en el cuello con forma de cabeza de oveja, diminuta y detallada, con los ojos cerrados en expresión apacible .
Y en la espalda, bordado con hilos que brillaban con un tenue resplandor rojizo —del mismo tono que los ojos de la entidad—, había un blasón.
Una oveja.
Una oveja saltarina, idéntica a las del pijama, pero estilizada. Heráldica. Descansando plácidamente sobre una nube, con las patas recogidas y una expresión de serenidad absoluta, rodeada por un marco de símbolos arcanos que formaban un círculo protector.
Era la cosa más ridícula y más magnífica que Articus había visto en su vida.
La entidad recogió las piezas y se las ofreció con una formalidad que contrastaba enormemente con la oveja heráldica.
—No puedes salir ahí fuera así —dijo, con un tono que intentaba ser práctico pero que no conseguía ocultar del todo algo más vulnerable—. Te matarán antes de dar diez pasos.
Articus tomó la capa. El material era cálido al tacto. Extrañamente cálido, como si conservara calor propio. Y era ligero. Increíblemente ligero para lo grueso que parecía.
Se puso las botas primero. Le quedaban perfectas. Perfectas . Como si hubieran sido moldeadas específicamente para sus pies, incluyendo el callo del dedo meñique izquierdo y esa forma ligeramente rara que tenía el arco.
Los guanteletes se ajustaron solos. Articus flexionó los dedos.
Podía mover cada articulación con total libertad.
Podía sentir la textura de lo que tocaba a través del material, pero cuando presionó la superficie contra la roca, los nudillos no sintieron nada.
Protección completa sin sacrificar sensibilidad.
Finalmente, se echó la capa sobre los hombros.
El efecto fue inmediato. El frío desapareció. No gradualmente, sino de golpe, como si alguien hubiera cerrado una puerta entre él y el invierno. El material se adaptó a sus hombros, a su espalda, cayendo con una naturalidad que sugería que había sido creado para él .
—Esto es… —Articus buscó palabras y no encontró ninguna que estuviera a la altura.
—No es indestructible —advirtió la entidad—. Pero te protegerá del frío, de la lluvia y de algunas cosas que no querrás que te toquen. No lo pierdas.
Articus se miró. Botas negras. Guanteletes oscuros. La capa ondeando suavemente tras él sin que hubiera corriente de aire. El blasón de la oveja rampante en su espalda.
Parecía… bueno.
Parecía alguien que podía sobrevivir a un bosque sobrenatural.
Parecía un héroe de cuento.
Lo cual era absolutamente ridículo, dado que debajo de todo aquello seguía llevando un pantalón de pijama con ovejas saltarinas.
—La oveja —dijo, señalando por encima de su hombro hacia el blasón—. ¿En serio?
La entidad desvió la mirada. El rubor volvió a sus pómulos oscuros.
—Era lo que tenía de referencia —murmuró.
Articus soltó una carcajada. Breve, ronca, agotada, pero genuina. La primera carcajada real en lo que parecían días.
—Es perfecto —dijo—. Es absolutamente perfecto.
La entidad no respondió, pero las ascuas de sus ojos brillaron un poco más.
Articus empezó a trepar hacia la abertura. Las raíces le servían como asideros, y esta vez las botas le daban un agarre firme y seguro. Los guanteletes protegían sus manos de las astillas y los bordes afilados de la roca.
A medio camino, se detuvo y miró hacia abajo.
—Volveré a visitarte —dijo, con un saludo torpe de la mano—. Cuando todo se arregle.
La entidad alzó la vista hacia él. Los ojos de ascua brillaron con algo que no era fuego. Algo más cálido. Más humano. Sostenía la antorcha en una mano y la chaqueta de pijama doblada en la otra.
—Eso me gustaría —susurró.
Articus le devolvió una sonrisa. Luego trepó el último tramo y se arrastró por la abertura hasta que la luz del exterior —tenue, difusa, maravillosamente real— le bañó la cara.
Salió a una ladera cubierta de musgo y hojas secas. Los árboles titánicos se alzaban a su alrededor como centinelas petrificados. El aire era frío y olía a tierra mojada y a corteza de árbol.
Pero él no sentía el frío. No esta vez.
Estaba en la superficie.
Articus se puso de pie. Las piernas le temblaban, sí. Tenía hambre, sí. Y al menos tres partes del cuerpo le dolían de formas que no sabía que existían.
Pero estaba vivo. Tenía los libros. Tenía botas. Tenía una capa con una oveja heráldica en la espalda.
Y tenía un camino por delante.
Helen. Misteria. Encontraros.
Miró a su alrededor, intentando orientarse. No reconocía esta parte del bosque, pero eso no era sorprendente. Todo el bosque se parecía a sí mismo: árboles enormes, luz escasa, silencio opresivo.
Eligió una dirección —la que parecía ir cuesta abajo, hacia donde esperaba que estuviera el valle— y empezó a caminar.
La capa ondeó tras él.
Las botas pisaron firme sobre la hojarasca.
Ya no había flop, flop, flop .
A su espalda, en la profundidad de la tierra, una entidad oscura semipoderosa sostenía una antorcha encendida y una chaqueta de pijama doblada contra el pecho.
Y sonreía.
Fin del Capítulo 16